VIII
Jueves por la mañana y las nubes encima del cielo de Los Hamptons anunciaba que iba a ser un día lluvioso. El clima en el estado de Nueva York la última semana había estado muy raro: el sol podía quemar pero luego de una hora se nublaba y llovía como jamás lo había hecho. Tal vez las nubes que cubrían el cielo eran una forma de mostrar como estaba el humor de Gerard ese día.
Despertó bastante temprano para poder arreglar algunos asuntos de la oficina y así poder obtener el día libre. El trabajo lo estaba estresando demasiado, pero no debía bajar los brazos, debía mantener la compañía en lo más alto justo como lo había hecho su padre durante tanto tiempo.
“Dios Donald, como te extraño” pensó mientras arrancaba su auto y se dirigía rumbo a la mansión de los Waldorf. Su padre había sido el único pilar fundamental en su familia, ya que su madre lo único que hacía era salir de compras y ser la organizadora de todos las fiestas del Country Club. Más de varias veces se preguntó si su madre realmente amaba a alguien.
Donald era el hombre perfecto. Podía ser padre a tiempo completo y un empresario exitoso sin tener que dejar de dormir; es por eso que la gente envidiaba a su corazón puro. Había cometido un solo error en su vida, y ese error tenía nombre y apellido: Kristen Ferguson, o Kristen Waldorf, su apellido de casada.
Gerard suspiró cuando vio el portón de los Waldorf asomándose entre los árboles que rodeaban la propiedad. Si su padre supiera lo que estaba haciendo, no lo aprobaría porque Donald había sido alguien de buen corazón, y fue por esa razón que al enamorarse de Kristen cavó su propia tumba. Confucio una vez dijo: “Antes de empezar un viaje de venganza cava dos tumbas.” Su padre cavó la suya y la de Kristen cuando ambos se enamoraron. Si el amor les había quitado la vida a ambos, ¿la venganza también lo haría? Gerard estaba dispuesto a dejar su vida en el camino pero no sin antes llevarse a John con él. Lo que no supo en ese momento, fue que amor y venganza eran una combinación mortal que destruiría no sólo a Sam y a John, sino también a él.
Los portones se abrieron apenas llegó y recorrió aproximadamente 400 metros entre el portón externo y el edificio. Al aparcar frente a la enorme mansión, John lo estaba esperando allí con los brazos abiertos. Menuda falsedad.
- Hijo. – Dijo John abrazándolo. – Es un gusto que hayas aceptado enseñarle jugar al Polo a Samantha, estaba muy emocionada.
Gerard sólo sonrió, a veces le costaba formar esa sonrisa tan convincente en su cara y fingir que todo estaba bien con John, cuando sólo estar cerca de él le causaba repulsión.
- No hay problema, el polo es un buen deporte y supongo que le gustará. – Contestó encogiendo los hombros. - ¿Dónde está Sam?
- Creo que está durmiendo. – Contestó John con una ceja arqueada. - ¿Ansioso por ver a mi hija?
Gerard sólo esbozó una sonrisa falsa para dar a entender que sí, lo estaba. Todas sus acciones eran parte de un acto. Con tan sólo esa frase, una mirada que conocía bien en John refulgió en sus ojos marrones. Definitivamente estaba tramando algo en su contra y eso incluía a Sam.
- ¿Puedo subir a verla? – Preguntó cortésmente.
- La casa es tuya Gerard, si necesitan algo me llaman. – Dijo John dirigiéndose a su despacho.
Gerard entró a la casa y comenzó a recorrerla. Ese tipo de confianza que le daba John últimamente lo tomaba desprevenido. Tenía la casa para él sólo, por lo que si él quisiera, podría husmear en los archivos que tenía en su despacho. O buscar algo sospechoso en su caja fuerte. Pero no lo haría, eso era exactamente lo que John quería que él hiciera. Todo estaba malditamente calculado en su vil mente.
Abrió la puerta de la habitación de Sam y se maravilló con la decoración del lugar. Era tan… Sam. Perfectamente minimalista. Las paredes estaban pintadas en marrón y rojo con los muebles de madera muy oscura, casi negra. En el centro de la habitación se encontraba una cama con cobertores en color rojo.
Se acercó lentamente a ella, donde una silueta respiraba lentamente. Recordó que cerca de ella debía ser el hombre perfecto y que toda mujer deseara, todo un caballero. ¿Y cómo reaccionaría si lo encuentra acariciándole el rostro mientras duerme? Seguramente pensaría que él estaba loco por ella.
- Despierta bella durmiente. – Dijo él acariciando las sonrosadas mejillas de una dormida Sam.
Sam frunció el ceño entre dormida y abrió sus ojos, para encontrar la visión más hermosa que había visto. Gerard lucía una camisa polo en celeste – supuso que Ralph Laurent – con unos pantalones blancos. Estaba tan sólo a unos centímetros de ella y con su mano en su mejilla, como si se la estuviera acariciando. ¿Había que repetir que cada vez que Sam lo veía lo encontraba más hermoso? No parecía necesario. Gerard al notar la incomodidad de Sam quitó su mano de su mejilla y se paró rápidamente, colocándolas en sus bolsillos.
- ¿Qué haces aquí Gerard? – Preguntó Sam somnolienta.
- Siento haber interrumpido en tu habitación a estas horas de la mañana, pero hoy es jueves y tenemos clases de polo.
- ¿Tan temprano? - Dijo ella sobándose los ojos. Estaba destinada a que Gerard la encuentre en los peores estados.
- Lo siento pero arreglé todo en la oficina para tener el día libre y lo mínimo que puedes hacer es levantarte de la cama. -Gerard abrió las cortinas de los amplios ventanales de su habitación.
- Tú y tu hermano se toman muchas libertades conmigo. - Murmuró Sam hundiendo su cara en la almohada. - Ok, bajo en 20 minutos
Sam se levantó y se dio una ducha rápida. Gerard había bajado a esperarla a la cocina, así que tenía un poco de tiempo adicional para arreglarse un poco. Se maquilló naturalmente y se colocó la ropa que generalmente utilizaba para montar: un pantalón blanco, camiseta blanca y chaleco negro; con sus botas de montura.
Mientras se las colocaba pensó en como llevar a cabo el plan. Sam no era alguien que se quedaba de brazos cruzados cuando quería algo; hacía hasta lo imposible para conseguirlo y finalmente, lo conseguía. Así había sucedido con Frank, por ejemplo, quien después de mucho luchar, finalmente era suyo. Pero... ¿con Gerard podría utilizar las mismas armas que con Frank? No tenía la respuesta en ese momento, pero lo intentaría. Bajó a la cocina donde encontró a Gerard comiendo una manzana y hablando con William.
- Es complicado, pero una vez que lo practicas y lo practicas, te sale. Es sólo cuestión de tener equilibrio encima del caballo y tener la fuerza suficiente para pegarle a la bocha.
- Me parece un buen deporte. - Opinó William cruzándose de brazos. - Mucho más que el rugby o el fútbol, eso deportes que están de moda ahora.
- Si, lo sé. Aunque el rugby no es tan malo. Cuando era adolescente solía jugar con los Archibald al rugby, no al fútbol americano. Son dos cosas totalmente diferentes. - Contestó Gerard y sonrió cuando finalmente divisó a Sam. - Te tardaste 22 minutos, lo voy a tener en cuenta.
- Lo siento papá. - Rodó los ojos y esperó a que Gerard riera, pero no fue así. La sonrisa que portó segundos antes se borró completamente. Escuchó un “con permiso” de William que anunciaba su retiro, para evitar el incómodo momento. Sam frunció el ceño. - Gerard, ¿te encuentras bien?
- Si, lo siento. – Gerard salió de sus cavilaciones y volvió a colocar esa perfecta sonrisa en sus labios. - ¿Vamos? Comenzó a llover y no hay nada mejor que andar en caballo bajo la lluvia.
- ¿A ti también te gusta? – Contestó Sam exaltada- - Pensé que era la única loca que le gustaba montar en caballo bajo la lluvia. Sentir como las gotas te pegan en la cara…
- … y la libertad que siente es sublime. – Gerard completó la frase con una sonrisa. – Sí, sé como se siente.
Sam le devolvió la sonrisa al notar que Gerard no sólo era una cara bonita. La entendía y conocía más que ella misma, y eso que lo había visto sólo unas cuantas veces. ¿Podía ser alguien más perfecto? La sonrisa de Gerard se agrandó al saber que poco a poco Samantha Waldorf caía en sus redes. Ambos salieron al patio sintiendo como la lluvia torrencial los empapaba.
- ¡Él último al llegar al establo pierde! – Gritó Sam y salió corriendo dejando a un confundido Gerard detrás.
- ¡Pero yo no sé donde queda el establo! – Contestó en el mismo tono, pero ella ya estaba lo suficientemente lejos para no escucharlo. Así que comenzó a seguir su rastro.
Cuando llegó al lugar pudo escuchar su risa cantarina llenar todo el establo. Se encontraba en el último box junto a una hermosa yegua de pelaje color chocolate.
- Tardaste tres minutos, los tendré en cuenta. – Repitió lo que él le había dicho anteriormente en la cocina y luego acarició a su yegua. – Te presento a Penny.
- Hola hermosa. – La saludó y Penny acercó su cabeza a Gerard para que la acariciara. - ¿Mezcla de Pura Sangre inglesa y un caballo de Polo Argentino?
- ¿Cómo lo sabes? – Contestó sorprendida y él sólo encogió los hombros.
- Pasé toda mi vida rodeado de caballos, es la mejor mezcla que puede haber para equitación y polo. Además, recuerda que estás hablando con un jugador con 10 puntos de handicap.
Sam lo miró como si estuviera hablando en chino. Jamás había entendido ese deporte, para ella, sólo eran cuatro idiotas encima de caballos persiguiendo a una pelota. Gerard rodó los ojos.
- Handicap es el valor que indica la categoría del jugador. Se puede medir del 0 al 10. – Comenzó a buscar a su alrededor y encontró una escoba. Sam enarcó una ceja cuando Gerard se subió encima de Penny y tomó el palo. – El palo con el que jugamos se llama taco, y lo debemos tomar en la mano derecha. Jamás lo puedes utilizar con la mano izquierda, porque será falta grave. Eso es lo básico.
Sam se sentó encima de un forraje de paja que estaba a un costado del establo mientras que Gerard en menos de media hora le explicaba todas las reglas del polo. Era un deporte bastante complicado, como le había dicho antes él a William. Se requiere de mucha precisión y práctica; si al empezar a jugar no se pega correctamente, los jugadores pueden llegar a acostumbrarse a esa forma de golpear y después, no podrán corregirlo lo que les traería muchos problemas en las muñecas.
- Este – Dijo mientras daba un golpe hacia atrás con la mano derecha y en el lado izquierdo de Penny.- Es el golpe Backhander, que generalmente se utiliza en defensa, pero también en ataque. ¿Entendiste todo lo que te dije?
Sam, quien había estado muy distraída observando como los músculos de Gerard se tensaban al tomar el taco y pegarle a una bocha imaginaria, salió de su ensoñación.
- Claro, es fácil. – Contestó con superación, pero la verdad era que no había entendido nada.
Gerard se bajó de Penny y Sam ocupó su lugar. Observó a Gerard en busca de ayuda pero él sólo arqueó una ceja para que comenzara a andar. Luego dirigió su vista hacia la escoba que hacía de taco. Estas no eran las expectativas que tenía para su clase de polo. Sin más suspiró, tomó la escoba y salió a la intemperie.
Todo era más dificultoso de lo que parecía, necesitaba mucha fuerza en el brazo para pegarle a la bocha y coordinación para dirigir a Penny al mismo tiempo. Gerard sólo se paró ahí, riendo de su mala condición para los deportes.
- Eres un desastre. – Dijo cubriéndose la cara mientras que Sam rodaba los ojos. – Bueno, haz un Backhander por el lado de montar.
Sam intentó hacer el complicado golpe pero le escoba se le escapó de la mano y casi le pega en la cabeza a Gerard. Esperó su risa burlona pero en lugar de eso, él le indicó que siguiera montando. Ella se dirigió de un lado al otro tal cómo él le había dicho. Le sorprendió la elegancia con la que se movía por todo el lugar. Aunque antes hubiera estado un poco encorvada al llevar el taco, tenía una postura única que demostraba el perfil perfecto de una jockey de equitación.
- Ok, eso fue suficiente por hoy. – Dijo acercándose a Sam.
-¿Qué? – Preguntó sorprendida. – Pero si no hace ni una hora que empezamos a practicar.
- Sammy – río – sé que no te gusta el polo, y por la seguridad de ambos, vamos a dejarlo un rato.
Ella no dijo nada y sólo sonrió a su nuevo sobrenombre, “Sammy”. Le gustaba como sonaba, parecía el sobrenombre de una niña. Gerard también sonrió al notar que su sobrenombre había cumplido su objetivo. Inconscientemente hizo sentir a Sam como alguien frágil que necesitaba protección – alguien quien realmente lo era. - ¿y quien mejor que Gerard para brindarle esa protección? Él era el maestro de la manipulación y podía ver como poco a poco Sam comenzaba a caer
- Ok, entonces ¿ahora que haremos?
- Practicaremos equitación. – Encogió los hombros.
- ¿Qué? Gerard, tú viniste a enseñarme polo, no terminaremos haciendo algo que puedo hacer yo sola todos los días.
Gerard la ignoró y se acercó a Penny para poder acariciarla.
- ¿Hacía cuanto que no montabas a caballo?
- Dos días. – Contestó recordando el martes anterior, cuando se encontró con Gerard en el despacho de su padre.
- Pero antes de eso ¿hacía cuanto que no montabas?
- Casi… dos años. No entiendo, ¿a dónde quieres ir? – Preguntó ella frunciendo el ceño y bajándose de encima de Penny para estar a la altura de Gerard.
- Cuando una persona deja de montar por casi dos años pierde muchas cosas… como la postura correcta y su conexión con el caballo. Tú no perdiste ninguna y me arriesgo a decir que tienes algo único y característico que los jueces aman.
- Tengo sangre Waldorf, viene programado en mi ADN ser perfecta en equitación. – Gerard quiso acotar “junto con otras cosas” pero se quedó callado y siguió escuchándola. – Desde que mi tatarabuelo llegó desde Inglaterra los Waldorf practican polo y equitación, ¿qué más puedo hacer? Comenzaron a entrenarme desde que tengo uso de razón.
- Entiendo. – Contestó asintiendo. – Ahora dime, ¿en qué mes estamos?
- Mayo. – Dijo Sam confundida.
- ¿Y qué día?
- ¿5? Ve al punto Gerard.
- La Dark Horse Cup es este mes, el 29, y tal vez tú podrías…
- ¿Concursar? ¿Estás loco? Gerard, para prepararme para la Dark Horse Cup necesito por lo menos, 6 meses, ¡no 20 días! Además, hace dos años que no entreno.
- Ya lo sé, pero con el entrenador adecuado podrías llegar todavía más lejos. – Y sonrió, mostrando sus pequeños y perfectos dientes.
- ¿Me estás diciendo que debo participar en la competencia y que tú serías mi entrenador?
- Exacto. Sólo piénsalo de este modo: tú, yo, Penny, horas y horas de entrenamiento exhaustivo hasta que te duela el trasero y pidas clemencia. ¿Qué te parece?
Pero Sam no contestó inmediatamente, sólo se quedó hundida en sus pensamientos. Si volvía a la equitación, su padre lo tomaría como una señal de madures, como si hubiera cambiado, pero ¡no! Sam seguiría siendo la misma perra ambiciosa y caprichosa que siempre fue. Aún tenía muchas cosas que reclamarle a su padre.
- No lo sé. – Contestó luego de unos segundos, Gerard por su parte hizo una mueca que no supo descifrar.
- Yo sé por donde va esto. – Suspiró y la tomó de los hombros. – Sammy, debes hacer esto por ti misma, no por que es lo que alguien más quiere y es un gusto que no estás dispuesta a darle. Deja de estar tan pendiente de lo que hará enojar a tu padre o no Samantha, es tu vida. Todo lo que estás haciendo para fastidiarlo está destruyendo y alejando a tu verdadera yo y no voy a dejar que eso pase.
“Ese trabajo me toca a mí” dijo en su mente. Sam por su parte, sólo miraba el suelo, cómo una niña que acababa de ser reprendida por sus padres. Gerard la atrajo hacia su pecho y encerró sus brazos alrededor de su cintura. Aspiró el aroma de su cabello, debía aceptar que olía delicioso, a una mezcla de naranja y rosas.
- Lo siento, sé que he sido muy duro, pero es que me niego a que una niña tan hermosa arruine su vida así. Me encariñé contigo Sam, y si creo que estás haciendo las cosas mal, te las diré por tu bien.
Sam escuchó como su corazón comenzó a acelerarse. Jamás alguien se había preocupado por ella de esa manera, ni siquiera su padre. Y ahora Gerard estaba parado allí, abrazándola luego de que sus duras pero ciertas palabras la golpearan. Su rostro estaba a pocos centímetros y la frase “me encariñé contigo Sam” resonó en su cabeza. Tal vez su padre tenía razón, sólo debía mostrarse tal como era. Ella colocó sus brazos alrededor de su cuello y sintió como los brazos de Gerard la apretaban más contra él. Lo tomó como una invitación. Era una perra ambiciosa, eso era lo único que podía ser, porque en ese momento lo único que pensó fue en el dinero y en la emancipación. Sus labios casi se rozaban cuando escuchó su nombre ser llamado a lo lejos.
Se separaron rápidamente y Sam pudo ver como un enfurecido Frank estaba parado a metros de ellos. Tenía los puños y la mandíbula apretada, y lucía un color rojo en su rostro. ¿Qué hacía él allí? ¿No volvía de su tour la semana próxima? Un terror le invadió y buscó con la mirada a Gerard reclamando por ayuda.
Pero Gerard sonreía triunfalmente. Todo salió tal como lo esperaba e incluso, mucho mejor. Frank llegó en el momento justo para ver el casi beso.
- Creo que lo mejor va a ser que me vaya. – Dijo Gerard besando la mejilla de Sam para encolerizar más a su novio. – Seguimos hablando por mensajes de texto.
Y sin decir más, dejó a una desamparada Sam bajo la mirada furiosa de Frank. Gerard exhibió una sonrisita cuando pasó junto a Frank, pero sólo fue percibida por John, quien estaba parado bajo el marco de la puerta trasera. Había visto todo y cuando unieron sus miradas, John le lanzó una que tenía un mensaje claro:
“Sé lo que estás haciendo”
- Que tengas buen día John.
- Nos vemos Gerard.
Por más de que sus labios tuvieran impresa una sonrisa irrefutable, esa alegría no estaba en sus ojos. Había comenzando una guerra sanguinaria y aunque Gerard pensaba que llevaba ventaja, no siempre gana la guerra el que gana la batalla. Dicen que el diablo sabe por diablo, pero más por viejo, y John no estaba dispuesto a perder.
Canción: Old School - Hedley

0 comentarios:
Publicar un comentario