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VII. You should have seen the curse that flew right by you.

Samantha Waldorf miércoles, 23 de noviembre de 2011
VII


La noche ya caía sobre el cielo de los Hamptons cuando Gerard llegó a su casa. Al ser el único dueño de los Hoteles Way podía ir y volver a trabajar a la hora que quisiera, pero ese día había estado en una reunión muy larga sobre la locación de un nuevo proyecto. Uno de los gerentes generales indicó que lo mejor sería esperar a que se cierre o no el trato con John Waldorf y el mayor de los Way asintió, sin decir una palabra. Lo mejor sería que todos creyeran que podían unificar ambas cadenas de hoteles, aunque en realidad Gerard no pensara firmar ni siendo apuntado con un revolver.

Entró al hall de su casa y desde él escuchó unas risas escandalosas provenientes del living. Se apoyó en el marco de la puerta observando como Mikey y Sam reían alegremente al ver una película de Jim Carrey.

- El tipo está loco, ¡no le puedes decir si a todo! – Criticó Mikey metiéndose a su boca un puñado de popcorn.
- ¡Sólo espera Mikey, después le tiene que hacer “favores” a una vieja! – Contestó Sam riendo por una escena totalmente bizarra que salía en la televisión.

Gerard se apoyó allí, sólo observándola. No le daban más que nauseas notar que era tan igual su padre. Sus ojos eran marrones, al igual que los de John pero en los de ella veía sólo una tristeza infinita e indescriptible. Sonreía de la misma manera que su padre, arrugaba la nariz de la misma manera cuando algo no le gustaba y hacía gestos exagerados cuando quería explicar algo de la misma manera que John. Era la hija del mismísimo diablo y tantas similitudes le hacían pensar que era igual a él; aunque en sus ojos vea tanta tristeza.

Sacudió su cabeza para quitar todos esos pensamientos y entró al living haciendo su aparición.

- ¡Si Señor! Muy buena película. – Comentó sintiendo la mirada de Sam sobre él.

Gerard era bueno leyendo los gestos de las personas y todo lo que vio en la mirada de Sam cuando se conectaron fue… ¿incomodidad? Como si dentro de su mente estuviera teniendo un debate interno por no saber que hacer. ¿Esa era la forma en la que ella se sentía luego de haberlo pasado tan bien la noche anterior? Pero duró tan sólo unos segundos porque luego fue reemplazada por esa mirada tan característica que podría hacer que cualquier hombre cayera a los pies de Samantha Waldorf.

Falsa y manipuladora, como su padre.

- Hey Gerard, estábamos viendo una película. ¿Quieres unirte? – Preguntó Mikey haciendo que ambos rompan su contacto visual.
- Me encantaría, pero creo que debería irme a bañar. He tenido un día muy largo. – Contestó Gerard quitándose el cabello de la cara. Por el rabillo del ojo pudo ver una mueca de decepción de Sam. – Un gusto verte Sam. Recuerda que mañana tenemos clases de polo.

Esa sonrisa característicamente manipuladora volvió a su rostro cuando ella contestó con un “claro”. Gerard le sonrió con un guiño del ojo izquierdo, signo de suficiencia y satisfacción, y salió por la puerta directo a su habitación.

Había descubierto la forma perfecta para enamorar a esa niña. Sería todo un caballero y estaría allí cuando ella se derrumbe – porque estaba seguro de que lo haría – Notaba que Samantha era alguien que conseguía todo y a todos con apenas un chasqueo de sus dedos y él no sería otro mas de su lista.

Primero debía deshacerse del idiota de su novio. Sería muy fácil, se había fijado en las fechas de conciertos de Leathermouth y técnicamente volvería en una semana; pero Gerard tenía contactos y había averiguado que Frank se tomaría un descanso y llegaría mañana a la tarde por lo que antes de volver a su casa, pasaría a visitar a Sam. Tenía un plan para él. Frank, aunque no lo demostrara demasiado, amaba a Samantha con locura; por lo que Gerard tenía planeado hacer que ella corte con él por Gerard y que luego… la culpa la mate. Así tendría podría entrar a la vida de Sam con mayor libertad.

Ahí es cuando “Gerard el caballeroso” hace su aparición.

Gerard la haría sentir especial y única, como si ella fuera todo lo que él necesita. Estaría cuando más lo necesite y sería una especie de amigo fiel que seque sus lágrimas cuando ella llore por problemas que no podrá soportar; creados por el mismísimo Gerard. Abrió la ducha y dejó que las gotas de agua aclaren sus pensamientos.

Ya había mencionado que Samantha era una chica frágil. Por eso mismo la haría tocar el cielo con las manos y demostrarle que el amor verdadero existe; para luego pisotearla.

John había destruido las vidas de tanta gente y Gerard estaba esperando desde aquel fatídico 22 de Agosto de 2009 para llevar a cabo su venganza.

La noche anterior no había dormido por salir de fiesta con sus amigos por lo que al llegar de su casa, luego de un duro entrenamiento de polo, lo único que le vendía bien sería una siesta con el aire acondicionado prendido. Aún tenía resaca del día anterior y el calor de los últimos días de verano hacía todo más insoportable. Entró al hall y se sorprendió de que la casa estuviera tan silenciosa. Mikey estaba en un viaje con su colegio y su mamá seguro estaría de compras. Lo que le sorprendía era que su padre no estuviera allí. 

Encogió los hombros y se le ocurrió una idea para aprovechar la ausencia de su padre. Donald en uno de sus últimos viajes al Caribe había comprado un licor caro y extraño, mezclado con el fruto de una planta que ni siquiera él podía pronunciar. Gerard había observado con cierta ansia ese licor e incluso se lo había hecho saber a su padre.
 

- Ni lo pienses Gerard, ese es un lujo que sólo tu padre se puede dar. – Contestó Donald con una sonrisa.

Ahora el licor se encontraba hasta la mitad y su padre lo exhibía en una de las repisas de su despacho, como si fuera un trofeo. Gerard sólo podía relamerse los labios al pensar en él. A su padre no le importaría que el tomara un poco, ¿verdad? Entró al despacho casi corriendo y buscó el licor. Sacó una de los pequeños vasos y se sirvió un poco. Casi como si fuera oro líquido, lo tomó con cuidado y lo acercó lentamente a sus labios.
 

Y lo escupió.
 

Era la cosa más repugnante que había probado en su vida. Tenía un sabor ácido y metálico que había hecho arder su garganta. Si eso era lo que tomaba Donald, tenía un hígado de acero.
 

Segundos después escuchó ruidos en el pasillo de dos personas acercándose. Puso el licor en su lugar y tiró algunos papeles de su padre a la basura, que había manchado con licor cuando lo escupió. Las voces se iban acercando cada vez más y Gerard se escondió dentro del baño privado que tenía el despacho. En el mismo momento en el que cerró la puerta detrás de él escuchó como dos personas entraron en el lugar.
 

- Me alegro de que hayas venido. Con todo el trabajo, ni siquiera he tenido la posibilidad de ir al Country Club. - Dijo Donald sentándose en el sillón presidencial detrás de su escritorio.
- No hay problema. - Contestó otra voz masculina del otro lado. Gerard adivinó que se trataba de John Waldorf.. - Venía a saldar contigo unas cuentas pendientes.
 

Por alguna razón esa frase hizo que por su espina dorsal creciera un escalofrío. Su padre rió alegremente pero ese miedo seguía latente.
 

- Por dios, ¿aún tienes rencor por la última pesca? Ese pez espátula iba directo a mi caña, lo siento mucho. - Pero la voz alegre de su padre cambió rotundamente luego de un siseo. - John, ¿qué rayos estás haciendo?

La voz de Donald lo alertó. Pegó su oído a la puerta para tratar de adivinar de lo que hablaban pero sólo podía escuchar susurros, habían bajado la voz. Gerard comenzó a desesperarse, sintió como su corazón se comenzó a acelerar. Apenas conocía lo básico de John a pesar de que era amigo de su padre desde antes de que él naciera. Lo único que sabía era que su hija Samantha era comidilla para los tabloides y que era el dueño de los Hoteles Waldorf. Pero tenía un aura enigmática y oscura y su persona jamás le había infundido confianza.
 

De repente se escuchó un disparo que detuvo sus pensamientos.
 

Gerard siseó e intentó abrir la puerta, pero como si fuera por arte de magia, ésta se trabó. La embistió con el brazo derecho varias veces y recién allí se abrió. La escena que encontró en el despacho lo conmocionó.
 

Sentado en su mismo sillón presidencial se encontraba su padre, con un tiro en la frente y con una mueca de susto. Tuvo sentimientos encontrados, quiso vomitar allí mismo por la imagen del cuerpo de Donald y por la tristeza y angustia que lo embargaban. Llamó al médico y a la policía, pero el disparo había sido certero y no había nada más que hacer. Su padre había muerto.


Quiso confesarle a la policía que había sido John Waldorf el asesino de su padre, pero... ¿de qué serviría? Estaría un par de años en la cárcel, pagaría la fianza y saldría a seguir arruinando la vida de la gente. Waldorf debía tener un poco de su misma medicina.

Luego del asesinato de Donald, John se había acercado a Gerard tratando de resguardarlo bajo su ala. Al ser alguien tan joven y manejando una empresa tan grande, quería aconsejarlo para que supiera defenderse en el mundo de los negocios. Mentira. Gerard sabía que tenía otras intenciones detrás, aunque no supiera específicamente cuales. Tampoco supo hasta mucho tiempo después cuales habían sido las razones de John para asesinar a su padre; pero luego de mucho investigar por su cuenta encontró información que podría destruir el emporio Waldorf y todo lo que Samantha Waldorf había conocido.

Entonces, decidió aceptar su ayuda interesada; quería ver donde lo llevaría todo eso. Allí conoció a Sam, el ladrillo débil del castillo Waldorf, que si era destruido... haría caer a todo lo demás. Porque toda acción tenía su reacción. Sam es la persona que más influencia tiene sobre John y ponerla en su contra sería sólo un paso de su venganza. Le haría ver el lado oscuro de su padre. Luego vería que rumbo tomaba todo, pero estaba seguro de que no dejaría a ese maldito vivo.

Gerard salió de la ducha, bajó las escaleras para comer algo e ir a dormir. En la cocina encontró a Mikey tomando un jugo de naranja con unas galletas Oreo.

- ¿Sabes que si comes eso te irás por el excusado? - Preguntó Gerard con una mueca de asco sacando un pedazo de pavo de la heladera y calentándolo en el microondas.
- Oh perdón, Sr. Perfecto. - Dijo Mikey rodando los ojos.
- No comiences Michael.

Su relación se había echo trizas. Cuando era más pequeño, Mikey idolatraba a su hermano por ser un rebelde y no aceptar las reglas que suponían vivir una vida de lujos pero luego de la muerte de su padre; todo en Gerard había cambiado. Según Mikey, se había convertido en otro más de esos viejos estirados que se encontraban en el Country Club. Extrañaba a su hermano volviendo borracho de las fiestas, haciendo el ridículo en las cenas de negocios de su padre y usando remeras de Motorhead en lugar de los costosos trajes que utilizaba ahora. Pero ahora Gerard apenas tenía tiempo para respirar y cada vez que intentaba hablar con él, le contestaba de mala manera. Es por esa razón por la que se había acercado a Sam; porque de una forma o de otra, le hacía recordar mucho al viejo Gerard.

- ¿Qué hacía Sam aquí hoy? - Preguntó Gerard intentando sacar un tema de conversación y rompiendo el incómodo silencio.
- ¿Ahora no puedo traer amigas a casa? - Gerard suspiró ante la mala manera que tenía su hermano de contestar.
- No es eso, simplemente tengo curiosidad. No te pongas a la defensiva Mikey.

Gerard hizo una mueca de asco cuando vio que su hermano hundió la Oreo en su jugo de naranja, ¿cómo hacía su estómago para soportar esas mezclas?

- Tenía un problema. - Contestó simplemente.
- ¿Qué tipo de problema?

Mikey notó como el tono de voz de Gerard había cambiado y ahora sonaba sumamente interesado. Lo observó con una ceja arqueada.

- ¿Te gusta? - Preguntó sin rodeos.
- ¿Qué?
- Pregunté que si Sam te gusta.
- No. - Contestó Gerard. Mikey se quedó mirándolo por unos segundos para volver a hundir otra Oreo en su vaso de jugo.
- Si, te gusta. No me lo niegues, te conozco.
- Bueno, si te digo que me gusta... ¿me dirás que problema tiene?
- ¿Entonces te gusta? - Preguntó Mikey infantilmente a lo que Gerard suspiró.
- No dije eso, pero en el supuesto caso de que me gustara, ¿me lo dirías?
- En el supuesto caso de que te gustara, entonces sí. Pero como no me contestas si si o no, no te lo diré.
- ¡MICHAEL! - Gritó Gerard exasperado.
- Ok, ok, tranquilo. ¿Ves? Por eso es difícil hablar contigo, siempre estás de mal humor. - Mikey rodó los ojos. - No lo sé, me dijo algo de hacer algo que va en contra de su moral pero que a la vez lo quiere hacer.
- ¿Qué cosa? - Insistió Gerard.
- No lo sé, no me dijo. ¿Por qué insistes tanto?
- Simple curiosidad. - Contestó simplemente Gerard y Mikey volvió a rodar los ojos.
- Ok Mr. Curioso, iré a la cama. Te veo mañana

Mikey dejó a Gerard solo en la cocina perdido en sus pensamientos. ¿Sería posible que John use a su hija en contra de él? Tal vez, John era capaz de cualquier cosa. Lo único que sabía era que Waldorf estaba organizando algo grande en su contra.

***



Sam llegó a su casa cerca de las 11 de la noche. Había salido de la mansión de los Way cerca de las 9.30, pero se detuvo en el camino para comprar un helado, ya que no había comido nada. Mientras iba por la ruta que la llevaba a su casa, notó que todas las luces de las mansiones aledañas estaban apagadas, así que supuso que había sido un corte de luz. Se detuvo frente al portón que daba inicio a la propiedad Waldorf, esperando a que le abrieran.

- Señorita Waldorf. - Dijo un hombre golpeando el vidrio de su ventanilla. Sam la bajó y se dio cuenta de que era el mismo guardia idiota que la había llamado “código rojo” el día anterior.
- ¿Por qué no puedo entrar William? - Preguntó con cansancio.
- Hubo un corte generalizado en Nueva York y el portón es eléctrico, por lo que no podrá pasar con el auto.
- ¿Y qué voy a hacer con él?
- Lo guardaremos en uno de los establos de la parte trasera. Este portón tiene un sistema de cadenas para este tipo de incidentes, pero no podremos abrirlo mucho, sólo una distancia considerable para que pase usted.

Sam suspiró recostándose en el volante. Entre el portón y la mansión había casi 400 m de jardines llenos de árboles. Una de las cosas a las que temía era la oscuridad, y moriría si tenía que pasar toda esa distancia a pie.

- ¿Señorita Waldorf? - Volvió a preguntar William.
- Si Tiburón 1. - Dijo ella recordando el sobrenombre con el que lo habían llamado. - ¿Tendré que caminar todo eso sola?
- Si quiere la podemos escoltar hasta la entrada.
- Muchas gracias. - Contestó Sam y se propuso a salir del auto.

Como pudo se las arregló para cruzar el diminuto espacio que había entre los portones y comenzó a caminar junto a William. Se sentía segura junto a él, no sólo por su gran contextura sino que parecía un buen hombre, a pesar de que se rió de ella la primera vez que la vio. Tenía cerca de unos 35 años y estaba un poco excedido de peso. La mayoría de su cabello ya había caído y tenía una sonrisa simpática que hacía notar algunas arrugas junto a sus ojos. A primera vista no le había caído bien, pero como había dicho antes: parecía un buen hombre. Gracias a Dios llegaron sanos a la puerta de su casa y Sam suspiró.

- Gracias William. - Sonrió en agradecimiento Sam aunque no la pudiera ver.
- De nada señorita Waldorf, a sus órdenes.

William desapareció entre la oscuridad y Sam entró a su casa. Tal vez el echo de que fuera enorme la hacía parecer demasiado siniestra. Con cuidado subió las escaleras y caminó entre los pasillos para llegar a su habitación siendo alumbrada sólo por la luz de su celular.

- Samantha. - Dijo una voz a sus espaldas y pegó un grito.
- John, por dios. ¡No vuelvas a hacer más eso! - Sam se tomó el pecho mientras respiraba agitadamente, la había asustado demasiado.
- Lo siento hija. - Dijo John en la oscuridad. - Quería saber como estabas.
- Mira, agradezco tu “preocupación” - Sam acentuó la palabra haciendo señas con los dedos pero John no lo pudo ver. - pero no estoy firmando un tratado de paz contigo. Hago todo esto sólo por la emancipación.
- Me quedó claro desde el primer momento. - Contestó. - ¿Has visto a Gerard?
- Si, hoy en su casa. Me dijo que mañana vendría a darme clases de Polo.
- Entonces mañana deberías empezar con nuestro plan.
- Debería. - Sentenció Samantha. - Pero la verdad es que no sé como empezar.
- Sólo sé tú misma Samantha. Gerard se enamorará de tu sinceridad, no de alguien que pretendes ser.

Su padre desapareció en la oscuridad murmurando un "buenas noches" dejando a Sam con una pregunta existencial. Si debía ser ella misma, ¿debía emborracharse hasta perder la conciencia? ¿Acostarse con el primer hombre que se le cruce? Sinceramente, no sabía como actuar y lo que John le dijo la dejó con muchas más dudas. ¿Quién era realmente Samantha Waldorf? Eso sería algo que descubriría de la mano de Gerard.
 

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