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VII
5 de Junio del 2008. 21:45 hs. New York, USA
No te sorprendas porque la gente muere Cassie, sorpréndete de que tú aún estás con vida.
Cassandra Cornell, corría por su habitación arreglando un poco su cabello. Mierda, se le hacía tarde.
Se retocó un poco su maquillaje buscando apresuradamente algo en su ropero. Quería algo conservador, pero a la vez sensual, mostrando piel sin mostrar mucho. Optó por unos cortos shorts de color blanco y una camiseta ensanchada y descubierta en los hombros.
- Perfecto. - Pronunció con una sonrisa al frente del espejo.
Era su día libre y la mejor manera de pasarlo era con su mejor amiga bailando y cantando como si la vida se le fuera en ello. Porque esas eran las cosas que más ella amaba, cantar y bailar. Desde que tenía memoria había ido a clases de canto y baile, al principio por obligación de su abuela. Luego por pasión.
Y esas eran las dos únicas cosas que la hacían sentir viva, y que le hacía pensar que, de alguna manera, le retribuía a su abuela todo lo que había echo por ella. Sus padres fueron asesinados frente a sus ojos cuando ella apenas tenía seis años y su abuela pidió su custodia. Era un recuerdo que la asechaba día a día, pero había aprendido a sobrevivir con ello gracias a varios años de terapia. Los psicólogos le habían diagnosticado esquizofrenia, pero ella estaba completamente segura de lo que había visto. Lo único que importaba era que su abuela le creyera.
Se paró frente al espejo para arreglar su ropa. Es increíble como las personas podían cambiar en unos pocos años. Millas atrás había quedado la porrista de dieciséis años que sólo le importaba ir a fiestas, emborracharse y tener sexo. Ahora era una mujer – o eso intentaba. - que trataba de salir adelante para darle la mejor calidad de vida que podía a su abuela, y que trabajaba por las noches en un cabaret bailando para conseguir dinero. Bailando, sólo eso, no pensaba rebajarse a vender su cuerpo.
Escuchó una bocina al frente de su casa, en los tranquilos suburbios de New York. “Debe ser Deborah”, pensó bajando casi corriendo por las escaleras, tomó su cartera y cuando estuvo a punto de abrir la puerta, una voz algo ronca que le habló desde el living la detuvo.
- ¿Tienes que trabajar esta noche? - Su abuela se había asomado por la puerta que daba hacia la sala de estar, caminando débilmente con un bastón como su único apoyo.
- No abuela, iré con Deborah a tomar algo. Volveré temprano.
Vio como su cara expresaba una mueca de disgusto, no soportaba que su nieta saliera de noche. Para su abuela, Cassie sólo era una camarera en un bar, no sabía donde trabajaba ni que era lo que hacía. Tampoco podría arriesgarse a contarle, porque no se enorgullecía de su trabajo, para nada. Le daba el dinero suficiente para tener una vida digna, sólo por eso lo hacía.
- Cuídate, y avísame cuando llegues.
Sus pasos lentos comenzaron a alejarse y Cassie suspiró. Abrió la puerta para salir al encuentro de su amiga.
- Siempre tengo que esperarte. ¿Qué sucedió ahora? – Preguntó Deborah, mientras que Cassie encendía un cigarro.
- Mi abuela otra vez. Me preguntó a donde iba. – Suspiró lanzando las cenizas por la ventana, cuando el auto comenzó a ponerse en marcha.
- ¿Hace siete años que te conozco y recién ahora comienzas a darle explicaciones de donde vas? Dame una excusa más creíble. – rió, pero Cassie la miró seria.
- No te estoy mintiendo, está… rara. No sé que le sucede, pero siempre me pregunta a donde voy, con quien voy. Creo que se pone más vieja y más paranoica. – Ella se dirigió a su amiga, con las luces de la gran ciudad pegándole sobre su rostro. - Hoy no hablemos de nada, sólo somos nosotras dos, y un poco de alcohol Deb, necesito bailar.
- Si lo sé, esta noche será una de las mejores.

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