VI
El día le parecía más brillante que en mucho tiempo. El cielo estaba más azul de lo que había estado en días y contrastaba con el magnífico verde del césped, que aún tenía pequeñas gotitas de lluvia del día anterior. En el centro del firmamento, el sol refulgía como en mucho tiempo no lo hacía. Por alguna razón lo veía todo más colorido, más brilloso.
¿La razón? Porque hacía tiempo que no lo pasaba tan bien sin necesidad de emborracharse y pagar las consecuencias el día siguiente.
No resaca, no mal humor, todo estaba... ¿bien?
- ¡Buenos días! - Gritó entrando en la cocina.
Carlisle y Joe hablaban animadamente sobre un partido de fútbol americano que habían pasado por la televisión la noche anterior, pero se callaron de inmediato cuando Sam entró dando saltitos. Ambos la observaron extrañados.
- ¿Qué? - Rió cuando notó sus miradas.
- ¿Se encuentra bien señorita Waldorf? - Preguntó Carlisle preocupado.
- ¡Perfectamente Carl! Y como me siento tan bien, voy a festejarlo comiéndome una sandía entera.
Sam se apresuró a correr hacia el refrigerador dejando a ambos aún más consternados. Jamás se despertaba de tan buen humor luego de salir la noche anterior. Generalmente, se levantaba y caminaba en pijama arrastrando sus pies hasta la cocina. Lucía como un zombie, con grandes ojeras y el maquillaje corrido; luego se sentaba en la silla y apoyaba su cabeza entre las manos, con su mirada en un punto fijo. Carlisle le acercaba una aspirina y un vaso de agua. La tomaba, agradecía con un sonido gutural y se mantenía en esa posición por unos minutos más hasta que finalmente volvía a su cama arrastrando sus pies. Esa era la rutina de cada mañana desde hacía dos años.
Sam volvió con su sandía y comenzó a cortarla a pedacitos con el cuchillo, quitándole las semillas.
- ¿Tengo monos en la cara o qué? - Preguntó enfrentando a los dos hombres.
- No, para nada. - Contestó Carlisle volviendo su atención hacia el sartén donde estaba cocinando su tocino. - Es sólo que es extraño verla de tan buen humor esta mañana.
- Oh Carl, es que he tenido una noche maravillosa.
Dicen que el lenguaje corporal habla por nosotros. Ambos hombres compartieron una mirada al ver a su jefa con la cara entre las manos, apoyando sus codos sobre la mesa y con una sonrisa soñadora en su cara.
- ¿Pero el señor Iero no estaba en Wisconsin? - Interrumpió Joe.
- ¿Quién dijo que estuve con Frank? Lo único bueno que puede pasar con él incluye una cama y condones. - Suspiró frustrada y luego rieron. - Wow, he hecho reír a Joe, debe estar de muy buen humor.
- El humor se contagia. - Contestó. - Y bueno, ¿nos puedes decir que sucedió anoche? ¿Incluye un chico, verdad?
- Generalmente, estas cosas sólo se la cuento a Carlisle, pero como estoy de buen humor y tú aún no me has dado uno de tus comentarios ácidos, les contaré a ambos. - Sonrió Sam. - Incluye a un chico, sí, pero él no es la razón por la que estoy así. Tal vez sí, porque todo lo que sucedió anoche no hubiera pasado sino fuera gracias a él, pero no es el motivo principal. - Se excusó, no querían que malinterpretaran las cosas. - Es que ayer la pasé tan bien. Sin preocuparme si había alguien conocido, o paparazzis esperándome afuera. Sólo yo, un escenario y un micrófono cantando canciones absurdas en el karaoke. Fue perfecto, hacía mucho que no me divertía así.
Joe sonrió con ternura. Tal vez era un poco duro con ella, pero sólo porque era una niña caprichosa y malcriada que lo sacaba de sus casillas. Pero cuando era la verdadera Samantha Waldorf, la niña que llenaba de luz cada rincón de la casa, no podía hacer más que sonreírle.
- Nos alegramos mucho jovencita. - Sonrió Carlisle, haciendo que los costados de sus ojos mostraran sus arrugas. - Oh, antes de que lo olvide, tu padre está en el despacho y quiere hablar contigo.
Sam suspiró, sólo deseaba que sea lo que sea que tenga que decirle su padre, que no le quite su buen humor. Le agradeció a Carlisle y se dirigió al despacho de su padre. Sintió nerviosismo, tal vez porque no sabía la razón por la que la llamaba, o tal vez de anticipación.
¿Han tenido esa sensación de saber que va a suceder algo que puede cambiarte la vida? ¿Qué de un momento a otro, todo lo que haz conocido durante esos años, puede cambiar? Sam lo sentía. Ese ardor en el pecho, que se expandía por toda su garganta. Estaba loca, definitivamente. Sea lo que sea que le diga su padre, iba a rogar para que levantara su castigo. El encierro la estaba matando.
Se colocó frente a la enorme puerta doble de madera y golpeó tres veces con sus nudillos. Escuchó la gruesa voz de su padre del otro lado que le indicaba que podía pasar.
Amaba el despacho de su padre, aunque los momentos que pasó allí no le traían muchos recuerdos buenos. Parecía sacado de una película. Una amplia ventana dejaba entrar luz a la habitación, que lucía un poco oscura al tener las paredes llenas de estanterías y bibliotecas con libros. A un costado se encontraban unos sillones marrones de cuero – donde Gerard se había sentado la noche anterior -. Frente a la puerta se encontraba el escritorio de su padre, donde ahora él estaba sentado arreglando unos papeles. Cuando la vio, sonrió indicándole con la mano que se acercara.
- Samantha, querida. ¿Como dormiste?
Sam lo observó extrañada. Su padre tenía una sonrisa de oreja a oreja, mostrando sus perfectos dientes blancos. ¿Desde cuando se preocupaba por cómo había dormido? En realidad… ¿Desde cuando se preocupaba por ella?
- Dormí en mi cama, como lo vengo haciendo desde que nací. – Contestó enarcando una ceja. John suspiró ante su sarcasmo.
- ¿Cómo te fue anoche con Gerard?
- Bien, fuimos a un restaurante italiano que abrió hace poco, en Manhattan. – Respondió Sam ante su insistencia, no quería darle mucha información.
- Gerard me dijo a donde iban a ir antes de que se fueran, no hay necesidad de mentirme. Me pareció algo muy cortés de su parte llevarte a un lugar lejos de los paparazzis. Sé lo insoportables que pueden ser.
Sam no dijo nada por unos segundos. ¿Quién se creía? ¿Que era un padre ejemplar? Se quedaron con la mirada conectada por unos segundos hasta que Sam rompió el silencio.
- John, deja de fingir que te intereso. Hace 17 años que existo y es la primera vez que me preguntas como me fue en una cita, que ni siquiera fue una cita. Tú prácticamente me arrastraste hacia la puerta. – Contestó con rudeza. - ¿Puedes decirme que es lo que sucede?
Su padre suspiró. Oh, mala señal, mala señal. ¡Aborten! Si suspiraba y no respondía con algún sermón inteligente significaba que realmente sucedía algo.
- Sabía que iba a ser difícil, pero no pensé que tanto… - Dijo como para si mismo. Se acarició la frente eligiendo las palabras correctas para usar.
- ¿A qué te refieres? - Sam había empezado a perder la paciencia, su padre la ponía de muy mal humor.
- Mira, sé que nuestra relación nunca ha sido buena...
- ¿Recién lo notas? - Murmuró Sam rodando los ojos, pero John la ignoró.
- … pero necesito que me hagas un favor. Esto nos beneficiará a mí, a ti y a la empresa.
- No me interesa tu empresa, pero si me beneficia a mí, entonces… escucho. – Sam se sentó en la silla frente a su padre, cruzando los brazos y con una mirada altiva.
- Deja esa actitud Samantha. – La retó su padre. – Mira, sé que te llevas muy bien con Gerard y que aún son amigos pero… lo ideal sería que pudieran llevarlo a otro nivel.
- ¿Otro nivel? – Sam abrió los ojos sorprendida mientras escuchaba a su padre. - ¿Estás loco? John, ¡apenas lo conozco! Lo sé, anoche nos divertimos y nos llevamos bien, pero nuestra relación de AMIGOS-CONOCIDOS – remarcó las palabras. – va lento y así es como tiene que ser toda relación. ¡Me parece irrespetuoso de tu parte que me pidas esto! ¿Qué tipo de chica crees que soy? ¡Soy tu hija!
- Ya sé que eres mi hija, ¡no te estoy pidiendo que mates a alguien! Sólo que te relaciones románticamente con Gerard. Escucha, quiero que fusionemos nuestras empresas y creemos “W&W”, Waldorf&Way, pero él no está decidido completamente; no quiere dejar morir el legado de su padre. Quiero que lo convenzas de que crear “W&W” va a ser la mejor decisión que vaya a tomar.
- ¿Y para qué necesitas obligarlo a hacer eso? ¿No tienes dinero suficiente? Creo que él está en lo correcto.
- Porque seríamos el doble de ricos de lo que somos ahora Samantha. – Contestó simplemente.
Pegó en su punto débil. Odiaba ser tan malditamente ambiciosa, pero el dinero podía más que ella. Siendo criada en un lugar donde el dinero reemplaza todo lo demás, no podía sentir más que ansia por ese papel verde. Doloroso, pero cierto. A Samantha Waldorf, una de las cosas que más le importaba en el mundo era el dinero.
- ¿Entonces qué necesidad hay de que seduzca a Gerard? Vamos, ¡eres John Waldorf! Puedes convencer al mismo diablo de que haga el bien. ¿Por qué me pides eso a mí? – John encogió los hombros.
- Porque la debilidad de Gerard son las mujeres y no lo pude convencer de ninguna otra manera así que tú eres mi último recurso. – A Sam no le convenció para nada su respuesta.
- ¿Y que gano yo con eso?
- Duplicaremos nuestras riquezas Samantha. Además sé que siempre fuiste una mujer independiente, y si estás dispuesta a ayudarme, firmaría tu emancipación.* Así puedes hacer lo que se te de las ganas.
“Así puedes hacer lo que se te de la gana” La voz de su padre resonó en su cabeza. Emancipación. En el estado de Nueva York, era a los 21 años, cuando cumplía la mayoría de edad, mientras que a los 18 años sólo tenía derechos menores como votar o sacar su licencia de conducir sin el permiso de su padre. Aún le faltaban 4 años y no veía las horas de poder salir de allí. No lo tomen a mal, amaba los lujos y vivir con decenas de personas atendiendo sus necesidades, pero se quería librar de su padre lo más rápido que pudiera. Y la emancipación le parecía una idea demasiado tentadora.
- ¿De cuanto dinero mensual estaríamos hablando?
- $40.000 – Contestó su padre.
- Quiero $100.000
Sam se levantó de la silla dispuesta a irse, pero aún le quedaba una duda. ¿Por qué se esforzaba tanto porque “enamorara” a Gerard? ¿Qué había detrás de eso?
- ¿Qué ganas realmente con esto John? – Preguntó con la mano en la perilla de la puerta.
- Ya te lo dije, nuestras ganancias se duplicarían. – Sam suspiró. – Recuerda que el futuro de la empresa está en tus manos.
No contestó. Cerró la puerta detrás de ella antes de que su padre terminara la frase. Ya seguro de que Sam estaba lo suficientemente lejos como para escuchar su conversación telefónica, marcó un número en su celular y esperó a que lo atendieran.
- ¿Hola? – Dijo una voz gruesa del otro lado.
- Baltimore, soy John. Sólo quería decirte que mi plan está resultando, Sam dijo que lo pensaría.
- ¿Cómo estás tan seguro?
John se recostó más en su sillón y puso los pies encima de su escritorio. Tomó un habano de su cajón y lo prendió, tomándose un tiempo para contestar.
- Dijo que lo pensaría. Conociendo a mi hija, eso es casi un sí asegurado.
- Eso espero, sino todo lo que planeamos se irá a la mierda.
- No te preocupes, no quedará nada de Way, puedo asegurarlo.
***
No le pidió permiso a John, tampoco le importó si su castigo aún seguía vigente por lo que cinco minutos después se encontraba conduciendo en su auto. Necesitaba pensar, hablar con alguien. Pero, ¿con quién? No es un tema que pudiera hablarlo con Frank, era la persona menos idónea. Sus “amigas” tampoco; se los contaría, ellas contestarían con un “todo saldrá bien” por compromiso y luego estarían haciendo planes sobre a que bar famoso deberían ir a la noche. Gerard estaba borrado de su lista. Entonces, ¿a quién?
Una persona vino a su mente; no le diría la completa verdad pero si una parte para que la comprendiera. Le envió un mensaje para pedirle su dirección y al segundo sonó su celular indicando la respuesta. Colocó la dirección en su GPS y comenzó a conducir por las amplias calles de los Hamptons.
A lo lejos vio una mansión que comenzaba a asomarse, demasiada grande para sólo tres personas. Las puertas se abrieron automáticamente frente a ella y condució cientos de metros más hasta llegar a la puerta principal de la casa. Observó la magnificencia del jardín delantero, las flores le daban un toque muy femenino y el césped estaba perfectamente cortado. Antes de bajar del auto la puerta se abrió y dejó ver a un joven flacucho y con una camiseta de Star Wars.
- ¿Sabes? – Dijo él mientras Sam subía las escaleras del pórtico. – Para haberte visto una sola vez en mi vida, te hiciste extrañar bastante.
Sam sonrió ampliamente, Mikey tenía esa facilidad de hacerla sentir como si lo hubiera conocido de toda la vida. Lo abrazó fuertemente y ambos se separaron con una sonrisa.
- El encierro te cayó de maravilla. Estás más pálida que Gerard, y mira que eso es casi imposible. – Dijo Mikey mientras entraban en su casa.
Si el exterior era maravilloso, el interior lo sobrepasaba. Todo era blanco y estaba perfectamente acomodado. Podías ver tu reflejo en los pisos de mármol. En el hall de entrada, había una escalera que subía hacia el segundo piso y se dividía en dos. Siguieron caminando hasta entrar al living donde había grandes sillones negros y un plasma.
- ¡No me digas eso! Lo único que hice en estos días fue tratar de broncearme.
- Bueno, no dio resultado. – Contestó Mikey riendo y se sentó en uno de los sofás. - Debo decir que me asustaste con ese mensaje. Pensaba verte en un estado deplorable.
Sam suspiró, tal vez había sonado muy desesperada en él. Un “necesito hablar contigo urgente” no da para pensar bien, esperas ver a alguien en un estado deplorable, tal como había dicho Mikey.
- Lo siento, es que tengo un problema y no sabía con quien hablarlo. Necesito el consejo de alguien.
- Soy todo oídos. – Contestó Mikey acomodándose más en el sillón. Esto daba para mucho tiempo.
- ¿Qué harías tú si tienes la oportunidad de hacer algo que va en contra de tu moral pero que a la vez quieres hacerlo porque te beneficias en muchas cosas? – La cara de Mikey cambió. – No me tomes a mal, no es algo tan malo.
- ¿No me dirás lo que tienes que hacer?
- No.
- ¿Por qué? – Preguntó Mikey con desconfianza.
- Porque es algo que prefiero guardármelo para mí misma.
- Bueno, está bien. – Contestó simplemente. – Y si haces eso que va en contra de tu moral… ¿Alguien saldrá herido?
- Creo que no.
- Entonces no veo cual es el problema. – Contestó Mikey encogiendo los hombros. – Lo único que va a salir lastimada es tu moral.
Sam suspiró, Mikey tenía razón. Lo que más deseaba era la emancipación y por fin podría ser libre, si sólo aceptaba. Además ¿quien sabe? Podría llegar a sacar provecho de todo eso. Sólo un nombre vino a su mente: Frank.
¿Qué haría con él? Lo quería, pero no lo suficiente como para sacrificar su emancipación por un hombre. Ya vería que hacer con el tiempo.
- Bueno, ¿quieres ver una película? – Dijo Mikey dando el tema por terminado. - ¿Comedia o Drama?
- Comedia, mi vida ya es una película de drama. – Contestó Sam recostándose en el sofá.
- Tu optimismo y alegría han llenado cada poro de mi piel. – Contestó Mikey rodando los ojos y colocando el DVD.
No le prestó atención a la película, ni siquiera sabía de qué se trataba. Su mente estaba pensando en cual era la decisión correcta. Divagó en todos los posibles problemas que pudiera tener, pero no encontró ninguno. Sólo enamoraría a Gerard, trataría de seguir con su relación con Frank y obtendría su emancipación. Todo parecía tan sencillo. Se excusó con Mikey con que iría al baño y marcó en su celular el número de su padre. Ya había tomado su decisión.
- ¿John? Está bien, lo haré. – Sentenció.
***
Estaba sentado en su despacho, mirando por su ventana. Desde allí se veía todo el Central Park y casi todo Manhattan. Manejaba todo desde el piso número 20 de su Hotel central, ubicado en el Upper East Side. Los Hoteles Way eran conocidos por su prestigio y clase, llevando a alojarse allí a las personas más importantes del mundo.
Al igual que en los Hoteles Waldorf.
John le había propuesto miles de veces el unificar ambas empresas para crear un emporio invencible, ya que ambos eran los líderes en cadenas de hoteles. Pero él se había excusado diciendo que ese era el único legado de su padre, y que así mantendría su memoria viva.
Mentira. En realidad no era ajeno de los muchos beneficios que le traería unificar ambas empresas, económicos por cierto, pero lo hundiría en una miseria causada por John del que no podría salir. A pesar de tener unos cortos 22 años, era uno de los hombres de negocio más respetados de la actualidad y uno de los más inteligentes, todo lo había aprendido de su padre. Y una de las reglas número uno que Donald le había enseñado era que nunca debía confiar en nadie.
“Los negocios no tienen reglas”
Entonces, ¿por qué confiar en John Waldorf? ¿Más con lo que había hecho? Su venganza estaba preparada y todo fríamente calculado. Iba a destruir a Waldorf hasta que no quede nada de él.
Ni siquiera su descendencia.
Por mucho que demostrara ser un hombre sensible y honrado, no lo era. No desde el momento en el que le quitaron todo lo que tenía. Se vengaría de aquel hombre que hizo sufrir tanto a su padre. Waldorf iba a pasar por cada una de las cosas por las que él pasó… y eso integraba destruir a su hija.
En un mundo donde lo que parece más perfecto, en realidad no lo es; ¿qué mejor que ponerse esa máscara de Romeo y destruir a Julieta? Pudo ver en su mirada el día en que la conoció a una persona frágil que se rompería al mínimo golpe. ¿Qué mejor manera de destruir a una persona que llevándola hasta el punto más alto de su vida para por fin lanzarla sin paracaídas? Los golpes serían inmensos y lo único que quedaría de ella serían escombros. Porque John le quitó a la persona que más amaba en su vida, su padre; Gerard le quitaría lo que John más amaba, a su hija.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Gerard se dio media vuelta en su silla y por la puerta entró un hombre de unos cuarenta años.
- Harrison, un gusto verte. – Dijo Gerard, apretando su mano.
- Lo mismo digo, y más con todas esas noticias que haz traído. – Harrison extendió una sonrisa malévola en su rostro, a la que Gerard imitó.
- Todo en orden Harrison. El primer paso ya fue tomado y puedo decir que me gané su confianza.
- Waldorf va a caer muy bajo, ¿verdad? A veces me sorprende que detrás de esa imagen de hombre bueno salgan tales cosas.
- No te imaginarías lo que tengo planeado. Lo de Samantha sólo va a ser el primer paso; tenemos que ponerla en contra de su padre, destruir su mundo y a ella misma. Ella es la primera muralla que debemos voltear, y si lo conseguimos… podremos tener un tiro fácil hacia John.
- Suenas como un asesino. – Dijo Harrison riendo y Gerard encogió los hombros con una sonrisa.
- Si las circunstancias se dan, no dudaré en serlo. – Puso sus manos sobre el escritorio y una mirada siniestra cruzó sus ojos. – Destruiré a Waldorf y todo lo que lo rodea, aunque sea lo último que haga.
Gerard y John son el mismo tipo de persona, sólo que uno de ellos cambiará en el camino.

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