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Capítulo VIII

Samantha Waldorf miércoles, 23 de noviembre de 2011
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VIII



6 de Junio del 2008. 22:30 hs. New York, USA.



A veces el destino nos juega algunas malas pasadas. A veces pone en nuestro camino a personas que tal vez no desearíamos haber conocido. ¿Qué es el destino? ¿Está escrito? ¿O nosotros lo escribimos a medida que el tiempo pasa? Con el tiempo aprendí que cada pequeña decisión que tomamos puede cambiar el rumbo de nuestra vida. Desde mi punto de vista, todo lo que va a suceder está programado y fríamente calculado, incluso nuestras “decisiones impulsivas”. Nosotros no escribimos nuestro destino, el destino escribe nuestras vidas. 



Rojo, azul, verde, blanco, negro, blanco, negro. Y otra vez rojo, azul, verde. Las luces de los bares nocturnos eran enceguecedora, y siempre le molestaron, pero concurrir tan seguido a este tipo de lugares, hizo que lentamente se acostumbrase a ellas. Y claro, se había convertido en la rutina de todas las noches desde que había terminado la gira. Dormía todo el día hasta entrada la tarde, se bañaba, comía algo y luego se dirigía a los barrios oscuros de New York, donde el narcotráfico estaba a la orden del día. Compraba un poco de Marihuana, cocaína, y algún que otro fármaco extraño y caro. Se dirigía a algún bar de mala muerte, donde bebía hasta casi perder la conciencia. Pero aquella noche… no iba a ser igual a las demás.

Esa noche había decidido no drogarse, quería tan sólo tomar un poco. Uno de sus proveedores de drogas le había recomendado un cabaret, donde había hermosas mujeres y podía tomar hasta reventar. La idea no le agradaba demasiado, pero... ¿qué perdía? Nada. “Se mira pero no se toca” le había dicho su madre en repetidas ocasiones cuando era un niño para evitar que rompiera algo. Ahora podía utilizar esas mismas palabras pero con otro significado. 

Aparcó al frente del lugar y contó mentalmente hasta tres para bajar del auto. Un guardia de seguridad, más parecido a un gorila lo paró en la puerta. 

- ¿Está en la lista? - Lo abordó el gorila con facciones humanas. 
- Eh... ¿no? - Preguntó Gerard.
- ¿Y porqué se supone que lo tengo que dejar pasar? - El guardia se cruzó de brazos dejando ver unos enormes brazos del mismo tamaño que uno de sus muslos. 
- Un amigo me recomendó este lugar. - Gerard Tragó saliva y el hombre lo miró arqueando una ceja. 
- ¿Cuál es el nombre de su 'amigo'?
- Jesse Bordereau. - El guardia lo observó sorprendido. - ¿Qué sucede?
- Es que no parece del... tipo de persona que trata con Jesse. Espere, voy a llamarlo.

El gorila, se alejó y habló por teléfono, seguro que con Jesse. Gerard se paró allí a observar el cartel de neón que rezaba 'Noches mágicas', al parecer el nombre del local. Se sentía incómodo y pensó en que era una mala idea ir a un lugar como ese. También se preguntó el por qué el gorila se había extrañado cuando dijo que era amigo de Jesse. 

- Señor Way, puede pasar. - Con un gesto de disculpa le cedió el paso y Gerard entró al lugar.

No parecía un bar de mala muerte, al contrario. Tenía un exótico atractivo. Telas que tapaban velas de color rojo y almohadones por doquier, muchas mujeres curvilíneas se paseaban en paños menores sirviéndole bebidas a regordetes hombres de traje. 

Se sintió observado, y miró hacia su alrededor. Los hombres regordetes lo observaban con extrañeza. ¿Qué hacía un tipo de unos treinta años, con los ojos algo delineados y totalmente vestido de negro? Definitivamente no era un lugar para él. 

- Un whisky, por favor. - Le pidió a la camarera cuando se acercó a él.

'Pobre' pensó mientras ella se alejaba. No parecía tener más de dieciocho años y portaba tan sólo un conjunto de ropa interior que no dejaba nada a la imaginación. 

¿Qué rayos estaba haciendo allí? Esas últimas semanas se había obsesionado con la muerte de Lindsey, tratando de encontrar pistas o algo que lo lleve a su asesino. Pero si ni el FBI pudo hacerlo, él menos. Necesitaba un poco de aire fresco, pero “aire fresco” no significaba esto. No era ese tipo de hombre que se baboseaba por cual chica adolescente se le cruzaba en el camino, no estaba todo el tiempo pensando en sexo. Sus anteriores pensamientos libidinosos le parecieron ilógicos y tomó de un trago su whisky para largarse rápidamente de allí.

De repente todas las luces se apagaron y la música comenzó. Si mal no recordaba, era “Desert Rose” de Sting. Tomó su chaqueta y le dio una mirada rápida al escenario antes de salir. Lo que vio lo dejó mudo, obligándolo a tomar asiento nuevamente.

Nunca vio nada más perfecto en su vida.

Una chica vestida con un traje árabe bailaba sensualmente. Era de color rojo, que contrastaba con la palidez de su cuerpo y su cabello rubio. Tenía el cuerpo más perfecto que vio en su vida, no extremadamente delgada ni tenía kilos de más. Era difícil de describir. Se quedó sentado observando como ella jugaba con el velo, dejando poco de su piel a la vista. 

Algo se removió en sus pantalones. Sus siete meses de abstinencia por fin le estaban jugando una mala pasada y comenzó a imaginarse cosas poco ortodoxas con ella. Se tenía que ir rápido si no quería cometer una locura. 

Demasiado tarde. 

Ella clavó sus ojos grises en él y el pulso se le disparó. No le podía quitar la mirada de encima, y al parecer era algo mutuo porque ella, al bailar, lo seguía observando. Sintió una conexión que no había sentido jamás, sus orbes verdes examinaban cada centímetro de su persona mientras ella contorneaba sus caderas al ritmo de la música. Ella le sonrió tímidamente antes de ponerse de costado y tapar su cara con el velo, terminando la función. 

Gerard aplaudió sin quitar la vista del escenario, donde la silueta de la bailarina desaparecía entre las sombras. No iba a irse de ese lugar sin volverla a ver. 

***



- Estuviste magnífica Cassandra, como siempre. - La felicitó Joseph, entrando en el camerino. Ella estaba de espaldas, observándose al espejo.

Nunca le gustó mostrarse de esa manera frente a los hombres. La chica que veía frente al espejo no era Cassie Cornell, la estudiante universitaria con sueños, miedos y metas, que pasaba siete horas diarias estudiando y cuidaba de su abuela. La que veía en el espejo era una mujer vestida como una odalisca barata en un bar de cuarta donde hombres cuarentones insatisfechos por sus mujeres buscaban consuelo en jovencitas que podrían ser sus hijas.

- Gracias Joseph. - Sonrió y se dirigió al baño para cambiarse de ropa. Necesitaba una cama urgente.

Sintió como la puerta se cerraba indicando que Joseph no estaba más en la habitación y bajó la tapa del retrete para sentarse. Se tomó la cabeza, que en cualquier momento le iba a explotar. 

Los principales problemas de cualquier ser humano son: amor, sexo, salud y dinero. El amor no le interesaba por lo tanto el sexo tampoco. Por lo menos ella, de salud se encontraba bien. El dinero era lo que más le preocupaba. La paga del bar era buena, pero no lo suficiente como para pagar su universidad, las drogas para la enfermedad de su abuela ni para pagar la renta de su hogar. Necesitaba una respuesta rápido, las cuentas la estaban ahorcando. El sonido de la puerta abrirse nuevamente la sacó de sus pensamientos. 

- Lo siento Joseph, ya desocupo el camerino para Caroline. - Replicó con algo de cansancio.
- Caroline puede esperar. - Cassie lo observó confundida. - Tengo una propuesta para ti...
- Oh no, ya sé por donde vas. - Protestó ella antes de que Joseph termine la frase. - Dile a esos tipos que no me pienso acostar con ellos. 
- Lo sé, sé que nunca lo harías porque no eres de ese tipo de mujeres y blablabla, pero deberías reconsiderar esta propuesta. - El sonrió cómplicemente y Cassie nuevamente se dirigió al tocador para finalmente cambiarse. 
- No lo haré Joseph.
- Oh vamos, mira. Este tipo no es de ellos, es más, es bastante guapo debo acotar. 
- No lo haré Joseph. ¿Cuántas veces debo repetirlo? - Repitió ella quitándose el maquillaje con un tono cansino. 
- Pagará $20.000. - Sentenció, y una sonrisa triunfadora se apoderó de sus labios al escuchar el grito de la bailarina.
- ¿Qué? - Gritó ella exclamando y asomándose por la puerta. - ¡Debes estarme jodiendo!
- No lo hago, ese tipo en serio está desesperado por hacerlo contigo. 
- No lo haré Joseph. - Pero esta vez, su tono fue mucho más inseguro. 

¿Veinte mil dólares? ¿Un tipo pagaría por tener sexo por ella? Sí, le dio miedo, no podía negarlo. ¿Qué clase de tipo desquiciado y necesitado pediría eso? Aunque, ella rezaba por respuestas y se le acababa de presentar una. 

- Solo piénsalo Cassie. Veinte grandes no lo paga cualquiera. 
- No lo sé, no soy de esas. - Suspiró ella sentándose en una silla. Se sorprendió de la manera en la que había cambiado de un 'no' rotundo a un 'no lo sé'. 
- Sé que necesitas el dinero, por eso te lo sugiero. - Ella lo miró con pesar, le había pegado donde más le dolía. - Además no te metería con cualquiera, sé reconocer a quienes les gusta el sadomaso o quienes tienen fetiches y él realmente parece un tipo normal. 
- ¿Puedo ver quien es aunque sea? - Contestó ella dándose por vencida. Haría la excepción, sólo por esos veinte mil dólares que le solucionarían la vida. 
- Claro. - Aceptó Joseph sonriendo - Ven por aquí. 

La guió por un pasillo hasta su oficina donde se encontraba el joven de ojos verdes que tanto le había atraído cuando estaba bailando. Aún sentía sus orbes verdes observando sus movimientos, quemando cada parte de su cuerpo en el que se había posado. 

Sólo lo hago por los veinte mil dólares” suspiró. 

- Está bien, lo haré. - Suspiró dándose por vencida. 

***



Gerard se encontró sentado en el sillón de una habitación especial, bastante bien decorada con un estilo victoriano. Y otra vez una pregunta rondó sus pensamientos. 

¿Qué rayos estaba haciendo?

Si, esa chica lo había puesto a mil pero se sentía como un hijo de puta al engañar a Lindsey. 

- Engañando a un fantasma. ¿En qué tipo de loco te convertiste Gerard? - Rió amargamente tomando el puente de su nariz y echando su cabeza hacia atrás.

Idiota, idiota, idiota. ¿Por qué había pagado por tener sexo con esa bailarina? Fácil, su mirada le recordaba a Lindsey. Los ojos de ella eran chocolate, pero había algo en los ojos grises de esta chica que lo volvían loco de la misma forma en que lo hacían los ojos de su novia. O tal vez era la forma en que se movía, el misterio que la envolvía. 

- ¿En qué tipo de loco te convertiste Gerard? - Volvió a repetir y le echó un trago a su whisky, sintiendo como el alcohol quemaba su garganta. 

La puerta se abrió de repente y entró ella. Ahora tenía sombra alrededor de sus ojos, y llevaba puesto un conjunto de ropa interior de encaje. Él se quedó estático mientras ella cerraba la puerta detrás de su figura. Él la observó de pies a cabeza, sintiendo como su mirada le quemaba el cuerpo. 

Lo hago sólo por el dinero” se repitió mentalmente, tratando de convencerse de que todo esto era sólo por una buena causa y no por el echo de que el hombre que se encontraba sentado frente a ella le parecía extremadamente atractivo.

Se acercó a Gerard lentamente y se posicionó al frente de él. Por alguna razón se sentía nervioso. Cassie le extendió su mano y el se paró. Le llevaba algunos centímetros de altura. 

- Soy Cassandra Cornell. – Susurró ella. 
- Gerard Way. - Respondió él.
- Si lo sé, Joseph me habló de tí. 

Él observó su rostro con detenimiento. Era hermosa, perfecta. Sus ojos grises estaban enmarcados por unas gruesas pestañas negras y sus labios eran rosados y carnosos. Parecía un ángel. Cassie recorrió su rostro de la misma manera que él lo estaba haciendo con el suyo. Y su piel ardió cuando él lentamente posó una de sus manos en su cintura. 

- Lo siento... No soy de hacer este tipo de cosas, ¿sabes? Así que perdona si voy demasiado lento. - Dijo ella mientras posicionaba sus brazos encima de sus hombros. 

Ok, esa voz lo sacó de sus cabales. La forma en que movía sus labios para hablar, y hasta el ritmo de su respiración le parecía perfecto. ¿Qué rayos estaba sucediendo con él? ¿Cómo llegó hasta allí? Es gracioso, pero siempre se hacía la misma pregunta luego de que cometía errores, nunca antes. Lamentablemente, se hacía esa pregunta, cuando ya no había vuelta atrás.

- Shh. - Posó un dedo encima de sus labios. - Sólo déjate llevar.

Sus labios se apoderaron de los de Cassie. Al principio fue un beso lento y dulce, pero luego se volvió cada vez más y más apasionado.

Comenzó a aprovecharse de la situación, abrazándola fuerte contra él mientras que tímidamente iba recorriendo su cuerpo con sus manos. Sus labios estaban en guerra constante, por ver quién ejercía más fuerza sobre el otro, algo que por lógica, ganaba Gerard sin dudarlo. Lentamente se fueron acercando a la cama hasta que ambos cayeron en ella. 

Ambos parecían estar disfrutándolo ya que sus labios y sus cuerpos no se despegaban. Gerard la recostó en la cama, situándose entre sus piernas. Los suspiros de ambos y sus respiraciones entrecortadas eran los únicos sonidos que se escuchaban en la habitación. Su ropa no tardó en desaparecer. Los labios de él recorrieron cada centímetro de su cuerpo. 

Se separaron un poco para que Gerard pudiera quitarse la camisa. Las manos de Cassie comenzaron a trazar surcos en su pecho, de arriba y abajo haciéndolo suspirar. Estaba que explotaba y no podría aguantar más.

Se paró un poco para bajarse el bóxer y quitarle a ella sus bragas. Sus cuerpos se convirtieron en uno sólo y sus movimientos comenzaron a tomar mayor velocidad mientras que sus cuerpos se cubrían de sudor. Las embestidas comenzaron a ser más fuertes, sus piernas comenzaron a temblar y un escalofrío les recorrió la columna vertebral, indicándoles que habían llegado a orgasmo al mismo tiempo. 

Gerard cayó derrotado sobre el pecho de Cassie y rodeó su cintura con sus brazos, mientras ambos recuperaban la respiración. Ella comenzó a acariciarle lentamente el cabello, mientras Gerard pronunciaba palabras que quedarían grabadas en la mente de Cassie para siempre.

- Esto es insano. - Suspiró el contra el oído de su amante. 

Realmente, para él era insano. Había sentido una conexión sobrenatural con ella, casi mágica. No habría echo eso, porque el recuerdo de Lindsey aún rondaba su mente, atormentándolo. Pero sus cuerpos se atraían y sentía que encajaban perfectamente. Tuvo el presentimiento de que no era algo sólo físico, había algo más. Algo que estaba fuera del alcance de lo que ellos podían entender.

Insano” también podría definir su relación desde ese momento. Algo rápidoinmaduro, y hasta destructivo, que los arruinaría lentamente hasta límites impensados. 



Después de todo, todo pasa por algo. Nosotros no escribimos nuestro destino, y ninguno de los dos pensamos que todo iba a comenzar así.




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