V
Segunda Parte
Sam se mantuvo parada en la puerta hasta que su cabeza hizo un click. Era Samantha Waldorf, ¡por el amor de dios! No debía sentirse intimidada por nadie, eso iba en contra de su naturaleza.
- ¿Todo en orden Gerard? – Preguntó al joven con una sonrisa coqueta.
- Todo más que perfecto Samantha, gracias por preguntar. – Contestó él de la misma forma.
Con una última sonrisa se dirigió a su padre pero frunció el ceño. John los observaba con una sonrisa extraña en su rostro. No pasaba mucho tiempo junto a él, pero lo conocía lo suficiente como para afirmar que esa sonrisa sólo la utilizaba cuando un prometedor negocio llegaba a sus manos.
- Samantha, querida, ¿por que no te quedas a platicar con nosotros? – Interrumpió John. Sentía la mirada expectante de Gerard en su rostro.
- Claro. – Contestó con una sonrisa. – Lamento las condiciones en las que me encuentro, el día está espeluznante.
- No hay problema con eso cariño. – Contestó su padre. – Gerard, mi hija hace equitación desde los tres años. Sería bueno que alguna vez corrieran una carrera juntos.
- Encantado. – Respondió tomando un trago de su vino.
- ¿Sabes Gerard? Algo que siempre quise hacer fue aprender a jugar al polo. Me parece un deporte tan apasionado. ¿Algún día podrías enseñarme?
Mentira, el polo le parecía algo aburrido. Se atrevería a decir que hasta totalmente tedioso. Pero la sola idea de pasar tiempo con Gerard Way le sonaba atractivo, igual que él. Quería borrar esa imagen de ella que había dado unas semanas atrás de la alcohólica y depresiva niña mimada. Era Samantha Waldorf, ¡por favor!
Mientras le decía eso, iba caminando con un amplio movimiento de caderas. Audrina Patridge le había enseñado a hacerlo si quería conquistar a un chico. Al parecer sus métodos habían surtido efecto porque la sonrisa de Gerard iba aumentando a medida que ella se acercaba.
- Claro, tú sólo dime la hora y el lugar y yo estaré allí.
- ¿Qué tal pasado mañana? – Interrumpió John. – El pronóstico dice que va a ser un día espectacular.
- Yo no tengo ningún problema. ¿Qué dices Samantha?
- Estoy de acuerdo. – Contestó ella con una sonrisa.
Gerard le devolvió la sonrisa y observó su reloj.
- Tengo reservaciones a las 9 en un nuevo restaurante italiano en Manhattan. Debería estar saliendo en estos momentos si quiero llegar a tiempo.
Tomó su saco y comenzó a dirigirse a la puerta. La mirada de Samantha se oscureció. Claro, él puede salir todo lo que quería mientras ella se internaba en su habitación para acostarse a dormir a las diez de la noche. Gerard aminoró su marcha y dio media vuelta.
- ¿Sabes? – Habló dirigiéndose a Sam. – Reservé una mesa para dos personas y la verdad es un poco deprimente tener un asiento vacío, así que… ¿Samantha, me acompañarías? Si John estás de acuerdo, por supuesto.
Sam estaba a punto de replicar que estaba castigada pero su padre la detuvo.
- Claro que estoy de acuerdo hijo. A Samantha le vendría bien salir con las personas correctas. – Sam rodó los ojos, sabía que era una indirecta por su relación con Frank.
- Padre, ¿podrías darme mi celular? Necesito hacer unas llamadas.
Mientras John rebuscaba en los cajones de su escritorio, Sam se acercó a Gerard.
- Gracias por sacarme de aquí, pensé que moriría de depresión.
- Tu padre me contó que estabas castigada, así que imagino como debes sentirte. – Gerard respondió con una sonrisa. - Nos vamos a divertir bastante esta noche.
- No vamos a ir al restaurante, ¿verdad? – Sam arqueó una ceja.
- Sorpresa. – Susurró Gerard a su oído, haciendo que los cabellos de su nuca se erizaran.
- Está bien, pero dime, ¿cómo debo ir vestida?
- Algo no tan formal. Es lo único que puedo decirte.
Sam asintió al mismo tiempo que su padre le entregaba su móvil. John tenía la misma sonrisa que portaba en su rostro minutos atrás. Su padre estaba tramando algo, de eso estaba segura.
- Volveré en unos minutos, y gracias por la invitación Gerard. – Anunció Sam antes de salir de la habitación.
Apenas entró a su habitación prendió su celular. Decenas de mensajes de texto, varias llamadas perdidas y algunos mensajes en el buzón de voz.
Sólo se detuvo a leer los mensajes de Frank. 58 mensajes en total.
- ¿Todo en orden Gerard? – Preguntó al joven con una sonrisa coqueta.
- Todo más que perfecto Samantha, gracias por preguntar. – Contestó él de la misma forma.
Con una última sonrisa se dirigió a su padre pero frunció el ceño. John los observaba con una sonrisa extraña en su rostro. No pasaba mucho tiempo junto a él, pero lo conocía lo suficiente como para afirmar que esa sonrisa sólo la utilizaba cuando un prometedor negocio llegaba a sus manos.
- Samantha, querida, ¿por que no te quedas a platicar con nosotros? – Interrumpió John. Sentía la mirada expectante de Gerard en su rostro.
- Claro. – Contestó con una sonrisa. – Lamento las condiciones en las que me encuentro, el día está espeluznante.
- No hay problema con eso cariño. – Contestó su padre. – Gerard, mi hija hace equitación desde los tres años. Sería bueno que alguna vez corrieran una carrera juntos.
- Encantado. – Respondió tomando un trago de su vino.
- ¿Sabes Gerard? Algo que siempre quise hacer fue aprender a jugar al polo. Me parece un deporte tan apasionado. ¿Algún día podrías enseñarme?
Mentira, el polo le parecía algo aburrido. Se atrevería a decir que hasta totalmente tedioso. Pero la sola idea de pasar tiempo con Gerard Way le sonaba atractivo, igual que él. Quería borrar esa imagen de ella que había dado unas semanas atrás de la alcohólica y depresiva niña mimada. Era Samantha Waldorf, ¡por favor!
Mientras le decía eso, iba caminando con un amplio movimiento de caderas. Audrina Patridge le había enseñado a hacerlo si quería conquistar a un chico. Al parecer sus métodos habían surtido efecto porque la sonrisa de Gerard iba aumentando a medida que ella se acercaba.
- Claro, tú sólo dime la hora y el lugar y yo estaré allí.
- ¿Qué tal pasado mañana? – Interrumpió John. – El pronóstico dice que va a ser un día espectacular.
- Yo no tengo ningún problema. ¿Qué dices Samantha?
- Estoy de acuerdo. – Contestó ella con una sonrisa.
Gerard le devolvió la sonrisa y observó su reloj.
- Tengo reservaciones a las 9 en un nuevo restaurante italiano en Manhattan. Debería estar saliendo en estos momentos si quiero llegar a tiempo.
Tomó su saco y comenzó a dirigirse a la puerta. La mirada de Samantha se oscureció. Claro, él puede salir todo lo que quería mientras ella se internaba en su habitación para acostarse a dormir a las diez de la noche. Gerard aminoró su marcha y dio media vuelta.
- ¿Sabes? – Habló dirigiéndose a Sam. – Reservé una mesa para dos personas y la verdad es un poco deprimente tener un asiento vacío, así que… ¿Samantha, me acompañarías? Si John estás de acuerdo, por supuesto.
Sam estaba a punto de replicar que estaba castigada pero su padre la detuvo.
- Claro que estoy de acuerdo hijo. A Samantha le vendría bien salir con las personas correctas. – Sam rodó los ojos, sabía que era una indirecta por su relación con Frank.
- Padre, ¿podrías darme mi celular? Necesito hacer unas llamadas.
Mientras John rebuscaba en los cajones de su escritorio, Sam se acercó a Gerard.
- Gracias por sacarme de aquí, pensé que moriría de depresión.
- Tu padre me contó que estabas castigada, así que imagino como debes sentirte. – Gerard respondió con una sonrisa. - Nos vamos a divertir bastante esta noche.
- No vamos a ir al restaurante, ¿verdad? – Sam arqueó una ceja.
- Sorpresa. – Susurró Gerard a su oído, haciendo que los cabellos de su nuca se erizaran.
- Está bien, pero dime, ¿cómo debo ir vestida?
- Algo no tan formal. Es lo único que puedo decirte.
Sam asintió al mismo tiempo que su padre le entregaba su móvil. John tenía la misma sonrisa que portaba en su rostro minutos atrás. Su padre estaba tramando algo, de eso estaba segura.
- Volveré en unos minutos, y gracias por la invitación Gerard. – Anunció Sam antes de salir de la habitación.
Apenas entró a su habitación prendió su celular. Decenas de mensajes de texto, varias llamadas perdidas y algunos mensajes en el buzón de voz.
Sólo se detuvo a leer los mensajes de Frank. 58 mensajes en total.
¿Dónde estás?
Samantha, contéstame.
Me preocupas, contéstame.
Por favor, dime si estás bien.
Suspiró y marcó el celular de su novio. A los dos tonos, ya había atendido.
- ¡Hasta que te dignas a aparecer Samantha! Sólo me mandaste un maldito tweet. ¿Sabes lo preocupado que estuve? – Gritó Frank desde el otro lado. Sam tuvo que alejar de la bocina de su celular.
- ¿Terminaste?
- No. – Suspiró del otro lado de la línea. – Pero por si preguntas, me alegro de que por lo menos me llamaras.
- Lo siento cariño, John me quitó el celular y la única forma que tenía de hablar contigo era por Twitter.
- Perdóname tú a mí, estaba preocupado. Pensé que tu padre te había internado en un convento.
- Bueno, digamos que es algo parecido. Contrató a 10 guardias para que vigilaran lo que yo haga en la casa y así no poderme escapar. – Frank río a carcajadas. – Oye, no es gracioso.
- Debe ser un infierno para ti. – Contestó Frank.
- La verdad que sí lo es. Sólo quería hablar contigo, te extraño mucho. ¿Dónde estás ahora?
- Yo también te extraño linda. Estoy con Leathermouth en Wisconsin. Vuelvo a Nueva York dentro de una semana.
- Ok, te espero. – Contestó Sam con una sonrisa. – Oh, antes que me olvide. Un amigo de John me invitó a un restaurante. ¿No te molesta verdad?
- Si el amigo de tu padre es gordo, calvo y canoso no me molesta.
- Oh.
- Es gordo, calvo y canoso, ¿verdad mi amor? – Sam se mordió el labio. – Samantha, es gordo, calvo, canoso, feo y arrugado. ¿No?
- Claro mi amor. Es feo, bastante. – Quiso ahogar una risa. Gerard era todo lo contrario a feo.
- Me quedo mucho más tranquilo. Te dejo linda, tengo que ir a la prueba de sonido. Te amo.
- Te amo. – La línea se cortó.
Siguió leyendo sus mensajes, la mayoría de ellos eran de sus “compañeros de fiesta”; invitándola a salir. Entre ellos divisó uno de Mikey, preguntándole como le había ido con su padre.
- ¿Mikey? – Habló Sam cuando el teléfono dejó de llamar.
- ¡Sam! ¿Cómo estás? Hace mucho que no sé nada de ti.
- Lo sé y siento no haberte contestado los mensajes, mi padre me castigó.
- Bueno, la verdad que no me sorprendo porque esperaba algo así. – Rió Mikey. - ¿Y cómo la llevas?
- Terrible, no he salido de mi casa en estas dos semanas. Pero hoy tu hermano me salvó.
- ¿Qué mi hermano hizo qué? – Preguntó Mikey, la incredulidad reinaba su voz.
- Me invitó a cenar a “un restaurante nuevo en Manhattan” pero es mentira. No sé donde me lleva. – Contestó Sam observando su armario con frustración; de toda la ropa que tenía no sabía que escoger. – Sé que esto no debería preguntártelo a ti, pero… ¿qué debo ponerme?
- Te conozco hace poco pero sé cuales son tus intenciones Waldorf. – Rió Mikey. – Me preguntas a mí porqué sabes que yo te diré lo que le gustaría a Gerard que usaras. Me estás utilizando de una forma muy vil.
Sam se quitó la ropa y abrió la canilla de su ducha. Se bañaría rápidamente. Dejó el celular en altavoz para poder seguir hablando con el menor de los Way.
- No lo hago por eso idiota. Sólo tengo menos de media hora para vestirme y la verdad es que sino fuera porque es una emergencia no le preguntaría a un hombre que puedo usar. – Aunque sus palabras fueron algo duras, Sam las acompañó con una risa. Esa era su forma de expresarse.
- Ouch, eso dolió. Bueno, veamos… Según mi experiencia de haber acompañado a mi mamá de compras, creo que lo que tendrías que usar es un… vestido negro.
- ¿Un vestido negro? – La mini ducha había terminado así que Sam se colocó los manos libres de su celular mientras se secaba el pelo a la velocidad de la luz.
- Mi madre dice que eso es lo que toda mujer debe tener en su armario. Que sirve para toda ocasión.
- ¿No tienes idea a donde me quiere llevar Gerard?
- Soy su hermano, no la voz de su conciencia.
- Lo siento, es que odio las sorpresas.
- No, lo que sucede es que te gusta Gerard. – Sam se estaba maquillando y al escuchar lo que Mikey dijo, se metió el delineador en el ojo. Casi pudo percibir la sonrisa de Mikey del otro lado del tubo.
- No Michael. No me gusta tu hermano… es atractivo, pero no me gusta. – Contestó Sam. – Además, tengo novio.
- Está bien, supongamos que te creo.
- ¿Sabes? Si fueras alguien común, no dejaría que me trates como me estás tratando. Pero me caes muy bien.
- Además, tienes que asegurarte de que tu próximo cuñado de quiera así que yo que tú, me quedaría callada.
- ¿Podemos hablar de otra cosa? – Sam suspiró y se intentó meter en el vestido tratando de que los cables de su manos libres no se enrede. – ¿Sucedió algo durante estas semanas que quieras contarme?
- Nada importante. Este fin de semana hay otro encuentro de polo en el Country Club. ¿Irás? Será aburrido sin ti, quiero ver como destruyes tu reputación otra vez.
- Muy gracioso Michael, pero creo que esta vez no la destruiré. Ni siquiera sé si podré ir, mi padre es bastante inteligente y no creo que se arriesgue a que su hija arruine todo.
- Podrías decirle a G…
- No pronuncies la palabra con G, Michael. – Lo cortó Sam. Sus zapatos Dior negros calzaban hermosamente en sus pies.
- Está bien, me callo. Oye, te tengo que cortar. Cuídate y suerte con mi hermano.
- Gracias, nos vemos Mikey.
Metió su celular en la cartera y se observó en el espejo. Había elegido un hermoso vestido negro de Stella McCartney que le llegaba por encima de la mitad del muslo. Sofisticado y sexy, Audrey Hepburn estaría tan celosa de ella. Miró la hora y decidió bajar, ya había echo esperar demasiado a Gerard. Cuando bajó por las escaleras y sintió la mirada de Gerard al verla en ese vestido aceptó que la espera había valido la pena y que pedirle ayuda a Mikey también había tenido sus recompensas.
- ¿Lista para irnos?
Gerard le ofreció el brazo cuando ella llegó al borde de las escaleras. Había reemplazado la camisa celeste y los jeans que estaba usando anteriormente por unos pantalones de vestir y camisa negra.
Ese hombre era demasiado sexy para el bien de la humanidad.
- Lista. – Contestó Sam con una sonrisa y ambos salieron de la mansión afrontando a lo que la noche les presente.

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