начало
II
18 de Diciembre de 1948. Rodez, Aveyron, sudeste de Francia. 09:30 A.m.
Los pasillos blancos de la clínica psiquiatríca de la ciudad de Rodez eran conquistados por la luz mañanera. Fundada en el año 1905 siempre había contado con renombrados psiquiatras, haciendo de ella una de las mejores clínicas de Francia.
Pero en sus 90 años jamás había chocado con un caso como este.
Edmond Labarchède, uno de los más prestigiosos psiquiatras de la actualidad, recorría esos pasillos blancos buscando entre sus papeles. Siempre le preguntaban la causa de porqué se había instalado en ese lugar siendo que podría recibir mucha mejor paga e incluso un puesto más alto que el que tenía en la actualidad, era el jefe de una clínica que se encontraba en una ciudad de un poco más de ciento treinta mil habitantes. Simple: no quería reconocimientos por su trabajo. Quería pasar desapercibido por su condición.
La semana había pasado bastante tranquila. Pocas personas habían sido trasladadas al lugar, ningún intento de suicidio o crisis violenta en contra de sus enfermeros y varios de sus pacientes tuvieron una notable mejoría. Así que si tenía suerte podría irse a su casa temprano.
- Doctor, ¿puedo hablar con usted un segundo?
Un oficial de policía de lo interceptó en el pasillo. Junto a él se encontraba un hombro de unos cuarenta años, al parecer era un albañil. Edmond lo observó extrañado.
- Claro, ¿Qué se le ofrece? – El oficial se alejó unos pasos del albañil.
- Mire, encontramos a este hombre en la avenida principal. Estaba parado mirando al cielo y gritando palabras en algún idioma extraño y asustando a los peatones. Lo llevamos a la comisaría y luego de que llegamos se desmayó. Recién retoma la conciencia, al parecer no recuerda nada de lo que sucedió.
- Extraño. – Murmuró Edmond con gesto pensativo. - ¿Saben cual es su nombre?
- Pierre Besette. Eso decía en su cédula.
- Está bien, buscaré en los archivos para ver si encuentro algo.
El oficial se marchó alegando que tenía temas pendientes por resolver y Edmond se dirigió a los archivos clínicos, buscando algún antecedente psiquiátrico.
Nada, no tenía absolutamente nada. Al parecer era un cuadro de esquizofrenia pero sus antecedentes estaban limpios. Le parecía muy extraño lo que le había sucedido al albañil. Alguien que tiene esquizofrenia ha tenido ataques previos, o por lo menos sufrido comportamientos extraños. Tal vez nunca se lo trató, y por eso no salía en los archivos.
- Doctor, tenemos un problema en la sala de espera. - Lo llamó Dorothy, una de las enfermeras, entrando a la habitación algo desesperada. Oh dios, ya se imaginaba lo que sería.
El hombre se encontraba temblando, como si tuviera convulsiones tirado en el piso de la sala y gritando de dolor. Pero de un momento a otro, como si fuera por arte de magia se re compuso y lo tomó del cuello de la bata acercándose peligrosamente.
- Lléveme a una sala de contención, por favor. - Pidió suplicante.
Edmond no lo dudó ni un minuto, y junto a unos enfermeros los trasladaron a una de ellas. Estuvo unos segundos mirando al suelo con la mirada perdida y luego de eso, comenzó a exclamar algo en un idioma extraño.
- Imposible. - Susurró el Dr Labarchède luego de prestarle atención a sus palabras.
- ¿Qué es lo que dice Dr Labarchède? - Preguntó uno los enfermeros.
- Está hablando en arameo, la lengua más antigua que existe en el mundo. Era utilizada en la época de el antiguo testamento y era el idioma en el que El Creador se comunicaba con los humanos. Muy pocas personas la saben hablar a la perfección. Tengo un título en traductorado de Arameo, pero tiene sus variables. Todo depende de que época es.
- ¿Pero puede traducir lo que está diciendo?
- Puedo tratar, pero no aseguro nada. Ve y traeme un papel y un bolígrafo.
El joven se alejó de él en busca de los elementos y el Dr. Labarchède se dedicó a observar al albañil. Ahora exclamaba con las manos extendidas al cielo y los ojos cerrados. Caminaba en círculos y en algunos momentos golpeaba las mullidas paredes de la sala. Se dedicó a prestar atención a lo que decía y el desayuno que había ingerido a la mañana se revolvió en su estómago. Conocía esas palabras a la perfección.
- Déjame solo. - Le pidió al enfermero cuando volvió con él.
- ¿Está seguro doctor?
- Seguro. Necesito concentrarme.
Mintió. No dejaría que ningún humano tuviera conciencia de la profecía.
Los pasillos blancos de la clínica psiquiatríca de la ciudad de Rodez eran conquistados por la luz mañanera. Fundada en el año 1905 siempre había contado con renombrados psiquiatras, haciendo de ella una de las mejores clínicas de Francia.
Pero en sus 90 años jamás había chocado con un caso como este.
Edmond Labarchède, uno de los más prestigiosos psiquiatras de la actualidad, recorría esos pasillos blancos buscando entre sus papeles. Siempre le preguntaban la causa de porqué se había instalado en ese lugar siendo que podría recibir mucha mejor paga e incluso un puesto más alto que el que tenía en la actualidad, era el jefe de una clínica que se encontraba en una ciudad de un poco más de ciento treinta mil habitantes. Simple: no quería reconocimientos por su trabajo. Quería pasar desapercibido por su condición.
La semana había pasado bastante tranquila. Pocas personas habían sido trasladadas al lugar, ningún intento de suicidio o crisis violenta en contra de sus enfermeros y varios de sus pacientes tuvieron una notable mejoría. Así que si tenía suerte podría irse a su casa temprano.
- Doctor, ¿puedo hablar con usted un segundo?
Un oficial de policía de lo interceptó en el pasillo. Junto a él se encontraba un hombro de unos cuarenta años, al parecer era un albañil. Edmond lo observó extrañado.
- Claro, ¿Qué se le ofrece? – El oficial se alejó unos pasos del albañil.
- Mire, encontramos a este hombre en la avenida principal. Estaba parado mirando al cielo y gritando palabras en algún idioma extraño y asustando a los peatones. Lo llevamos a la comisaría y luego de que llegamos se desmayó. Recién retoma la conciencia, al parecer no recuerda nada de lo que sucedió.
- Extraño. – Murmuró Edmond con gesto pensativo. - ¿Saben cual es su nombre?
- Pierre Besette. Eso decía en su cédula.
- Está bien, buscaré en los archivos para ver si encuentro algo.
El oficial se marchó alegando que tenía temas pendientes por resolver y Edmond se dirigió a los archivos clínicos, buscando algún antecedente psiquiátrico.
Nada, no tenía absolutamente nada. Al parecer era un cuadro de esquizofrenia pero sus antecedentes estaban limpios. Le parecía muy extraño lo que le había sucedido al albañil. Alguien que tiene esquizofrenia ha tenido ataques previos, o por lo menos sufrido comportamientos extraños. Tal vez nunca se lo trató, y por eso no salía en los archivos.
- Doctor, tenemos un problema en la sala de espera. - Lo llamó Dorothy, una de las enfermeras, entrando a la habitación algo desesperada. Oh dios, ya se imaginaba lo que sería.
El hombre se encontraba temblando, como si tuviera convulsiones tirado en el piso de la sala y gritando de dolor. Pero de un momento a otro, como si fuera por arte de magia se re compuso y lo tomó del cuello de la bata acercándose peligrosamente.
- Lléveme a una sala de contención, por favor. - Pidió suplicante.
Edmond no lo dudó ni un minuto, y junto a unos enfermeros los trasladaron a una de ellas. Estuvo unos segundos mirando al suelo con la mirada perdida y luego de eso, comenzó a exclamar algo en un idioma extraño.
- Imposible. - Susurró el Dr Labarchède luego de prestarle atención a sus palabras.
- ¿Qué es lo que dice Dr Labarchède? - Preguntó uno los enfermeros.
- Está hablando en arameo, la lengua más antigua que existe en el mundo. Era utilizada en la época de el antiguo testamento y era el idioma en el que El Creador se comunicaba con los humanos. Muy pocas personas la saben hablar a la perfección. Tengo un título en traductorado de Arameo, pero tiene sus variables. Todo depende de que época es.
- ¿Pero puede traducir lo que está diciendo?
- Puedo tratar, pero no aseguro nada. Ve y traeme un papel y un bolígrafo.
El joven se alejó de él en busca de los elementos y el Dr. Labarchède se dedicó a observar al albañil. Ahora exclamaba con las manos extendidas al cielo y los ojos cerrados. Caminaba en círculos y en algunos momentos golpeaba las mullidas paredes de la sala. Se dedicó a prestar atención a lo que decía y el desayuno que había ingerido a la mañana se revolvió en su estómago. Conocía esas palabras a la perfección.
- Déjame solo. - Le pidió al enfermero cuando volvió con él.
- ¿Está seguro doctor?
- Seguro. Necesito concentrarme.
Mintió. No dejaría que ningún humano tuviera conciencia de la profecía.
Dos milenios y una década luego de la venida del elegido.
Las hojas de otoño caerán manchadas de sangre.
Gritos ensordecedores asustarán a los niños y el infierno en la tierra se hará ver.
Lo imposible, es posible. Lo irreal, real.
Raveh fue el primero, pero será traicionado, por sus propios hijos.
El vampiro luchará contra el vampiro, hermanos contra hermanos.
El humano será tomado como carne, y carne será.
Su fin ha llegado.
Y el deseo de lo prohibido decidirá su destino.
Pero un rayo de luz cubrirá la medianoche, y solo ella podrá acabar con las tinieblas.
Las hojas de otoño caerán manchadas de sangre.
Gritos ensordecedores asustarán a los niños y el infierno en la tierra se hará ver.
Lo imposible, es posible. Lo irreal, real.
Raveh fue el primero, pero será traicionado, por sus propios hijos.
El vampiro luchará contra el vampiro, hermanos contra hermanos.
El humano será tomado como carne, y carne será.
Su fin ha llegado.
Y el deseo de lo prohibido decidirá su destino.
Pero un rayo de luz cubrirá la medianoche, y solo ella podrá acabar con las tinieblas.
Garabateó rápidamente la profecía en la hoja, como vampiro conocía perfectamente estas palabras. Ideó las palabras exactas que diría, era un lenguaje bastante complicado.
- Sé a lo que te refieres. - Pronunció el doctor con un arameo algo forzado. - Soy uno de ellos. Soy un vampiro.
El hombre lo miró fijamente y se acercó lentamente a la ventanita por la que se estaban comunicando.
- Ojos grises, cabello rubio. No tiene padres, tampoco familia. Nacerá humano pero luego se convertirá en vampiro. Manejará a su antojo los cuatro elementos naturales. También podrá infringir dolor por telequinesis y crear un campo de fuerza a su alrededor. Esa va a ser su llave para ganar la batalla.
- ¿Hablas de Solnechnyĭ Svet, verdad? - El hombre asintió. - ¿La encontraremos? ¿Ganaremos nosotros?
- No puedo decirles nada más, dejo en sus manos el poder para encontrarla.
Luego de decir estas últimas palabras cerró sus ojos y cayó desplomado al suelo. El Dr Labarchède se apresuró en utilizar primeros auxilios pero ya era demasiado tarde, el cuerpo yacía sin vida. Llamó a los enfermeros y rápidamente se dirigió a su oficina. Una noticia como esta no debía esperar y sabía de alguien que estaría muy feliz de escucharlas.
- ¿Anastasia? Si, soy Edmond Labarchède. No creerás lo que acaba de suceder. - Dijo suspirando.

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