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V. Primera parte: I'm glad you came

Samantha Waldorf miércoles, 23 de noviembre de 2011
V


Primera Parte

Sam yacía en su cama boca arriba, con su cabeza colgando por uno de los costados. Dos semanas habían pasado desde que su “encarcelamiento” había comenzado. 



Era terrible, realmente una pesadilla. 

Su cuarto estaba totalmente renovado. Nuevos muebles y un nuevo televisor plasma que había comprado por catálogo. El vestidor estaba atestado de nueva ropa – también comprada por catálogo-, que cabe decir, no había estrenado porque no salió ni siquiera al patio de su casa. También se tomó el tiempo de ordenar su armario; ahora estaba todo rotulado por marca, color y temporada. Había leído todos los libros de su biblioteca, incluso uno de autoayuda para encontrar la paz interior. 

No le sirvió, pues la paz interior ya la había perdido hacía mucho. 

Lo único que pasaba por su mente eran formas de salir de su casa sin que los gorilas – los guardias que su padre había contratado para controlar que ella no se escape – lo notaran. Había pensado en mil y un formas y nada. No había forma de salir de esa pocilga. 


El encierro estaba tomando la poca cordura que le quedaba, si es que alguna vez la tuvo. 

Catorce días sin salir de su casa, catorce días sin tener contacto con personas de su misma especie. Catorce días sin hablar con otra persona más que con Joe y Carlisle, porque su padre le había quitado hasta el celular. Ni siquiera John le hablaba. La ignoraba como si fuera una peste viviente, y pensándolo bien, estaba en todo su derecho. 

Suspiró y miró por su ventana. El día estaba nublado y sinceramente no estaba de ánimo para quedarse todo el día en su cama. Era un día perfecto para andar en caballo. 

Abrió los ojos de sobremanera cuando se dio cuenta el rumbo que había tomado sus pensamientos. ¿Acaso eso había cruzado su mente? ¡Hacía años que no andaba en caballo! Pero moriría si tenía que pasar todo el día en la cama pudriéndose como un hongo, así que rápidamente se levantó y comenzó a buscar su ropa de montura. 



***



- ¿A dónde va señorita Waldorf? – Le preguntó uno de los gorilas que se encontraba parado en la puerta trasera de la cocina que colindaba con el patio. 

Sam observó que detrás de la mesada se encontraba Carlisle, cortando algunos vegetales. Le lanzó una mirada que pedía ayuda pero él sólo hizo una mueca que decía que no podía hacer nada. 

- William… - Dijo ella leyendo el nombre del guardaespaldas en la placa que llevaba en su pecho. – Escucha, voy a andar en caballo. Si quieres puedes vigilarme pero no me molestes porque sino haré que mi padre te eche de patas en la calle. ¿Me escuchaste? 
- No tiene permiso para salir fuera del establecimiento señorita. – Contestó William con una voz gruesa y que infundaba miedo. A Sam no se le movió un pelo. 
- No saldré de la propiedad, sólo iré al establo y daré unas vueltas por la estancia. No haré nada más. Como dije antes, si quieres puedes vigilarme pero no me molestes. 
- A la señorita Samantha le gusta mucho andar en caballo, lo hace casi todos los días. No creo que sea ningún inconveniente. – Dijo Carlisle tratando de convencer al guardaespaldas. William dudó un poco pero tomó uno de sus walkie-talkie. 
- Habla Tiburón 1, - dijo mirándola aún con desconfianza. Samantha rodó los ojos. – Código rojo dará un paseo en caballo. Repito, código rojo dará un paseo en caballo; controlen el perímetro. Cambio y fuera. 

El gorila finalizó con una sonrisa al notar la mueca de disgusto de Samantha al enterarse que era llamada “Código rojo” por todo el equipo de seguridad. 

- ¿Código rojo? ¿En serio? – Dijo ella con el ceño fruncido. 
- Sólo sigo órdenes señorita. Es el protocolo del servicio de seguridad, el mayor blanco es llamado “código rojo”.

Ella rodó los ojos y salió de la cocina sin contestarle a William, que trataba de acallar una risa. 



***



Tener caballos era algo considerado “sofisticado” por la alta sociedad americana. Era uno de los factores que separaba a los "vulgares" de los con “clase”. Una estupidez, según Sam. Esa era la razón por la que había tanta euforia en The Hamptons por el polo y la equitación. Nuevamente, era todo cuestión de apariencias y de tener un posicionamiento más alto en la sociedad. 

John Waldorf había procurado que su hija sería una gran jockey* por lo que la llevó a clases de equitación desde los tres años. En los Hamptons, primero tienes que aprender a montar un caballo y luego a caminar. John estaba tan orgulloso de que Sam siguiera los pasos de sus ancestros; el hacer un deporte que incluyera caballos era una gran tradición familiar. 

Esa fue una de las razones por las que dejó de montar. Como ya había mencionado, Sam encontró mucho placer en hacer enojar a su padre. Nunca lo había visto tan furioso como cuando le declaró que no haría más equitación. Ese fue su primer paso de rebeldía. 

Además, su grupo de amigos de aquél entonces pensaba que hacer equitación no era algo “cool”.

El cielo de los Hamptons estaba totalmente cubierto por espesas nubes y no le sorprendería que se largara a llover en cualquier momento. Una especie de sensación de anticipación comenzó a crecer en su interior. Recordó esos días de verano cuando era una niña y las tormentas no daban tregua. El viento y las gotas de lluvia pegaban en su rostro y se enredaban en su cabello suelto. 

Abrió con prisa la puerta del establo y todos los caballos asomaron sus cabezas para ver quien era el intruso. Su cuidador no estaba, así que rápidamente corrió hacia el último compartimiento donde sabía que siempre estaría su amiga y sólo pronunció su nombre:

- ¡Penny

Una hermosa yegua de pelaje color chocolate levantó inmediatamente la cabeza reconociendo la voz de su dueña. A la velocidad de la luz el animal se acercó a Sam y puso su cabeza cerca de la cara de ella para que la acariciara. 

- Hey hermosa, lamento haber desaparecido por tanto tiempo. Prometo no hacerlo más, fui una tonta. ¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta? 

Casi pudo ver la alegría rebalsante en los ojos de su mascota y se formó un nudo en su garganta. Sin perder más tiempo le colocó el asiento de montura y salió hacia la estancia. Había empezado a llover y tuvo una especie de Deja vú. Todo se sentía tan bien, tan correcto. Por unas horas volvió a ser la niña que no se preocupaba por nada, que vivía en una nube. El viento y la lluvia golpeaba su cara mientras Penny corría eufóricamente.

Dios, amaba andar en caballo. Nunca debió dejar de hacerlo. 



***




- Vaya a cambiarse señorita Waldorf, se va a enfermar. – Sugirió Carlisle mientras ella entraba por la cocina. 


Había pasado casi todo el día corriendo con Penny. El cielo había comenzado a oscurecerse y el animal se estaba cansando, así que decidió dejarlo. Al otro día volvería.


- Si, ya iré. Primero quiero hablar con John, necesito hacer unas llamadas de mi celular. 

- No creo que esos sea posible señorita – Interrumpió Joe entrando a la cocina. – Su padre tiene visitas. 
- ¿Alguna vez eso importó? – Contestó Sam con una sonrisa sarcástica. Algún día mataría a Joe sino fuera porque terminaría en la cárcel. No pudo soportar dos semanas encerrada en su habitación, no soportaría varios años en una celda de 2x2 m. – Carlisle, avísame cuando esté la comida, estoy muerta de hambre. 

Salió de la cocina sin esperar respuesta de ambos hombres. Al acercarse al despacho de su padre pudo escuchas dos voces masculinas que reían alegremente. Deseó que no fuera Mr Baltimore; la forma en que la miraba como si fuera un pedazo de carne le ponía los nervios de punta. Entraría, buscaría su celular y saldría lo más rápido que pudiera. Abrió la puerta sin pedir permiso y dirigió su mirada hacia su padre. 


- John, necesito mi celular para hacer unas… - Sam fue interrumpida por una voz masculina que definitivamente no pertenecía a Mr. Baltimore. 

- Hola Sam. 


Dirigió su mirada a un costado y vio a Gerard War sentado en el sofá con una copa de vino en su mano. Se sonrojó, ¿Por qué siempre la tenía que encontrar en sus estados más deplorables? Su ropa de montura estaba mojada y su cabello estaba hecho un desastre. 



Mierda.


- Hola Gerard.


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