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Prólogo. (Misery Business)

Samantha Waldorf miércoles, 23 de noviembre de 2011
Misery Business
When the Love & Ambition Collides




Poder, supremacía, juego, dinero, corrupción, mafia, muerte. Pero por sobre todas las cosas, avaricia. 


Observó esos ojos chocolate que tanto había odiado y que amaba con locura; en ellos había miedo, desesperación. De fondo escuchaba vagos murmullos que lentamente se iban convirtiendo en gritos lejanos. ¿Cómo había llegado a esta situación? ¿Cómo había llegado su vida... a pender de un hilo?

No había salida, no había vuelta atrás.



La tomaron fuerte de su brazo, haciéndola gritar. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Trató de zafarse de ellos pero eran mucho más fuertes. 


Un golpe, luego otro más, dos, tres, cuatro, hasta que perdió la cuenta, la sangre brotaba a borbotones de su nariz y trataba de tomar aire pero sus pulmones no respondían por las fuertes patadas propinadas por esos tipos. El dolor físico no era nada comparado al dolor que sentía cuando su alma se quebraba viéndola a ella llorar, pidiendo que por favor pararan, que lo estaban lastimando.


“Una pequeña decisión lo cambia todo” pensó. Si no hubiera tomado aquella decisión ¿ahora estaría él sufriendo así? ¿Ahora lo amaría de esa manera? Como hubiera deseado decir que no, se odiaba a si misma por ser una perra ambiciosa. 


Observó los ojos verdes de su amado; demostraban dolor, furia, angustia, preocupación, y lo más importante, amor. El más apasionado y real que pudo recibir alguna vez. 


Uno de ellos metió la mano en su bolsillo, acercándose peligrosamente al joven que yacía apenas conciente en el suelo. Ella lo vio, y fue todo fracciones de segundos. Sus labios se movían pero no podía pronunciar ningún sonido. Trató de zafarse pero ya era tarde, el hombre estaba frente a él. Calló de rodillas, perdiendo todo atisbo de energía que quedaba en su cuerpo.


- Por favor, no. No le hagan daño... - Susurró ella mientras sus lágrimas se entremezclaban con la lluvia. - Fue mi culpa, no le hagan nada por favor.


Un silencio sepulcral cubrió la carretera. Nadie se movía, nadie hablaba. Solamente se oían sus leves sollozos.


- Lo siento, yo sólo sigo órdenes. - Susurró uno de los encapuchados, con voz lúgubre.


Lo observó a él, cubierto de sangre que la observaba con miedo. No temía por su vida, temía por no saber que sucedería con ella luego de que él se marche. Iba a quedar desprotegida bajo las garras de aquél monstruo. 


- Te amo, hasta el final de todo. - Susurró él.


Ella cerró sus ojos, sabía lo que seguía. El cielo lloraba, mientras dos disparos anunciaban el final. 

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