возрождение
XVII
9 de Julio del 2009. 18.30 hs. Moscú, Rusia.
A veces le sorprendía lo mucho que había empeorado todo desde la última vez que vio a Gerard. Su vida terminó siendo un torbellino en medio del océano, devorando con ansias cualquier pequeño bote tratando de escapar de sus garras. En este caso, el pequeño bote contenía sus pocas esperanzas de volver a tener una vida normal luego de su incidente con Gerard. De ese pequeño bote, sólo quedaban algunos pedazos de madera flotando sobre el mar mientras que sus esperanzas se encontraban en algún rincón inhóspito de las profundidades.
Creyó ilusamente que poco a poco podía acallar el dolor y hundirlo en lo más lejano de su corazón, pero le fue imposible. Aunque ya hubiera pasado un año, seguía pensando en él, extrañando sus labios y sus caricias. Extrañando como sus labios se curvaban cuando sonreía y la forma en que suspiraba cuando se unían en un apasionado beso.
Debería odiarlo, por haberla tratado tan mal y por haber huido sin ni siquiera decir adiós, pero no podía. Sea lo que sea que es hombre había hecho con ella, la tenía atada a su muñeca y el sentimiento que llenaba su pecho era mucho más fuerte de lo que había sentido en su vida. Ni siquiera con Max había experimentado tal intensidad.
Las tinieblas cubrieron su vida luego de que Gerard se fue. Unas semanas después, su abuela fue diagnosticada de cáncer de páncreas y comenzó a empeorar con el pasar de los días. Jamás sintió tal desolación como cuando el doctor le dio la noticia. Su abuela, su único e incondicional apoyo, era consumida poco a poco por una maldita enfermedad.
Intentó por todos los medios de convencerla para que acceda a realizarse la quimioterapia pero ella se negaba rotundamente, alegando que “todo sucede por algo”. Podía escucharla llorar silenciosamente por las noches en su habitación, susurrando de que “aún debía proteger a su pequeña Cassie pero si el Destino así lo quería, dejaría que fuera de esa manera”.
Los meses empezaron a pasar rápidamente y el estado de salud de su abuela comenzaba a empeorar cada vez más. Su piel tomó un color calcino, sus ojos azules dejaron de tener ese brillo tan característico y sus huesos comenzaron a notarse más contra su piel. Muy a su pesar, tuvo que utilizar los $20.000 que nunca le había devuelto a Gerard, sólo para asegurar que viviera sus últimos días en las mejores condiciones posibles.
Ahora ella se encontraba observando como respiraba pacíficamente en una cama de hospital, siendo ayudada por los respiradores eléctricos. Se encontraba agonizando y luchando con su último aliento por su vida. Cassie debía pelear contra las lágrimas al pensar en el inevitable desenlace. ¿Qué haría sin su abuela? ¿Cómo seguiría sin ella? Su casa ya se sentía tan fría y desolada sin su presencia. No podría vivir sin ella pero de una manera u otra debía seguir adelante. Aún tenía 20 años y toda una vida por vivir.
Se secó una lágrima que cayó por su mejilla cuando su abuela la observó. Podía ver que estaba sufriendo no físicamente, porque la morfina que le habían inyectado ya se había encargado de eso, sino emocionalmente. Tal vez ella estaba pensando lo mismo que Cassie, sabía que no podía dejarla sola y desamparada en este mundo.
Pero estaba segura de que si el Destino había decidido que su hora de partir era en ese momento, lo aceptaría. Tal vez había terminado con su tarea de protegerla y ahora Cassie debía seguir por su camino. Enfrentar a su destino. Con el último aliento que le quedaba dijo su nombre. Cassie se acercó lentamente y acarició sus cabellos grises con ternura.
—Todo estará bien abuela. - Susurró mientras su abuela cerraba los ojos al sentir las caricias de su nieta.
Cassie sabía que nada estaría bien si la dejaba pero debía aparentar ser fuerte frente a ella. Su abuela abrió los ojos y una lágrima rodó por su mejilla. El nudo en su garganta comenzó a hacerse más y más fuerte cuando notó que su abuela se estaba preparando para irse. Quiso gritarle que no la abandonara y que se quedara con ella, pero sabía que era imposible. Su abuela sonrió y antes de cerrar sus ojos para siempre dijo:
—Sigue a los que son bañados por la luz Cassie.
***
Cuando era adolescente siempre deseó ser alguien fuerte físicamente, alguien por quien miles de mujeres darían todo sólo por estar entre sus sábanas y a quien todos respetarían. Anhelaba ser como uno de esos superhéroes que leía en sus cómics, luchando por salvar el mundo y teniendo a toda una tropa bajo sus órdenes. Pensó que sería genial.
A sus 32 años, había cumplido todos esos deseos que se había planteado de joven. Entonces, ¿por qué se sentía tan miserable?
Algo demasiado útil de ser un vampiro era que su cerebro tenía una especie de interruptor que impedía que pensamientos indeseados vinieran a su mente durante sus entrenamientos o cuando discutía temas de suma importancia con los Caballeros – porque ahora era uno de ellos -. Agradecería eternamente por tener ese poder. Pero cuando el sol salía de su escondite y él se dirigía a su recámara para poder regenerar sus heridas hechas en el entrenamiento... los pensamientos indeseados lo llenaban.
Casi como en una cascada, el rostro de Lindsey y Cassie bailaban en su mente, el sentimiento de autodestrucción que sintió meses antes lo embargaba nuevamente y los miedos de ser la única esperanza de la humanidad lo ahogaban. Aún no podía manejarlo correctamente.
Como se prometió cuando salió de su departamento aquel día en el que dejó atrás su antigua vida, se enfocaría sólo en la batalla y en los asuntos de los voiny sveta. Era un dvoryanstvo y casi toda la orden estaba bajo su mando. Eran demasiadas responsabilidades colocadas en sus hombros como para deprimirse por los fantasmas de su pasado.
Un golpe en la puerta lo hizo salir de su ensoñación. Movió su cabeza de un lado a otro alejando sus pensamientos pero sin dejar de mirar la ventana de su cuarto.
—Pasa. - Uno de los sirvientes se asomó por la puerta.
—Señor, es hora de su entrenamiento.
—Dile a Nathaniel que ya voy. - Murmuró con algo de pesadez.
Escuchó como la puerta se cerró nuevamente pero no quitó la mirada de su ventana. Era un paisaje hermoso. El sol que yacía en el Oeste se colaba entre algunas nubes, haciendo que sus rayos rebotaran contra el manto blanco que cubría absolutamente todo. Ni el más grande pintor podría retratar todo aquello como sus pupilas lo estaban haciendo. Agradecía el hecho de que al ser un dvoryanstvo sus sentidos hayan llegado a un estado que no podía gozar ningún otro ser vivo – o muerto - Suspiró, en el amanecer seguiría observando el paisaje. Tomó su anillo y salió de su habitación.
***
Un humano lo único que podría percibir serían sombras borrosas moviéndose de un lado a otro en el salón. Pero lo cierto es que Gerard se encontraba luchando con Nathaniel como si se tratara de su enemigo. El último año había entregado todo su tiempo y energía en prepararse para la batalla. Sus poderes y su fuerza sobrehumana estaban allí, pero debían ser cultivadas. Nathaniel, siendo el mejor combatiente de la orden se convirtió en su entrenador donde ejercitaban incansablemente por horas y horas, mientras que Erminie y Edmond se encargaban de entrenar sus poderes.
—Gerard, cuida tu retaguardia. – Pronunció Nathaniel con algo de dificultad, ya que Gerard se movía tan rápido como un rayo.
—Lo tengo. – Contestó entre dientes.
Se agazapó haciendo temblar su cuerpo. Una mueca aterradora se apoderó de su rostro y un gruñido animal surgió desde lo más profundo de sus entrañas. Nathaniel se tensó, esperando el ataque. Cada día que pasaba, le era más difícil combatir con Gerard. Además de su condición de dvoryanstvo, que ya le atribuía muchas cualidades, su arduo entrenamiento y el hecho de que se haya tomado sus responsabilidades muy a pecho lo había convertido en el vampiro más peligroso con el que había luchado.
Frank y Anastasia observaban todo detenidamente desde un costado. Sus caras estaban casi desencajadas de la sorpresa por la ventaja que tenía Gerard sobre su entrez.
—Creo que está listo – Sentenció él.
—¿Estás seguro? ¿No parece un poco pronto?
—Estoy seguro. Míralo.
Gerard tomó del cuello a Nathaniel, golpeándolo contra los pisos de mármol. Un ruido sordo como el choque de dos piedras y un alarido de dolor hizo eco en toda la habitación. Colocó sus manos en garra sobre el pecho de su entrenador y simuló quitarle su corazón.
Soberbia se apoderó de su sonrisa, una vez que se incorporó. A pesar de que Nathaniel se había convertido en uno de sus mejores amigos, siempre se mofaba cada vez que le ganaba y era realmente una tortura para su orgullo cada vez que perdía. Ahora el sabor de venganza era dulce, y su sonrisa era imborrable. Ganarle cinco peleas de cinco en un día no tenía precio.
—Nadie de los que han estado bajo el mando de Nathaniel le ha ganado. Tú lo sabes. He hablado con Edmond y Erminie y dijeron que es realmente increíble la manera en que ha conseguido manejar sus dones. Gerard es poderoso y especial pero se ha esmerado y preparado al punto de que ningún vampiro que haya pasado por la orden lo supere. Creo que está listo, y no podemos perder más tiempo. Recordemos que ellos tienen a Max.
—Lo sé. Espero que podamos encontrar a solnechnyi svet antes que ellos. – Murmuró Anastasia observando como Gerard nuevamente se agazapaba listo para atacar nuevamente.
Nathaniel se incorporó rápidamente rodeándolo. Gerard se mantuvo parado allí, atento a cualquier mínimo movimiento.
—¡Usa tus poderes Gerard! - Gritó Nathaniel respirando agitadamente.
Gerard cerró los ojos y se concentró profundamente en una mesa que se encontraba en un costado. Los abrió dejando ver sus pupilas inyectadas de sangre. Con un movimiento de su mano, la mesa se elevó del suelo y estalló ruidosamente contra la espalda de Nathaniel. Cayó rendido a sus pies respirando agitadamente.
—¡Oye, oye! - Gritó Frank entrando a la arena. - Nathaniel te lo está poniendo todo muy fácil. Vamos gordito, muéstrame lo que tienes.
Gerard sonrió de costado cuando Frank lo llamó “gordito”, lamentablemente de gordito ya no tenía nada. Frank se colocó con su torso hacia delante tomando una postura de ataque, mientras Nathaniel se levantaba del suelo y tomaba la misma posición que Frank.
—Muchas veces vas a tener que pelear contra dos. - Dijo mientras se acercaba peligrosamente a Gerard. - Tienes que tener los ojos bien abiertos Gerard.
Gerard asintió y en ese momento Frank y Nathaniel se lanzaron encima de él. Ellos comenzaron a lanzar patadas y puñetes como si se tratara de una pelea entre ninjas y no de vampiros mientras que Gerard los evitaba ágilmente.
—¡Utiliza tus putos poderes Gerard! - Gritó Nathaniel mientras aún trataba de golpearlo.
Lo observó con odio, sabía que lo hacía por su bien pero le molestaba de sobremanera que le gritara. Gerard sabía que lo hacía para así sacara su furia interna y sus poderes fueran más intensos. De esa manera había descubierto, meses atrás, que podía mover objetos con su mente y que tenía poder sobre el fuego. Nathaniel le gritaba furiosamente que se levantara, luego de haberlo derribado y Gerard lo observó con ira. Sus ojos se volvieron rojos y le prendió fuego su ropa. Se rió de eso por meses y meses, recordando como Nathaniel salió corriendo despavorido.
Frank estaba más alejado de él, así que con su mente creó un círculo de fuego alrededor de él para así impedir que se moviera. Nathaniel sonrió con suficiencia mientras que seguían peleando. De un momento a otro, Gerard lo tomó del cuello y lo lanzó hacia arriba, haciendo que golpeara su espalda contra el techo y se mantuviera suspendido. Gerard se mantuvo parado intentando recobrar la respiración.
—¡Wow! ¿Cómo has hecho eso? - Preguntó Frank, aún rodeado por fuego y observando como Nathaniel aún estaba suspendido contra el techo.
—No lo sé. - Dijo Gerard con dificultad. Anastasia rodó los ojos y roció a Frank con un matafuegos para apagar las llamas.
—Oye, se ve todo bien desde aquí pero... ¿puedo bajarme? - Gritó Nathaniel desde más de 20 metros de altura. - ¡Tenemos una reunión con los licántropos en 20 minutos!
Gerard dejó caer desde esa altura a Nathaniel y reprimió la risa al ver como el General se revolcaba de dolor en el piso.
***
Esa vez, no estaban los 20 caballeros, sólo los que se encargaban de las operaciones “militares”. Anastasia estaba sentada junto a él con su tan usual túnica blanca que debían utilizar obligatoriamente cuando tenían reuniones especiales. En el lado contrario de la mesa se encontraba Nathaniel y Frank, con las caras tapadas por la capucha de su túnica junto con otros vampiros de rangos altos que se encargaban de esas operaciones. Eran alrededor de diez personas las que se encontraban allí.
Gerard observó atentamente los planos que se encontraban en medio de la mesa. Eran pararetomar una emboscada a la sede de los Blut Mitternatch en Alemania que habían dejado de lado, ya que fue justo cuando se enteraron de que Gerard era el dvoryanstvo. Sería algo sencillo: acabarían con todo vampiro que se les cruzara al frente y así poder disminuir la cantidad de sus soldados. Un llamado de atención para Caleb y todos los demás, una venganza por el asesinato de uno de los Caballeros. Lo mejor de todo es que contaban con el apoyo de la corona licantrópica.
La puerta se abrió y entraron por ella alrededor de diez hombres. Estaban formados en una línea y llevaban puestas túnicas de color azul oscuro. Contaban con una estructura ósea bastante grande y Gerard no tuvo dudas de que si aún fuera humano, hubiera temido tan sólo mantenerles la mirada. El licántropo que se encontraba en el centro de la fila llevaba una especie de amuleto en el cuello, con una piedra blanca redonda, del tamaño de un CD.
—Princesa Anastasia, príncipe Gerard. - Anunció con un asentimiento al mismo tiempo que se quitaba la capucha.
Su cabello era negro y su piel demasiado blanca. Tenía facciones demasiado duras y salvajes, hasta el punto de darle un aspecto algo terrorífico. El hombre dirigió sus ojos hacia Gerard y lo examinó por unos segundos antes de volver su mirada hacia Anastasia.
—Príncipe Sebastien. - Asintió ella. - Es un honor para nosotros contar con vuestra presencia.
—Desde la muerte de mi hermana he tomado esto muy personal. - Dijo el hombre mientras todos tomaban asiento en los diez lugares restantes. - Esos canallas pagarán por lo que le hicieron.
Pudo ver como Frank se tensó frente a él cuando Sebastien dijo eso y compartió una mirada con Nathaniel. Había algo sobre la muerte de su hermana que ocultaban pero Gerard no le dio importancia. Tal vez era un tema de extrema confidencialidad que debían ocultar a los demás vampiros que los acompañaban.
—Sé lo que se siente. - Contestó Anastasia evitando el tema de la princesa de los licántropos. - Los Blutt Mitternatch han asesinado a uno de nuestros caballeros. Una parte de nosotros también toma esto muy personal.
Sebastien asintió y movió su nariz. Supo que le era demasiado difícil para él estar en una habitación encerrado junto a diez vampiros, el olor para ellos era insoportable. Gerard dejó de respirar en el instante que los licántropos ingresaron en la habitación porque su olor fétido inundó sus fosas nasales. Estaban destinados a detestarse, incluso por algo tan inverosímil como su olor natural. Estaba escrito que así sea pero por algunas circunstancias estaban forzados a tener una relación cordial. El vampiro debería estar luchando contra los licántropos, no contra sus propios hermanos.
“El vampiro luchará contra el vampiro, hermanos contra hermanos.”
Y fue en ese momento que notó como poco a poco la profecía comenzaba a hacerse realidad.
Gerard observó como todos tomaban nota mientras Nathaniel explicaba la estrategia que utilizarían al llegar a la base. Ya se lo sabía prácticamente de memoria, así que se permitió volar con su mente. Gerard había pasado muchas noches perfeccionando los últimos detalles del plan junto a Frank y Nathaniel. A veces se sorprendían por la excelencia con la que Gerard creaba las tácticas. “Definitivamente eres un Romanov.” declaraba Nathaniel sorprendido cada vez que Gerard creaba una estrategia inquebrantable. “No, sólo son muchos años de adolescencia jugando a Calabozos y Dragones” Respondía cortésmente. De repente la conversación reclamó su atención nuevamente, cuando Frank pronunció su nombre.
—Gerard está listo para enfrentar una batalla. Así que seríamos nosotros tres al frente de los voiny sveta. - Sentenció Frank y un silencio llenó la habitación.
—No creo que eso sea lo más conveniente. - Discrepó Anastasia. - ¿Qué pasa si le sucede algo malo? ¡No podemos perder a nuestro único dvoryanstvo a esta altura!
—Hablas de él como si fuera un niño Nastia. - Habló Nathaniel. - Tú has visto como se desempeña en el campo de batalla. ¡Esto sería un buen entrenamiento!
—¡Pero no podemos arriesgarnos a...!
—¡Basta! - Gritó Gerard.
La habitación entera se quedó en silencio observándolo como se levantaba de su asiento. Anastasia sintió coraje de como Gerard les había gritado, pero tuvo que recordarse mentalmente que él también era uno de los Romanov, por lo tanto ambos estaban en el mismo nivel. Jamás habían discutido si él iba a formar parte o no de la batalla, pero supo que Anastasia se opondría. Gerard apoyó sus manos sobre la mesa y la observó.
—Nastia, agradezco tu preocupación pero creo que estoy preparado a correr los riesgos. Esta es una guerra, donde personas muy importantes para nosotros perdieron la vida en las manos de esos hijos de puta. Debemos vengarlos y tomar un paso adelante en el contador, para así demostrarles con quien se están metiendo. No voy a dejar que piensen que tengo miedo, soy un Romanov, soy un dvoryanstvo y por sobre todas las cosas, soy un voiny sveta y nosotros no tenemos miedo. Vamos a vengar la vida de John, de Judith y de la princesa de los licántropos aunque sea lo último que hagamos.
La sala se quedó en silencio cuando Gerard terminó su discurso. Sebastien miró a Gerard y se preguntó si él sabía que la “princesa de los licántropos” había sido Lindsey, su novia fallecida. Y también se preguntó si él sabía que ella había muerto en manos de los Blut Mitternatch. Por la tranquilidad con la que habló segundos antes, supo con certeza de que su ex-cuñado no estaba enterado de nada.