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XI
Tercera Parte.
5 de Julio del 2008. 18:35 hs. New York, USA.
Gerard se mantuvo sentado unos segundos en el sillón con las manos en la cabeza, luego de que escuchó la puerta cerrarse, anunciando que Cassie había abandonado la habitación. ¿Qué rayos estaba mal con él? ¿Por qué actuó de esa manera? Todo iba a ser my fácil, le daba el dinero y ella se iba. No se volvían a ver la cara nunca más.
Pero él le dijo que era menos que una puta y la lastimó también. Físicamente.
¿Dónde quedaron sus valores? ¿Dónde quedó su cordura? Su madre siempre le enseñó que había que respetar a las mujeres. ¿Por qué la había tratado de esa manera? No se lo merecía. ¿Cuándo había cambiado tanto?
"Cuando volviste a consumir drogas.” una voz susurró en su mente. Aún seguía temblando y respirando agitadamente. Las drogas lo estaban arruinando, y lo llevaban a cometer cosas imposibles, como lo que había sucedido con Cassie.
En el momento que la adicción a las drogas regresó, Gerard supo que se estaba acercando a un precipicio, que solo tenía dos salidas. La más difícil, pero no imposible, era dejar todo atrás, volver sobre sus pasos, y alejarse de la cornisa.
La más fácil, la que en estos momentos él pensaba que podía ser la única, era la muerte. No era la primera vez que pensaba el suicidio como una opción, en el 2004 había sufrido una crisis similar y estuvo a punto de hacerlo, pero su fuerza de voluntad y el apoyo de sus amigos lo habían sacado adelante. Lamentablemente, ya no contaba con ninguna de las dos cosas.
Lentamente se paró y se dirigió a su habitación. Pensó en Cassie. Su corazón se le apretó fuertemente en su pecho pero era mejor para él, era mejor para ella. No podía seguir con alguien que lo rechazaba constantemente y ella no se merecía estar con un drogadicto. Nadie se lo merecía. Ahora el rencor se había transformado en angustia y culpa. Era increíble como podía cambiar de estados de ánimo tan rápidamente.
He escuchado que te sientes mal.
Bueno, yo puedo aminorar tu dolor,
ponerte en tus pies de nuevo.
Relájate, necesito algo de información primero.
Solo los hechos básicos.
¿Puedes mostrarme donde duele?
Río amargamente y trató de alejar esos pensamientos de su cabeza. Una ansiedad comenzó a crecer dentro de él, la misma ansiedad que crecía cando se sentía mal. Adrenalina, pero muy distinta a la de su sueño o la que había sentido con Cassie subió por su columna vertebral. Ese cosquilleo que sentía desde lo más profundo de su cabeza era inconfundible.
Necesitaba ese antídoto.
Abrió los cajones algo desesperado y encontró una bolsita que la había vendido Jesse, uno de sus proveedores, hacía exactamente una semana. Gerard le pidió cocaína pero él contestó que no tenía en esos momentos, así que le vendió este polvo, llamado 'Polvo de ángel'. Le dijo que era mucho mejor que la cocaína, ya que producía alucinaciones muy reales y un muy buen estado de ánimo.
Abrió la bolsita, que contenía la causa de todos sus males y la esparció por la mesada de su lavatorio. “Es bastante cantidad”, pensó, pero el cosquilleo en su columna vertebral no lo dejó considerarlo mucho. Corrió a su habitación y buscó un pedazo de cartón, volvió al baño y se paró al frente de ella.
Se sintió loco y enfermo. Otra vez el torrente de emociones que lo atacaba antes de drogarse lo poseyó como un demonio. Cassie, Lindsey, la soledad, sus problemas de adolescente, su baja autoestima se juntaron.
Ya nada importaba, y comenzó a amontonar ese polvo blanco en líneas.
Una línea.
Dos líneas.
Tres líneas.
“Quizás esto me mate.” Pensó para él mismo, pero jugó con fuego, y se quemó. Suspiró profundamente antes de agacharse y comenzar a aspirar.
Una línea.
Dos líneas.
Tres líneas.
La sensación de éxtasis cubrió su cuerpo, algo así como un orgasmo, pero sin haber tenido sexo. Otra vez ese sentimiento de omnipotencia, de supremacía. Cerró sus ojos mientras disfrutaba sentir su cabeza libre de pensamientos.
Ok, apenas un pequeño pinchazo.
Y no habrá más... ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
Pero puedes sentirte un poco enfermo.
¿Puedes pararte?
Creo que está funcionando. Bien.
Esto te mantendrá despierto durante el show.
Vamos, es hora de irse.
Los primeros segundos se sentían como si hubieras alcanzado el Nirvana. Confió en las palabras de Jesse y esperó ansiosamente las alucinaciones, sumado el echo de que se sentía extasiado por las drogas. Abrió los ojos y...
No vio… ¿nada? ¿No hay ni siquiera un misero teletubbie cantando esas canciones tontas? Se observó al espejo y no vio nada más que su reflejo. Maldito Jesse, seguro que le había vendido mercancía de segunda y no el “polvo de ángel”. Se apoyó con sus brazos en el lavatorio y levantó su cabeza. El cabello le caía un poco sobre sus ojos, y contrastaba con sus ojos verdes, y sus grandes ojeras de un color rojo bastante marcado, dándole un aspecto misterioso y atractivo.
No podía negarlo, físicamente hablando, poseía una belleza casi sobrenatural. “Ja, eso es lo que dicen” Sonrió amargamente, todas sus fans lo tomaban como el hombre perfecto. Alguien misterioso, maduro y serio, amante del arte, que amaba a la música por sobre todas las cosas, y con facciones de ángel. ¿Qué más podría pedir una adolescente de 15 años? Pero las apariencias engañan. Gerard no era ese hombre perfecto que todos creían. Detrás de esas facciones de ángel se encontraba un monstruo, listo para salir a flote.
Un monstruo que había sido creado por las drogas y la culpa incesante.
Estaba harto de depender de ellas para ser feliz. ¿Pero que podía hacer? Ya no había vuelta atrás. En estos momentos se sentía como el Dr. Jekyll, tratando de deshacerse y peleando en contra de Mr. Hyde.
Y todos sabemos como terminó esa historia.
La repulsión hacia su persona era inimaginable, repelía a toda persona que intentaba acercarsele, incluida Cassie. Aunque ella hubiera sido un tema aparte. Él había buscado refugio en su persona, pero ella sólo había rechazado cada acercamiento de él.
Una lágrima calló por su mejilla, pero la limpió rápidamente. Nadie debía verlo llorar, ni siquiera su propio reflejo. Con el tiempo aprendió que no debía llorar, porque los hombres no lloran, y las lágrimas significan debilidad.
Y Gerard no era débil.
- ¿A quién quieres engañar? Claro que lo eres. – Pronunció duramente su reflejo. – Si hubieras sido fuerte muchas cosas serían distintas. No habrías caído otra vez en las drogas.
- ¡Cállate! No eres nadie para decirme eso. – Gritó y su puño golpeó el espejo, quebrándolo en pequeñas piezas. La sangre comenzó a brotar de su puño, pero no le importó el dolor.
- ¿Nadie? Soy tú.
Sintió de nuevo esa repugnante voz a sus espaldas. Se vio a sí mismo, apoyado contra los azulejos de su baño. Era él mismo, de eso estaba seguro, pero tenía algo diferente, algo que no concordaba con la imagen que él estaba observando en el espejo. Tenía la apariencia de un adonis griego. Algo bello y perfecto, que sin dudas, el verdadero Gerard no era. Sus facciones eran más duras, y sus ojos eran rojos. Igual que el reflejo del arrollo. Igual que el hombre con el que había luchado en sus sueños.
- ¡No eres yo, mírame y mírate! - Dijo con dificultad, sentía como la lengua se le trababa.
El otro Gerard lo observó y se sintió pequeño. Su mirada lo atravesó como miles de balas infectadas con ácido. Se vio reflejado en esos fríos ojos rojos, y por sólo un segundo sintió la soledad, el dolor y desolación que sentía en ese preciso momento. Era él, pero… ¿porqué estaba lucía tan distinto, físicamente hablando?
- Yo soy tú, aunque te cueste aceptarlo. Esto es lo que aparentas ser todos lo días de tu vida. Esta máscara que ves aquí – Se señaló la cara, mientras iba levantando más la voz. - Esto que ves aquí, no es más que lo que está alejando a todas las personas que se preocupan por ti. Vas a terminar muriendo sólo, Gerard…. Si es que mueres.
Se dibujó una sonrisa demente en el rostro de su alter-ego y Gerard no aguantó más. Lo golpeó con tanta saña como le fue posible pero antes la figura se esfumó y su mano colisionó contra la pared dejando sangre en los azulejos blancos de su baño.
Tomó uno de los vidrios del espejo que había roto segundos antes. Terminaría con este sufrimiento, aunque le cueste la vida. Estaba enfermo. Si morir era la única salida, moriría. No quería seguir viviendo así.
El vidrio rozó lentamente su muñeca y un hilo de sangre brotó de la pequeña herida. Sonrió, y lo volvió a hacer una vez, otra vez, y otra vez más. Una sensación de éxtasis lo cubrió cuando calló al suelo, demasiado débil como para mantenerse de pie.
¿Era así como iba a terminar su vida? ¿En el baño de su habitación mientras su otro yo lo observaba con una sonrisa burlona en sus labios?
Pensó en Cassie, en estos momentos lo único que quería hacer abrazarla. Quiso que ella volviera y le dijera que no importaba lo que había sucedido. Quería sentirse amado, aunque su amor por Cassie fuera algo enfermizo e inmaduro. No encontaba otro adjetivo para ello.
Sus ojos comenzaron a cerrarse y sintió una presión en el pecho. Su momento ya había llegado. Su último pensamiento fue Lindsey. ¿Se reencontrarían? ¿Podría volverla a ver? Oh dios, si muerto podía estar con ella, ansiaba con todas sus fuerzas morir. No podía esperar para llegar al otro lado, y verla, sentirla y besarla con todas sus fuerzas. La extrañaba demasiado, aunque su corazón también ame a Cassie.
El niño creció, el sueño se esfumó.
Y estoy cómodamente insensible.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios, y abrió los ojos por última vez. Una sombra lo observaba desde el marco de la puerta. ¿Quién era? ¿La muerte? ¿Dios? Lo más probable es que fuera la muerte. La sombra lentamente se fue acercando a su cuerpo y se sorprendió cuando vio el rostro sereno de esa presencia. “¿Frank?” quiso preguntar en voz alta, pero ya no tenía fuerzas, apenas podía mantener los ojos abiertos.
Su amigo lo observaba sereno, con una mirada tranquilizadora mientras acariciaba su cabello. Sus ojos se cerraron.
- No puedo creerlo. - Fue lo único que escuchó de la boca de su amigo. - Mira tus ojos, ¡están rojos! - Su voz tenía un tinte alarmado y sorprendido
Una explosión de calor se expandió por todo su pecho, indicando que su corazón se detenía. “Frank, sálvame” fue su último pensamiento, antes de perder la conciencia. La locura lo había llevado a tomar esa decisión, y era muy tarde como para arrepentirse. Ya nadie lo podía salvar… ¿o sí?
Su boca se humedecía con un líquido metálico y espeso haciendo arder su garganta. De repente, sintió un nuevo dolor que se esparcía por todo su cuerpo y vio todo rojo.
Aclaración: el intento de suicidio de Gerard no es una exageración mía. El 'polvo de ángel' cuyo nombre farmacéutico es fenciclidina es una droga que produce alucinaciones parecidas a las que sufren los esquizofrénicos e ira irracional y acciones violentas (suicidio, mutilación, agresión, u homicidio). En resumen: la actitud de Gerard no fue una decisión planeada sino fue debido al estado depresivo en el que se encontraba por el efecto de la Fenciclidina. Si quieren leer más hagan click aquí.

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