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Capítulo VI.

Samantha Waldorf miércoles, 23 de noviembre de 2011
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VI



17 de Mayo del 2008. 20:46 hs. Afueras de New York. 


Max aterrizó en New York luego de varias horas de vuelo. El día anterior recibió la llamaba de Caleb, que en estos momentos se encontraba en la ciudad americana, sobre un “trabajo especial”

Los últimos meses había estado en Alemania, completando su duro entrenamiento. Ya era un vampiro, y su transición había terminado la noche que asesinaron a la princesa Lindsey. Para terminarla, debía alimentarse de la sangre de un ser vivo, sea quien sea. ¿Y qué mejor manera de provocar a la realeza licántropa que asesinando a su única heredera? Había sido el plan perfecto. 

Caleb lo encontró unos días antes del sacrificio, moribundo, en un callejón luego de haberse dado una paliza con un grupo de narcotraficantes. Se acercó a él, listo para tomar de su sangre, pero sus ojos rojos lo detuvieron. Según las antiguas escrituras, un dvoryanstvo para ser convertido, debe tener sus signos vitales bajos y estar a un paso de la muerte, de otra manera, no podría convertirse. Caleb no lo dudó más y lo mordió allí mismo, entre bolsas de residuos y ratas callejeras. Él era justo quien estaba buscando, la única posibilidad de encontrar a el solnechnyĭ svet

Caleb decidió por él, pero a Max no le molestó para nada su decisión. Lo que más había ansiado durante toda su vida era ser alguien poderoso y digno de temer, algo que se estaba cumpliendo con su nuevo alter ego. No era más Max, el chico que había luchado durante toda su vida por ser amado. El amor había abandonado su corazón de a poco, hasta no quedar nada más allí. Si los Blut Mitternatch estaban decididos a terminar con toda la vida humana, él estaría dispuesto a todo para que eso se cumpla. 

La noche caía sobre la ciudad, y un viento helado fuera de época se coló por cada poro de su cuerpo. Aparcó al frente de un edificio algo viejo, a las afueras de la ciudad, una de las sedes de los Blut Mitternatch. Por fuera era un viejo edificio de dos plantas, con toda su pintura desgastada. Pero debajo de donde él estaba no se encontraban alcantarillas llenas de materia fecal y ratas, sino un amplio centro de operaciones de dimensiones parecidas al pentágono.

Las historias folclóricas presentaban a los vampiros como bestias, muertas-vivas que se alimentaban de sangre y cuya inteligencia era inferior a la de los humanos. 

Aquello no era cierto, su inteligencia sobrepasaba límites impensados. Sus avances tecnológicos en materia de armas y defensas contra hombres lobos eran impresionantes. Balas de plata que al ser disparadas y colisionar con el cuerpo de un licántropo explotaban liberando plata fundida provocando la muerte de este y un antídoto contra la mordedura de hombres lobos eran unas de sus mayores invenciones, entre otras. Pero uno de los mayores desafíos de sus científicos era el de encontrar un arma potente en contra de los de su misma especie, algo en lo que los Voiny sveta eran especialistas.

Descendió de su BMW negro y se acercó hacia el pórtico, donde golpeó la puerta dos veces. Una cámara escondida monitoreaba su rostro hasta dar con su identidad: Max Wellinger. Se escuchó un clic dentro del lugar y luego la puerta se abrió automáticamente. Dentro, una sala de estar digna de ser un escenario de una película de terror: decoración estilo victoriano, telas de araña y polvo por doquier y altos muebles de caoba tapados por sábanas blancas. 

Siguió su camino hasta una biblioteca que quedaba en el ala derecha del edificio. Sus ojos azules analizaron con detalle cada estante de la biblioteca hasta que lo encontró. “Jane Eyre” de Charlotte Brontë, se leía en el lomo de un libro de color azul. Se inclinó para tomarlo y apenas se movió de su lugar, sin embargo, la estantería comenzó a moverse a la derecha, dejando detrás de ella un túnel con una escalera que descendía hacia un piso subterráneo. Colocó el libro otra vez en su lugar y se adentró en el túnel antes de que la biblioteca volviera a moverse. 

Cuando se encontró al final de la escalera comenzó a recorrer un pasillo sólo iluminado por antorchas de fuego, que llegaban al final donde se encontraba un ascensor. Descendió por él unos minutos hasta que llegó finalmente a una sala de estar, amueblada con la misma decoración de la planta principal. En la pared izquierda se divisaba el fresco de “Lilit” de John Collier*, pero en la derecha, el símbolo tan característico de los Blut Mitternatch, el mismo que aparecía en el dorso de la fotografía enviada a Gerard.

Cruzó varios pasillos hasta finalmente llegar al despacho principal, propiedad de Caleb. El anciano se encontraba sentado en una silla estilo presidencial con bordes dorado.

- Un gusto volverte a ver Max, lamento que sea en estas circunstancias. - Lo saludó cordialmente. Max asintió y se sentó en un sillón frente a él.
- Estoy a su disposición señor. Dígame que sucede. 
- Es un asunto con los Voiny sveta. Han llegado rumores de que pueden encontrar al solnechnyĭ svet de otra forma, pero no nos han podido decir el cómo. 
- Eso es imposible. - Replicó Max confundido. – Según Las Antiguas Escrituras sólo un dvoryanstvo podrá reconocer a solnechnyĭ svet, y yo soy el único, además de Anastasia. 
- Están investigando una nueva forma, y estoy bastante seguro que será mediante una herramienta, porque recuerda que ellos están muy avanzados en cuanto a material vampírico. -
- Lo sé. – Murmuró Max mordiéndose los labios, un gesto que tenía desde pequeño cada vez que se ponía nervioso. - ¿Qué necesita que haga? 
- Necesito que saques información… - Una sonrisa macabra se esparció por los labios de su jefe. – de uno de los Caballeros. 
- ¿Cómo? – Preguntó Max. Esta era su primera misión, y no debía negar que estaba preocupado. Los Caballeros, una vez que entran pasan por un rito en el cual, tienen que jurar de que cualquier cosa que se hable allí nunca iba a ser contada. “Palabra de silencio”.
- Confío en tu astucia para resolver eso Max, así que… no me defraudes.

Dicho esto Caleb se retiró de la habitación dejando a un Max pensativo. 


***


John Williams, era representante de los Voiny sveta en el Reino Unido, y también uno de los Caballeros. Esa mañana, había llegado casi al amanecer a su casa. Los rastreos que se llevaban a cabo en Inglaterra para encontrar al descendiente Romanov lo dejaban exhausto. Lo único que lo reconfortaba era la paz que sentía cuando llegaba a su casa, una elegante posada en uno de los barrios más refinados de Londres. 

Esa noche fue la excepción. 

Cruzó el umbral de su puerta y le extrañó el silencio que reinaba en su casa. Generalmente Judith estaba cantando, o escuchando Beethoven. Un olor de un vampiro desconocido inundó sus fosas nasales y temió lo peor. Escondió debajo de las escaleras una maleta con los últimos informes que le habían enviado la asistente de Anastasia que contenía todo las pistas y cosas que sabían de dvoryanstvo y solnechnyĭ svet hasta el momento. Un documento muy importante, y que iría a parar a su caja fuerte luego de que acabara con el vampiro intruso. Si esos documentos llegaban a caer en manos equivocadas sería algo terrible. 

Cautelosamente subió las escaleras, guiándose por el olor que provenía de su habitación. Lentamente abrió la puerta de su habitación y la imagen que encontró lo dejó pasmado. Judith estaba atada a una silla con cadenas, de pies y manos, también amordazada. Se acercó rápidamente pero una voz habló a sus espaldas.

- Cuidado con lo que haces anciano. - Max estaba apoyado contra una pared, totalmente vestido de negro. 
- Debía imaginarlo, un Blut Mitternatch. – Dijo John, se agazapó, listo para atacar si él se lo proponía. – No debes subestimarme jovencito, un simple vampiro recién convertido no podrá con un vampiro de 450 años. – Max largó una carcajada tétrica y sus ojos se convirtieron en dos orbes de color rojo, ansiosas de sangre. 
- ¿Simple vampiro recién convertido? Viejo, no soy un ukushennyĭ, ni un híbrido. ¡Tadá! Soy un Dvoryanstvo y estoy dispuesto a matarte a ti y a ella si no colaboran. 

Max rápidamente lo tomó del cuello acorralándolo contra una pared e incrustó sus dedos en su pecho, haciendo que John gritara del dolor. 

- Ahora bien, dime. ¿Cómo piensan encontrar a solnechnyĭ svet? Sé que tienen un Az bajo la manga. 
- Nunca lo sabrán. – Susurró John con el poco aire que entraba en sus pulmones. 
- Respuesta equivocada. – Respondió Max quien hundió un poco más sus dedos en la piel del anciano. - ¿Sabes? No me costaría mucho quitarte el corazón, así que, viendo que a ti no te importaría morir… vamos por tu punto débil. 

Soltó a John dejándolo caer al piso, con sus heridas sangrando. Al ser tan viejo, su poder de cicatrización era menor. Max se dirigió rápidamente a Judit, y la tomó del cuello. 

- Así que bien, confiesa o tu esposa muere viejo. 

John seguía respirando agitadamente. Recordó un pacto, que había echo en sus años de juventud con ella. Ambos conocían los riesgos que significaba ser uno de los Caballeros, y que… si lo amenazaban con su muerte, ambos morirían antes de tener que confesarle al enemigo lo que sabían. Morirían, sabiendo que no traicionaron ni a su logia ni a El Creador, y que más allá, les esperaría algo mejor. Observó a Judith, quien lucía un semblante calmado. Ella asintió, como adivinando lo que su esposo estaba pensando. 

- No lo haré. – Repitió John. 

Max tembló de furia e incrustó su mano en el pecho de Judith, arrancando su corazón. John tembló al ver esa imagen y trató de borrar sus últimos recuerdos de su mente, sabiendo las consecuencias que traería si no lo hacía. 

- Tú lo quisiste así. – Rió Max con una risa demente acercándose a John.

Lo tomó del cuello y comenzó a beber de su sangre, haciendo que mediante ello los últimos recuerdos del John inundaran su mente. Sabía que si no quería colaborar, debía hacerlo por la fuerza. “El viejo intentó borrar sus recuerdos” protestó en su mente. Lo único que veía eran cosas poco importantes, pero algo le llamó la atención. Vio un maletín siendo escondido debajo de las escaleras. 

Se limpió la boca con la manga de su chaqueta, y tomó el corazón de John para separarlo de su cuerpo. Esa era la única manera de matar a un vampiro.

Bajó rápidamente las escaleras, luego se encargaría de incinerar los cadáveres. Buscó el maletín y comenzó a rebuscar entre los papeles. La mayoría de las cosas que se encontraban allí ya las sabía, pero hubo una carpeta en particular que le llamó la atención. Eran algunos escritos en los que contaba como uno de los Caballeros había tomado contacto con El Creador. Tres sucesos, de los primeros dos ya había escuchado hablar. El último había sucedido había algunos meses. La carpeta casi se le cayó de las manos cuando leyó lo que decía en el tercero. 

- Hay otro dvoryanstvo. – Murmuró sorprendido. 



Aclaraciones:

- Lilit de John Collier: Cuadro en la que se veía a la divinidad Lilith. 
Click para ver el cuadro. 

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