IV
En mi vida había sentido tanta vergüenza. No me importaba pasar vergüenza frente un par de viejos estirados, eso era ya moneda corriente para mí. Pero frente a un tipo que no conocía - y que cabe acotar, era bastante guapo -, no me lo perdonaría jamás. Él estaba mirando sus botas con una disimulada mueca de asco, después de todo era un caballero. Luego sus ojos me observaron a mí. Fueron microsegundos, pero lo suficiente para darme cuenta que me observaba con preocupación y con ¿lástima? Fruncí el ceño y lo miré, antes de que mi padre me tome por el brazo.
- ¿Qué mierda estás haciendo Samantha?
- ¡Suéltame! Me estás lastimando.
Samantha se removía del fuerte agarre de su padre. Aún tenía la boca llena de sabor a vómito y los ojos llorosos. Su estado no la ayudaba en mucho, sumada a la ira de que su plan no había ido como ella esperaba. Los ojos de su padre estaban llenos de rabia y enojo. No le sorprendería de que la golpeara allí mismo, como lo hacía cuando era una niña.
- John, déjala. Yo me encargo de ella.
El joven al que había vomitado habló con una voz serena, pero al parecer había adivinado las intenciones de su padre. Samantha le agradeció con la mirada, pero todo agradecimiento se disolvió cuando notó que la observaba de la misma manera que antes. Llenos de lástima.
- ¿Qué mierda estás haciendo Samantha?
- ¡Suéltame! Me estás lastimando.
Samantha se removía del fuerte agarre de su padre. Aún tenía la boca llena de sabor a vómito y los ojos llorosos. Su estado no la ayudaba en mucho, sumada a la ira de que su plan no había ido como ella esperaba. Los ojos de su padre estaban llenos de rabia y enojo. No le sorprendería de que la golpeara allí mismo, como lo hacía cuando era una niña.
- John, déjala. Yo me encargo de ella.
El joven al que había vomitado habló con una voz serena, pero al parecer había adivinado las intenciones de su padre. Samantha le agradeció con la mirada, pero todo agradecimiento se disolvió cuando notó que la observaba de la misma manera que antes. Llenos de lástima.
***
- ¿Estás bien?
Sam salió de uno de los baños del Country Club. Se las había arreglado para lavarse los dientes y maquillarse un poco. Estaba espléndida, como siempre, pero por dentro estaba echa un desastre. La sobriedad había vuelto a su cuerpo, renovando la cordura que había sido dejada atrás por el alcohol. Sólo ahora se daba cuenta de lo mucho que se había hundido. El guapo al que había vomitado – y cuyo nombre aún no sabía – la había acompañado hasta el baño, le había llevado un cepillo de dientes y un poco de crema dental. Sintió culpa, además de vomitarlo, él actuaba como si fuera su niñera.
- Si, estoy bien. Gracias... - hizo un ademán con la mano, y esperó que él le dijera su nombre.
- Oh, lo siento, no me presenté. Soy Gerard. - Él le tendió la mano y ella dudó en tomarla, pero la aceptó vacilantemente.
- Oh, lo siento, no me presenté. Soy Gerard. - Él le tendió la mano y ella dudó en tomarla, pero la aceptó vacilantemente.
Ahora se sentía tan indefensa, su estado natural. Bajó su mirada al suelo y notó que Gerard se había cambiado las botas llenas de vómito. Un sonrojo le cubrió la cara.
- Gerard, siento mucho lo de... eh... tu sabes.
- No te preocupes. Suele pasar.
Sam lo miró y él tenía una sonrisa tranquilizadora en el rostro, como indicándole que todo estaba bien.
No, no estaba todo bien; pero no sentía ganas de pelear, menos cuando Gerard se había portado tan cortés y caballeroso. Si ella hubiera estado en su lugar, hubiera matado al que la vomitara.
A medida que iban avanzando por el salón, la gente se abría a su paso como si portaran una especie de peste. Las miradas la traspasaban como si fueran dagas venenosas que la acusaban de ser un error de dios, una malformación humana. Mantuvo una mirada egocéntrica, ese tipo de persona no debía verla débil; si la veían realmente como se sentía en su interior, la podrían destruir. Gerard la tomó del brazo y gentilmente le preguntó si quería salir afuera a tomar aire. Ella sólo asintió y miró mal a unas niñas de su edad que estaban a su alrededor murmurando.
Se sentaron en los columpios donde Mikey y ella habían estado hacía unos minutos. Ninguno de los dos dijo una palabra. Sam supuso que Gerard no le quería hablar por miedo a que aún estuviera ebria. Le había dado una mala primera impresión, y por mucho que le molestara, se preocupó por eso. ¿Qué pensaría ahora él de ella? Por primera vez, las impresiones que dejaba en la gente le comenzaron a importar.
- Gracias por salvarme de mi padre. - Dijo ella luego de unos minutos. Gerard no la miró, siguió observando hacia adelante perdido en sus pensamientos.
- No te preocupes, pensé que a tu padre le iba a dar un ataque allí mismo.
- ¿De donde lo conoces? - Preguntó Sam, ahora con toda su atención volcada hacia ese hermoso hombre que estaba sentado a su lado.
- Mi padre y John eran amigos. Luego de que mi padre murió hace unos años, me hice cargo de la empresa y tu padre me aconsejó y enseñó todo lo que sé ahora. - Sam pronunció un sólo 'ah' y Gerard prendió un cigarrillo.
- ¿Cómo es tu apellido Gerard? - Preguntó Sam con curiosidad. Si su padre tuvo amigos cercanos, ella ignoraba eso.
- Way. - ¿Way? ¿Cómo Mikey?
- ¿Eres algo de Mikey? - Gerard se sorprendió – o tal vez se asustó de que alguien como Sam lo conociera, no pudo descifrar su expresión.
- Si, es mi hermano menor. ¿Lo conoces?
¿Cómo es posible que alguien como Mikey, tan nerd y anti-elitista, sea hermano de Gerard, un hombre serio y responsable? Son esos misterios de la vida que uno nunca podrá resolver.
- Algo así, lo conocí hace unas horas. Es un buen chico, bastante simpático. - Gerard sonrió, dando una última calada a su cigarrillo.
- ¿Hace unas horas? ¿Cómo se conocieron? - Sino fuera porque Gerard era todo un caballero, Sam podría haber pensado que su pregunta iba con doble intención, dada su reputación.
- Estaba sentada en este mismo columpio y Mikey se acercó. Estaba escondiéndose de tu madre, creo.
- Cuándo éramos niños este era nuestro lugar favorito del Country Club para escondernos. No nos gustaban las fiestas o eventos, así que veníamos aquí para jugar. Al parecer Mikey siguió con la costumbre familiar.
- Lo dices como si hiciera mucho de eso. ¿Cuántos años tienes Gerard?
- Veintidós. - Sam no pudo esconder su asombro.
- ¿Veintidós y ya manejas una empresa entera?
- Si. Me tuve que hacer cargo por la muerte de mi padre. Tuve que madurar mucho, ¿sabes? Ya no pude seguir saliendo de fiesta todos los días como lo hacía antes, y tuve que comenzar a tomarme las cosas más en serio.
Gerard y Sam compartieron una mirada silenciosa. Él, como hombre que era, no pudo ignorar la hermosura resaltante de la joven. Pero mucho menos pudo ignorar que su comportamiento rebelde le hacía recordar mucho la forma en que él se comportaba años atrás. Sabía que Sam estaba muy herida dentro de esa fachada que colocaba, y sabía que iba a ser difícil que le dejara ver en su interior. Podía ver la tristeza y la soledad que desbordaba por los ojos marrones de la niña. Notó que ella se removía algo incómodo debajo de su mirada y sonrió para sí. ¿Quién pensaría que Sam Waldorf sería intimidada por alguien? Ese pequeño accidente de minutos antes fue una grieta que dejó ver al interior del muro que cuidadosamente había sido construido por ella.
Mikey interrumpió el incómodo momento y Sam agradeció al cielo y a todos los santos porque su amigo de gafas haya aparecido.
- Supuse que la traerías aquí. - Sonrió Mikey a su hermano y luego dirigió su mirada a Sam. - ¿Te encuentras bien Sam?
- Estoy bien Mikey, gracias. - Ella le sonrió tímidamente.
- Tu padre me dijo que viniera a buscarte, que ya se tienen que ir.
Minutos antes parecía ser capaz de enfrentarse a su padre, pero ahora le temía. Si tuvo las agallas para destruir su apellido, lo tendría para afrontar las consecuencias, ¿no? Pero ella era una gallina y la verdad no quería escuchar todos los sermones y gritos que se avecinaban. Suspiró y una mano tomó la suya. Observó a Gerard sonreírle tranquilizadoramente.
- Todo va a estar bien, tranquila. - Murmuró y Sam le sonrió.
Sam sabía que Gerard pudo ver el miedo que había tras sus ojos, pero se sintió bien que por fin alguien se preocupara sinceramente por ella. Se despidió con un débil adiós y siguió a Mikey por el sendero rodeado de árboles que llevaba al edificio del Country Club.
Gerard encendió otro cigarrillo. Esa niña lo había intrigado, mucho más la tristeza que podía ver en sus ojos. Vio su silueta desparecer junto con la de su hermano. Lo que no sabía es que iba a vivir un amor prohibido, en la que la muerte lo recibiría con anhelo.
- Gerard, siento mucho lo de... eh... tu sabes.
- No te preocupes. Suele pasar.
Sam lo miró y él tenía una sonrisa tranquilizadora en el rostro, como indicándole que todo estaba bien.
No, no estaba todo bien; pero no sentía ganas de pelear, menos cuando Gerard se había portado tan cortés y caballeroso. Si ella hubiera estado en su lugar, hubiera matado al que la vomitara.
A medida que iban avanzando por el salón, la gente se abría a su paso como si portaran una especie de peste. Las miradas la traspasaban como si fueran dagas venenosas que la acusaban de ser un error de dios, una malformación humana. Mantuvo una mirada egocéntrica, ese tipo de persona no debía verla débil; si la veían realmente como se sentía en su interior, la podrían destruir. Gerard la tomó del brazo y gentilmente le preguntó si quería salir afuera a tomar aire. Ella sólo asintió y miró mal a unas niñas de su edad que estaban a su alrededor murmurando.
Se sentaron en los columpios donde Mikey y ella habían estado hacía unos minutos. Ninguno de los dos dijo una palabra. Sam supuso que Gerard no le quería hablar por miedo a que aún estuviera ebria. Le había dado una mala primera impresión, y por mucho que le molestara, se preocupó por eso. ¿Qué pensaría ahora él de ella? Por primera vez, las impresiones que dejaba en la gente le comenzaron a importar.
- Gracias por salvarme de mi padre. - Dijo ella luego de unos minutos. Gerard no la miró, siguió observando hacia adelante perdido en sus pensamientos.
- No te preocupes, pensé que a tu padre le iba a dar un ataque allí mismo.
- ¿De donde lo conoces? - Preguntó Sam, ahora con toda su atención volcada hacia ese hermoso hombre que estaba sentado a su lado.
- Mi padre y John eran amigos. Luego de que mi padre murió hace unos años, me hice cargo de la empresa y tu padre me aconsejó y enseñó todo lo que sé ahora. - Sam pronunció un sólo 'ah' y Gerard prendió un cigarrillo.
- ¿Cómo es tu apellido Gerard? - Preguntó Sam con curiosidad. Si su padre tuvo amigos cercanos, ella ignoraba eso.
- Way. - ¿Way? ¿Cómo Mikey?
- ¿Eres algo de Mikey? - Gerard se sorprendió – o tal vez se asustó de que alguien como Sam lo conociera, no pudo descifrar su expresión.
- Si, es mi hermano menor. ¿Lo conoces?
¿Cómo es posible que alguien como Mikey, tan nerd y anti-elitista, sea hermano de Gerard, un hombre serio y responsable? Son esos misterios de la vida que uno nunca podrá resolver.
- Algo así, lo conocí hace unas horas. Es un buen chico, bastante simpático. - Gerard sonrió, dando una última calada a su cigarrillo.
- ¿Hace unas horas? ¿Cómo se conocieron? - Sino fuera porque Gerard era todo un caballero, Sam podría haber pensado que su pregunta iba con doble intención, dada su reputación.
- Estaba sentada en este mismo columpio y Mikey se acercó. Estaba escondiéndose de tu madre, creo.
- Cuándo éramos niños este era nuestro lugar favorito del Country Club para escondernos. No nos gustaban las fiestas o eventos, así que veníamos aquí para jugar. Al parecer Mikey siguió con la costumbre familiar.
- Lo dices como si hiciera mucho de eso. ¿Cuántos años tienes Gerard?
- Veintidós. - Sam no pudo esconder su asombro.
- ¿Veintidós y ya manejas una empresa entera?
- Si. Me tuve que hacer cargo por la muerte de mi padre. Tuve que madurar mucho, ¿sabes? Ya no pude seguir saliendo de fiesta todos los días como lo hacía antes, y tuve que comenzar a tomarme las cosas más en serio.
Gerard y Sam compartieron una mirada silenciosa. Él, como hombre que era, no pudo ignorar la hermosura resaltante de la joven. Pero mucho menos pudo ignorar que su comportamiento rebelde le hacía recordar mucho la forma en que él se comportaba años atrás. Sabía que Sam estaba muy herida dentro de esa fachada que colocaba, y sabía que iba a ser difícil que le dejara ver en su interior. Podía ver la tristeza y la soledad que desbordaba por los ojos marrones de la niña. Notó que ella se removía algo incómodo debajo de su mirada y sonrió para sí. ¿Quién pensaría que Sam Waldorf sería intimidada por alguien? Ese pequeño accidente de minutos antes fue una grieta que dejó ver al interior del muro que cuidadosamente había sido construido por ella.
Mikey interrumpió el incómodo momento y Sam agradeció al cielo y a todos los santos porque su amigo de gafas haya aparecido.
- Supuse que la traerías aquí. - Sonrió Mikey a su hermano y luego dirigió su mirada a Sam. - ¿Te encuentras bien Sam?
- Estoy bien Mikey, gracias. - Ella le sonrió tímidamente.
- Tu padre me dijo que viniera a buscarte, que ya se tienen que ir.
Minutos antes parecía ser capaz de enfrentarse a su padre, pero ahora le temía. Si tuvo las agallas para destruir su apellido, lo tendría para afrontar las consecuencias, ¿no? Pero ella era una gallina y la verdad no quería escuchar todos los sermones y gritos que se avecinaban. Suspiró y una mano tomó la suya. Observó a Gerard sonreírle tranquilizadoramente.
- Todo va a estar bien, tranquila. - Murmuró y Sam le sonrió.
Sam sabía que Gerard pudo ver el miedo que había tras sus ojos, pero se sintió bien que por fin alguien se preocupara sinceramente por ella. Se despidió con un débil adiós y siguió a Mikey por el sendero rodeado de árboles que llevaba al edificio del Country Club.
Gerard encendió otro cigarrillo. Esa niña lo había intrigado, mucho más la tristeza que podía ver en sus ojos. Vio su silueta desparecer junto con la de su hermano. Lo que no sabía es que iba a vivir un amor prohibido, en la que la muerte lo recibiría con anhelo.
***
Mikey y Sam compartieron el camino de regreso en silencio. Ninguno dijo una palabra, aunque a Sam le causaba mucha curiosidad lo que Mikey estaba pensando. Iba murmurado cosas inteligibles y mirando al suelo.
- ¿Qué piensas? - Le preguntó ella observando a su nuevo amigo. Mikey rió cómplicemente.
- ¿Segura que quieres escucharlo? - Dudó. Sam seguro le patearía el trasero si le decía lo que estaba pensando.
- No sé que podría ser tan malo. - Dijo ella, asumiendo que le diría que pensaba que ella era una zorra alcohólica o algo por el estilo.
- Creo que harías linda pareja con Gerard.
Sam estuvo a punto de discutir algo pero cerró la boca sorprendida. ¿Qué ella y Gerard qué? Una cosa que había aprendido del poco tiempo que conocía a Mikey, era que nunca sabes que podría salir de su cabeza. Estuvo a punto de contestarle pero su padre le gritó que ya se iban y que subiera al auto. Sam no lo quería enfadar más, así que mientras se alejaba le gritó a Mikey:
- ¡No olvidaré esta conversación Michael Way!
- ¡Sé que no lo harás Samantha Waldorf! - Gritó Mikey de la misma manera con una sonrisa. Había reaccionado de la forma que él esperaba que lo hiciera, pudo ver una sonrisa tímida que se extendía en la cara de su amiga cuando se dio vuelta.
***
El camino a casa fue silencioso e incómodo, como cada vez que compartía un lugar pequeño con su padre. Por el rabillo del ojo pudo ver que a su padre le salía humo por los oídos – literalmente -. Tragó saliva y dirigió nuevamente su vista hacia la ventana, sólo deseaba que esos quince minutos de camino terminaran rápido; tal vez podría escaparse rápidamente a su habitación.
Quiso desterrar esos pensamientos de su cabeza, y pensó en Mikey y Gerard. Esos dos hermanos tan diferentes e iguales a la vez. Podía notar similitudes mínimas como su nariz, el color de sus ojos y algunos gestos. Esas dos personas le habían logrado sacar una sonrisa. Y no sé imaginó lo importante que iban a ser ambos en su vida, aunque cumpliendo papeles totalmente diferentes.
La limusina se detuvo y aspiró un poco de aire, antes de mirar disimuladamente a su padre. John tenía una mirada inescrutable y sin dirigirle la mirada a su hija, se bajó del auto. Sam siguió sus pasos de cerca, en estos momentos se arrepentía de todo lo que había hecho. A veces, sólo le gustaría ser un poco menos impulsiva y más calculadora.
- Estás castigada. – Dijo John apenas cerró la puerta, con voz firme. – No saldrás de esta casa a menos que sea conmigo o con los guardaespaldas. La casa tendrá vigilancia constantemente durante las 24 hs, así que no intentes escapar.
Su padre se dio media vuelta y sin decirle otra palabra, la dejó en medio del hall totalmente confundida, enojada y otra vez…
Ignorada.

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