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III
Primera Parte14 de Septiembre del 2007. New York. 23.16 hs.
- Te dije que no tomaras Gerard. No dejaré que conduzcas en ese estado.
Lindsey observaba con enojo a Gerard. Este apenas podía caminar sin tambalearse y su aliento olía a una mezcla de Cabernet Sauvignon de primera calidad y tabaco.
- No seas exagerada mi amor. Estoy perfecto. He salido victorioso de peores borracheras.
- Pero no estás en condiciones de viajar a New Jersey. Son tres horas de viaje en las cuales voy a estar con la lasagna que comí esta noche atragantada en la traquea.
- ¿Es eso físicamente posible? - Preguntó Gerard ahogando una risita.
- No lo sé, y no quiero saberlo tampoco. Por favor, déjame conducir a mi.
- Lindsey, estoy sobrio. No es la primera vez que recorro la carretera de Belleville a New York. No debes preocuparte tanto. ¿Ok? Es nuestro aniversario muñeca.
Sus ojos verdes la miraban suplicante. Okay, aceptaba que solía ser extremadamente exagerada y preocupona, pero sus padres la criaron de esa manera.
Lindsey Ann Ballato, oriunda de Escocia, había vivido toda su vida como una auténtica princesa, sobreprotegida por sus padres pero decidió mudarse a USA para intentar empezar una nueva vida y escapar de su destino. Se dedicó a una de sus pasiones, el bajo. Pero los miles de kilómetros que separaban la ciudad con Escocia no le harían olvidar lo que era, ni cambiaría su condición.
Era la princesa de los licantrópos y en su cumpleaños número dieciocho sufriría su primera transformación.
Odiaba ser lo que era, pero no podía cambiarlo. Trató de combatirlo cuando cumplió su mayoría de edad, escapándose de su casa pero su sangre fue mucho más fuerte y la transición llegó mucho más rápido de lo que ella esperaba.
No pudo escapar de su destino.
Por eso, en las noches de luna llena se encargaba de alimentarse de la sangre de algún inocente que caminaba por los desiertos bosques en las afueras de New York. No soportaba no controlar lo suficiente su instinto animal, pero agradecía internamente que sólo fuera, obligatoriamente, una noche cada veintiocho días, aunque también se podía convertir cada vez que ella lo requería.
- Está bien. Tú ganas.- Se rindió Lindsey. - Pero te voy a estar observando todo el camino. Si veo que tus ojos se cierran yo conduciré y no quiero ningún reproche de tu parte. ¿Me escuchaste?
- Si señora. - Contestó él, imitando un saludo militar antes de subir al automóvil. Era imposible no amarlo, sus ocurrencias siempre la hacían reir.
El vehículo ya se encontraba en carretera y las luces de la ciudad se iban apagando a medida que ellos se alejaban de la gran manzana.
- ¿Porqué tu madre quiere que vayamos a esta hora a New Jersey? - Preguntó Lindsey luego de unos minutos de silencio.
- No se sentía bien. - Contestó Gerard con algo de cansancio. - Tuvo unos picos de tensión, pero llamé a papá para que la acompañe hasta que lleguemos.
- Oh, está bien...
- Lo siento cariño. Sé que esta no es la mejor manera para festejar nuestro aniversario, pero no es algo que pueda controlar. Tenía todo listo, una habitación en el Waldorf Astoria y... - Replicó él ofuscado.
- Gerard, está bien. No te hagas problema.
- Pero no es la manera que me hubiera gustado que pasáramos nuestro aniversario. Hace dos años que estamos saliendo, ¿puedes creer eso? Y me hubiera gustado retribuírte todos los momentos que pasamos juntos de otra forma...
Todo fue cuestión de segundos, aunque ella lo vió en cámara lenta.
Un hombre vestido de negro en medio de la carretera.
El ruido de las llantas al rozar fuerte contra el asfalto.
Un vehículo que giraba en el aire y terminaba dado vuelta.
Unos pies que se acercaban al auto.
Y luego todo negro.
***
- ¿Caleb? La tengo. ¿Qué hago con el acompañante? - Un hombre de unos treinta años hablaba por su teléfono celular. - Oh, necesito alimentarme y aquí se ha derramado mucha sangre, no sé si podré aguantar. Está bien, tus deseos son órdenes. Voy para allá.
El hombre tomó a Lindsey que yacía en el auto inconciente entre sus brazos y se dirigió a unos metros, donde estaba estacionado un lujoso BMW descapotable. El olor a sangre que desprendía de sus heridas le resultaba insoportable, no porque estaba hambriento, sino porque la sangre de los licantrópos era desagradable a su olfato. En cambio, la sangre de su acompañante que aún seguía entre la chatarra de su auto destruído olía extremadamente deliciosa.
- Tendría que haber aprovechado la sangre de tu pobre noviecito, pero hubiéramos llegado tarde, ¿verdad hermosa? - sonrió maliciosamente mientras que con la mano derecha acarciaba el rostro de Lindsey
Retomaron el camino hacia New York. En su vil mente trazó un plan sádico pero era necesario. La guerra había comenzado y quería que sus enemigos se enteraran discretamente quienes habían dado el primer paso. Malditos, son las consecuencias de aliarse con los licantrópos. Tomó su celular y marcó el 911. Carraspeó para hacer su voz algo ahogada y esperó que el teléfono dejara de llamar.
- Hola, ¿Con el servicio de emergencias? Por favor, hubo un choque en la Interestatal 80, camino a New Jersey. Vi un hombre adentro del automóvil, por favor lleguen rápido. - Pidió desesperado y una sonrisa maquiavélica se apoderó de sus labios. - Fase uno: Completada. Me aseguraré de que ese bastardito sobreviva para darle una sorpresita a su amigo.
Ok, estaba desquiciado pero era lo que Caleb quería. Todo iba a ser muy discreto, y bueno, si su noviecito no sobrevivía ya buscaría la forma de hacerles llegar un pequeño recuerdo.
Aparcó al frente de un edificio algo viejo. Tomó a Lindsey sin poblemas entre sus brazos y se internó en él. Recorrió oscuros pasillos hasta llegar a una amplia habitación donde la luz era escasa.Una mesa de marmol blanco se encontraba en el centro de la habitación, rodeada por algunas velas de color negro. Alredor, unas cincuenta personas vestidas con una túnica negra se encontraban rodeando la mesa.
- Que suerte que llegas, quedan menos de cinco minutos para medianoche. - Un hombre canoso y de ojos azules habló mientras él se acercaba con Lindsey en sus brazos.
- Lo siento Caleb, se me hizo algo tarde.
La colocó en la mesa y uno de los que se encontraba a su lado se acercó a ella con una jeringa lleno de un líquido plateado. Una pequeña dosis de plata fundida era suficiente para dejarla débil sin matarla. Lindsey sintió un ardor que le recorrió los pies hasta el cerebro, oprimiendolo fuertemente. Abrió los ojos débilmente mientras trataba de incorporarse pero algo la sostenía de pies y manos.
- Lindsey Ann, es un placer recibirte en mi humilde morada. - Saludó cortez y con algo de sorna el anciano.
- ¿Có-cómo llegué aquí? ¿Gerard? ¿Donde está Gerard?
Lindsey trató de utilizar la fuerza bruta para librarse, pero fue en vano. Su cuerpo estaba muy débil, incluso para tratar de transformarse.
- ¿Gerard? ¿Te refieres al débil humano que estaba contigo en el coche? Oh, bueno no lo hemos matado si a eso es lo que te refieres. Lo hemos dejado algo... inconciente.
- ¿Qué? ¿Pero está bien? ¿Quienes son ustedes? ¿Donde estoy?
- Está perfecto. - Contestó. - ¿Nosotros? ¿Que acaso tus padres nunca te hablaron de osotros?
- No, no sé quienes son.
- Está bien. Es mejor mantenerlo en secreto. - Un débil sonido como el de una alarma violó el silencio sepulcral que inundaba la habitación. - Es hora. Max, haznos el honor.
El hombre, Max, que la había traido, se acercó a la mesa de mármol situándose al lado del mayor de todo, Caleb. Ahora ambos vestían una túnica de color bermellón. Caleb tomó un caliz de oro y pronunció unas palabras en algún idioma antiguo, tal vez arameo o hebreo. Luego bebió de su contenido y se dirigió a todos los demás.
- Esta es la noche en la que un dvoryanstvo* se unirá a nosotros. Les llevamos ventaja a los Voiny sveta*. Por eso debemos agradecerle a Satanás habernos dado esa ventaja.
Lindsey sentía la mirada de Max sobre ella todo el tiempo. Oh Dios, solo esperaba que no la hagan sufrir, su fin era inevitable. Cerró los ojos y pensó en Gerard. Por lo menos había conocido el amor junto a él. Deseaba que no sufriera por su ausencia.
- Te amo Gerard. - Susurró mientras una lágrima caía por su mejilla.
Max la observó nuevamente y no dijo nada. Centró su mirada nuevamente en Caleb, que invocaba a Satanás.
- Señor de las tinieblas, el que todo lo puede te pido que le des tu protección a nuestro dvoryanstvo, que va a unirse a nosotros. Por eso te pedimos tu consentimiento.
- Oh dios mío. - Pronunció Lindsey completamente asustada.
Las velas se apagaron mágicamente y la oscuridad cubrió toda la habitación. Su corazón iba a mil por hora, e intentó agudizar su oído, pero no escuchó más latidos que el suyo. Diablos, ¿cómo no lo notó antes? El olor a putrefacción que inundó su nariz cuando se despertó no fue producto de la plata fundida que le habían inyectado.
Las campanadas de un reloj sonaron, y sólo bastó una palabra para que la sangre se le congelara.
- Ya es hora. Max, procede.
Lo único que sintió fue un cuerpo que se abalanzó sobre ella y dos colmillos que se clavaron en su yugular, arrbatandole lentamente su vida. Cada vez se sentía más y más débil, no podía mantener sus ojos abiertos.
Su último pensamiento fue Gerard. Sólo esperaba que nunca la olvidara, ni olvidara todo lo que habían pasado. Y que sea feliz.
Sintió una explosión en su pecho, justo donde estaba su corazón.
Y luego todo negro.
Aclaración:
Dvoryanstvo: Nobleza, en ruso.
- Voiny sveta: Guerreros de la luz, en ruso.
- Max no es el dvoryanstvo que habla en la introducción. Más adelante van a ver.
- Voiny sveta: Guerreros de la luz, en ruso.
- Max no es el dvoryanstvo que habla en la introducción. Más adelante van a ver.

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