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III. 'Cause we are all a bunch of liars, tell me baby, who do you wanna be?

Samantha Waldorf miércoles, 23 de noviembre de 2011
III




- Quiero que te comportes hoy, ¿ok?

Quiero.
¿Y que hay de lo que ella quiere? “Quiero que te vayas a la mierda

- Está bien papá.

Sam y su padre se dirigían al Country Club en su limusina. Muchas veces se preguntó, ¿qué caso había en sacar una enorme limusina del garaje para conducir sólo quince minutos?

Apariencias – Le contestó Frank cuando Sam le manifestó su inquietud. – Tu padre quiere demostrar todo el dinero que tiene, y ¿qué mejor manera de hacerlo en una limusina de 10 metros? Para ese tipo de gente el tamaño de tu limusina es proporcional al tamaño de tu pene… Aunque tu padre es una excepción.

Rió silenciosamente y se dedicó a observar el paisaje. A medida que iban avanzando por el camino, las mansiones iban incrementando su tamaño. Tal vez Frank tenía razón, y mientras más grandes eran sus posesiones, mayor era el tamaño de su billetera (o pene, según Frank).

 El auto se detuvo unos segundos y luego volvió a reanudar su marcha unos minutos más. Pudo divisar desde su ventanilla un enorme cartel que daba la bienvenida al “East Hampton’s Country Club” 

 - Compórtate Samantha, esta vez lo digo en serio.

Su padre la miraba con el ceño fruncido. “Claro, papi quiere guardar su apariencia” Extendió una sonrisa de oreja a oreja y antes de bajar del auto respondió sarcásticamente:

- Claro John, ¿cuándo no lo he hecho?

 Alisó su vestido blanco y comenzó a caminar entre el tumulto de gente sin esperar a su padre. La gente del club estaba acostumbrada a ir vestida de blanco o colores pasteles para ese tipo de eventos, e ir con un vestido de un color llamativo sería una invitación a ser tratada como una escoria. Había pensado en llevar un vestido rojo, pero tal vez sería demasiado. Así que pintó de rojo sus labios carnosos y utilizó un vestido con gran escote que dejaba también, sus largas piernas al descubierto. No importaba como se vistiera, los miembros del Country Club la verían como una cualquiera.

***

 - ¿Quiénes jugarán?
 - John Kennedy Club contra White Horses.
 - ¿A quién se supone que apoyamos?
 - A John Kennedy Club Samantha.

Sam se mordió el labio. Habían llegado hacía aproximadamente una hora, y todavía el partido no había empezado. La silla le parecía incómoda, nunca fue alguien que pueda quedarse mucho tiempo sentada o quieta en un mismo lugar; mucho menos le gustaba esperar.

 Observó a la gente a su alrededor. Además de su vestimenta similar, todos eran el estereotipo de rubios/as – bronceados/as – musculosos/operadas. Todos exactamente iguales, pero hubo alguien que le llamó la atención.

 Un joven de su edad. Su vestimenta era igual a la de los demás invitados, pero su actitud era distinta; se encontraba casi escondido en su silla. Se encontraba en el palco del frente, junto con una mujer de unos cincuenta años con botox y pechos operados. Sam supuso que era su madre. Su complexión era desgarbada, con finas facciones y gafas que le ocultaban la mitad de su cara. Tenía su cabello castaño lleno de gel. Era todo un nerd.

 Ambos encontraron sus miradas y Sam rápidamente la desvió, sintiendo como sus mejillas se enrojecían.

 Rápidamente centró su atención en el campo de Juego, los jugadores ya estaban sobre sus caballos a punto de empezar el partido. El polo es un deporte que ciertamente, nunca le llamó la atención. Ver a ocho idiotas pegarle con un palo a una pelotita mientras montan caballos no es lo más interesante del mundo.

 Ya que no le quedaba mucho por hacer, comenzó a estudiar a los jugadores. ¿Acaso se clonaban? Todos seguían el mismo estereotipo que antes había mencionados. Rubios, musculosos y bronceados.

 Excepto uno de ellos. Parecía ser el capitán de su equipo ya que siempre estaba gritando indicaciones a los demás. No era menos musculoso que los demás jugadores, pero era su sedoso cabello negro y su piel blanca lo que lo destacaba de ellos. Parecía tener ojos claros, aunque Sam no podía ver correctamente desde esa distancia. Había llamado su atención de una manera totalmente diferente de cómo lo había hecho el joven de gafas anteriormente. El pelinegro le parecía totalmente atractivo. Su pose masculina, la forma en que se movía sobre su caballo y como los músculos de sus brazos se tensaban cada vez que le pegaba a la bocha. Tenía un aura especial, sensual, y ella no pudo quitar los ojos del joven durante todo el partido.


***


La victoria fue para el John Kennedy Club, el equipo del pelinegro quien había marcado un gol de último minuto dándole la victoria. La fiesta de la elite social había comenzado. Risas exageradas y una camarería fingida se hacía notar en el lugar. Le daban ganas de vomitar. Había perdido a su padre entre la muchedumbre pero encontró un poco de confort en copas de champagne.

A pesar del alcohol que estaba tomando, haciendo olvidar sus problemas; aún no había olvidado la verdadera razón de porqué había venido al Country Club.

Sam salió furtivamente del salón, no sin antes robar una botella de champagne que se encontraba en la mesa de recepción. Se dirigió a unos columpios alejados del hall. La temperatura descendía gradualmente, al igual que lo hacía el sol; el cielo new yorquino se teñía de naranja. Encendió un cigarro para calmar la ansiedad que sentía. Era una experta para poner su apellido en ridículo, pero la gente del Country Club le causaba cierto temor. No parecían humanos, estaban consumidos por la ambición.

Al igual que su padre. Y por mucho que quiera negarlo, al igual que ella.

 Porque si, ella era un producto de esa sociedad oligárquica y lo único que deseaba era no terminar con todos ellos. Con los bolsillos llenos y el corazón vacío, mucho más vacío de lo que lo tenía actualmente.

 - ¿No eres muy pequeña para estar fumando? – Una voz detrás de los árboles habló. Sam tuvo que ajustar un poco sus ojos a la oscuridad para notar que se trataba del nerd con gafas, que había visto horas antes.
 - ¿No eres muy viejo para estar jugando a las escondidas?
 - No tanto, aún soy un niño en mi interior. – Dijo él con una sonrisa a lo que Sam se la devolvió. Ella le invitó un poco de champagne y el joven se sentó a su lado. – Soy Mikey.
 - Sam.
 - ¿Eres Samantha Waldorf? – Preguntó Mikey frunciendo el ceño.
 - La misma. ¿Cómo sabes quien soy?
 - No es muy difícil darse cuenta, todos saben quien eres. – Sam hizo una mueca.
 - Y dime, ¿por qué te estás escondiendo?
 - Mi madre quiere que conozca a alguien. Seguro que escuchaste hablar de Georgia Williams. – Mikey hizo una pausa para tomar un poco más de champagne. – Es un poco… psicótica.
 - Lo sé, es amiga de una de mis amigas, siempre me encuentro con ellas en las fiestas. A mí también me da un poco de miedo, no eres el único.
 - Así que, para evitar que mi madre me comprometa a tener algo con ese tipo de locas, me excusé de que iba al baño y ¡voailá! Aquí estoy. – Sam rió, Mieky le caía bastante bien. Antes de conocerlo había pensado que era bastante tímido, pero al parecer era todo lo contrario. – ¿Porqué te escondes tú?
 - Estoy recolectando fuerzas para cometer mi suicidio social. – Mikey arqueó una ceja.
 - Creo que ya te haz suicidado socialmente varias veces.
 - ¡OYE! – Ambos rieron y le golpeó juguetonamente el brazo. - ¿Recién nos conocemos y ya te estás burlando de mí?
 - Acostúmbrate, así soy yo. – Mikey sonrió y le dio pie a Sam para que siguiera hablando.
 - Estoy a punto de hacer algo que va a hacer que mi padre se enoje mucho conmigo. Digamos que voy a hacer que cada persona en el Country Club recuerde mi apellido. – Sam le quitó a Mikey la botella de Champagne de su mano y tomó un largo trago antes de agregar. – Por eso necesito tomar. Uno, porque es parte de mi plan. Y dos, porque si estoy sobria no voy a ser capaz de hacerlo.
 - Pensé que Samantha Waldorf no tenía miedo de nada.
 - Tengo miedo de muchas cosas en realidad, aunque no sé de qué exactamente tengo miedo.

 Ambos se quedaron observando el paisaje, donde ya no quedaban vestigios de los rayos del sol. Sam sentía como el alcohol comenzaba a hacer estragos en su organismo. Había tomado lo suficiente para el gran final de su acto. ¿Debía proteger su reputación? A sus apenas 17 años recién cumplidos había aprendido que ya no tenía reputación que proteger. Así que, ¿Qué le hacía otra raya más a la cebra?

 - ¿Quieres ver como destruyo mi apellido en menos de dos minutos Mikey? – Dijo con un poco de dificultad, ya estaba ebria.

Los ojos de Mikey la observaban con curiosidad. La conocía hacía apenas unos minutos, pero conocía bastante de la reputación de Sam Waldorf como para preocuparse. Mikey no pudo contestar ya que Sam lo llevó a las rastras hasta el salón principal.

 Al llegar al lugar, Sam caminó trastabillando hasta llegar a la mesa de recepción donde aún había algunas copas de champagne. Agarró una y la tomó de un trago, ganándose la mirada desaprobatoria de algunas personas a su alrededor.

En la parte central del hall estaban entregando, según lo que parecía, unos premios. No le importó que el pelinegro guapo estuviera por recibir su trofeo a mejor jugador del partido, tampoco de que Mikey la estaba tratando de parar tomándola del brazo, ni que tampoco su padre lo miraba desconcertado. Se dirigió rápidamente atril y le quitó el micrófono a una rubia operada que estaba anunciando los premios.

 - Hola, buenos días adorables vecinos de los Hamptons. Soy Samantha Waldorf y sólo venía a decirles que ¡los hoteles Waldorf son los mejores hoteles del mundo! No tengo nada en contra de los hoteles Sheraton, ni los Way. Sólo vengo a limpiar el nombre de la empresa como me lo pidió mi padre. – Varias risas se escucharon en todo el hall, incluida una masculina a su lado. Supuso que era el guapo jugador de polo. Le quitó su copa de champagne a una mujer a su lado para tomarla y dejarla vacía, antes de hablar nuevamente por el micrófono y mirar a su padre con una sonrisa burlesca - ¿Lo estoy haciendo bien John?

 Todo sucedió muy rápido.

 Las náuseas, su padre arrastrándola del escenario, unos pasos que bajaron con prisa de él, una voz masculina desconocida que le preguntaba a John si necesitaba ayuda. Los canapés y el caviar que había comido al medio día volviendo por su esófago.

Unas botas de montura negra llenas de su vómito. ¿Botas de montura? Eso significa que... Oh no, mierda.

Lentamente levantó la mirada y se encontró con dos ojos verdes que la observaban entre molestos y preocupados.

Ups, esto no lo planeé…

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