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Prólogo: Hands of Time.

Samantha Waldorf viernes, 25 de noviembre de 2011
Hands of Time
I Hate Everything About You




Every time we lie awake
After every hit we take
Every feeling that I get
But I haven't missed you yet.
                                 



Odio. ¿Qué es el odio? Wikipedia lo definiría como “sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo.

Algunas personas creen que el odio es la antítesis del amor, otras que es un sinónimo de este. Lo cierto es que el odio es un sentimiento bastante complejo y confuso. Tal vez para analizar este sentimiento más a fondo deberíamos tomar un ejemplo.

¿Creen que es posible odiar a alguien desde el primer momento que lo conociste? Si le preguntaran a Gerard Way y a Hannah Iero, contestarían 'sí'sin dudarlo.

Aunque ellos se conocieron hace catorce años, ambos guardaban fresco en su mente el recuerdo de su primer encuentro.

Corría el año 1996, Hannah y su familia se habían mudado a los tranquilos suburbios de New Jersey. Linda y Cheech, sus padres, deseaban que sus pequeños hijos crecieran en un ambiente seguro, lejos de los crímenes que acechan diariamente a la sucia Jersey. Inmediatamente crearon lazos de amistad con sus vecinos, los Way, una joven familia que se había mudado al vecindario unos meses antes.

Hannah recuerda perfectamente la primera vez que entró a la casa de sus vecinos, y como conoció a Donald y a Donna, quienes posteriormente serían sus “tíos”. Recuerda cómo Donna apretó sus mejillas sonrosadas y dijo que era la niña más bonita que había visto, ganándose un bufido de parte de su hijo mayor, quien estaba escondido detrás de las piernas de su madre y le tiraba de su pollera para así reclamar su atención.

Ese niño era extraño. Lucía un poco regordete, con sus mejillas sonrosadas y sus grandes ojos verdes tapado por un mechón de cabello negro. Tenía puesta una playera de las Tortugas Ninjas que le quedaba corta y dejaba su barriguita descubierta. Hannah lo observaba como si fuera una bacteria bajo el lente de un microscopio. El niño al sentirse observado le sacó la lengua haciendo que ella frunciera el ceño. De repente los adultos se alejaron a 'tomar un café', dejándola con el extraño. Los dos solos.

Siempre había sido una niña muy vivaz, demasiado madura para sus cortos tres años. Arregló su vestido celeste y le tendió la mano en gesto de saludo, tratando de ser lo más cortés posible, como le habían advertido sus padres antes de salir de su casa.

- Soy Hannah Iero.
 - Yo me llamo Gerard. - Contestó el pequeño tomando la mano de la niña con confianza y rudeza. - Me gusta tu oso.
 
Gerard señaló un peluche que la niña tenía entre sus bazos. Era Memphis, un oso blanco que había sido el regalo de cumpleaños de su abuela. Era su objeto más preciado y jamás se separaba de él.

- Se llama Memphis.
 - ¿Me lo prestas? - Preguntó Gerard estirando sus bracitos para alcanzar el peluche, pero Hannah lo quitó de su alcance.
 - A Memphis no le agrada la gente extraña. - Gerard frunció el ceño, esa maldita niña egoísta.
 - Vamos, ¡préstamelo!
 - ¡No!
 - ¡Dámelo!
 - ¡No!

Un rasguido se escuchó en la casa y luego un llanto ensordecedor. Donna y Linda se dirigieron a la habitación donde estaban los pequeños y se encontraron a Hannah y a Gerard sentados en el suelo, ambos con un brazo de Memphis en cada mano y el relleno del oso volando por todo el lugar.

- ¡Gerard mató a Memphis! - Gritó Hannah abrazando la cabeza de su destrozado peluche y señalando a Gerard, quien tenía en su cara una expresión de shock.

Desde ese día, el rencor y la rivalidad que existía entre ambos fue creciendo cada vez más. Parecía que a ambos les gustaba alimentar el fuego de su odio. Como cuando tenían 6 años y estaban jugando en la casa del árbol de los Iero. Hannah empujó a Gerard de la cornisa haciendo que el pequeño se quebrara el codo. O cuando Gerard colocó una cucaracha en el sandwich de la niña, cuando tenían 9 años.

Se detestaban con fulgor, pero no podían estar separados. Si pasaban más de dos días sin jugar juntos se largaban a llorar y gritar con todas sus fuerzas un “¡Quiero ver a Gerard!” o un “¡Extraño a Hannah!” obligando a sus padres a juntarlos. Luego de eso, como era costumbre, había sangre, lágrimas y algunas contusiones frutos de sus “infantiles peleas”. Definitivamente encontraban placer en hacer sufrir el otro.

Glorosia infancia” coincidirían ambos si les preguntamos. La pasaban bien a pesar de todo.

 La secundaria fue una historia totalmente distinta. Ambos tenían personalidades demasiado diferentes, pertenecían a dos mundos opuestos. Hannah pertenecía al grupo de los populares, se convirtió en una porrista. Era la chica más guapa y deseada del instituto, y como si eso fuera poco, también la más lista. La chica perfecta. Gerard, era su antítesis, pertenecía al mundo de los rechazados. Intentó encajar en el grupo de los populares y tenía todo a su favor – en apariencia y actitud -, pero sentía cierto rechazo hacia ese tipo de gente, por lo que se refugió en el mundo de los rebeldes de la preparatoria, a los que todo le daba igual.

 Esa perfección de Hannah chocaba contra el desastre que era Gerard, abriendo una gran brecha entre ambos a tal punto que ni sus miradas se cruzaban en el pasillo. Aunque en sus casas era algo totalmente distinto.

 Las peleas infantiles comenzaron a transformarse en golpes duros, insultos dolorosos y bromas pesadas. Se había convertido en odio, propiamente dicho, no el juego inocente que ambos tenían de niños. Parecía algo de nunca acabar.

 Cómo expusimos al principio, algunas personas piensan que el odio es una antítesis del amor. Otras en cambio, piensan que debido a la pasión y profundidad de ambos sentimientos, son sínonimos. Si les preguntamos algo como eso a nuestros dos protagonistas, no tendrían una respuesta para darnos.

Lo más apropiado sería preguntarles algo como: ¿Creen que es posible odiar a alguien para siempre? Ya que eso es algo de lo que están muy seguros.

 Ellos intercambiarían una mirada, Hannah se sonrojaría y Gerard sonreiría triunfalmente antes de contestar al unisono.

“No”

I hate everything about you
Why do I love you?


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