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Primera Parte
Ese día no tenia ganas ni siquiera de cambiarse su pijama pero aprovechó que su castigo se había levantado y salió a recorrer las calles de Nueva York. Así que en ese momento se encontraba sentada en un Starbucks a una cuadra del Empire State tomando lentamente su frapuccino. Notó que varias personas del lugar la habían reconocido por más de que tuviera unas enormes gafas de sol y una capucha cubriéndole la cabeza, sin embargo, ni las miradas de reconocimiento ni los paparazzis que se habían agolpado a la salida para sacarle una foto le incomodaron.
Su cabeza estaba muy lejos con demasiadas cosas en que pensar.
Algo que agradecía era que jamás pensaba las cosas antes de actuar, y si lo hacía, no escuchaba los pro y los contra que su mente gritaba. Simplemente procedía a lo que su corazón dictaba sin importar las consecuencias. La frase “Pienso, luego existo” no iba con ella.
No obstante, en ese momento se encontraba observando los diferentes matices de grises que tenía la mesa del local tratando de aclarar su mente. Su cabeza era un completo caos y lo único que deseaba era que alguien la guiara. Pero como siempre, estaba metida en un formidable desastre en el que sólo ella podría encontrar la manera de salir.
Su celular vibró sobre la mesa y la pantalla se iluminó mostrando que había recibido un mensaje de Frank. No lo leyó y tocó una de las teclas para que dejara de sonar. Su novio había intentado comunicarse con ella de cualquier manera pero Sam rechazaba sus llamadas, borraba sus mensajes e ignoraba sus tweets. Necesitaba tiempo para pensar.
Comenzó a relatar en su cabeza, como si estuviera hablando con alguien más, los acontecimientos anteriores y cómo había hecho para terminar entre dos hombres y un padre exigente que quería vender a su hija por dinero.
Mierda, la vida si que era extraña.
No sabía que hacer con Frank. Le gustaba demasiado y podría aventurarse a decir que lo quería, pero la triste realidad era que no compartían nada en común. Ni el mundo en el que vivían, ni los mismos gustos. Lo único de lo que hablaban era sobre como odiaban a la sociedad de hoy en día y lo ridículos que eran los miembros del Country Club. Ni siquiera podían tener una charla civilizada sobre lo que sentían.
En ese momento Sam tomó un fuerte trago de su café con furia, advirtiendo que era una niñata idiota que aún esperaba ese hombre perfecto en el que podía confiar plenamente, tener largas charlas hasta la madrugada y con el que podrían dormir acurrucados. Alguien que la cure cuando esté herida por los golpes de la vida y que la abrace y le asegure que todo está bien. Creyó que ese hombre era Frank, sólo porque había sido la relación más “estable” que tuvo y porque representaba todo lo que quería ser, alguien que se oponía a lo que la aristocracia new yorkina.
Sin embargo, había muchas cosas que anhelaba y que no encontraba en Frank, pero sí en Gerard
Gerard era todo lo que deseaba y necesitaba. Él intentaba demasiado que Sam abra su corazón aunque para ella fuera imposible. La hacía sentir tan malditamente bien, tan protegida y querida, por más de que lo conociera desde hacía unas pocas semanas. Pero lo que más odiaba era que él era capaz de leerla como un libro, podía ver a la Sam débil que por tantos años había intentado esconder. Cada vez que Gerard la miraba sentía como su alma quedaba desnuda y desprotegida, lista para que hiciera lo que quisiera con ella.
Por un lado, Sam anhelaba gritar a todo pulmón que estaba destrozada por dentro y que necesitaba ser reparada. Sin embargo, por el otro, su orgullo y soberbia no dejarían que eso sucediera y la farsa que venía acarreando desde que tenía memoria seguiría en pie por los siglos de los siglos.
Además, ¿quién podría amar a alguien débil como ella? Gerard no, por lo que debía asegurarse de seguir siendo la Sam que pintaban los tabloides: segura de sí misma, que no le importaba nada y que jamás se dejaría vencer. Aunque había algo en la actitud de Gerard para con ella que la obligaba a ser la verdadera Sam que escondía de todos.
El rostro de su padre en la oscuridad aquella noche que volvió de la mansión de los Way apareció en su mente junto con las palabras que dijo: “Sólo sé tú misma Samantha. Gerard se enamorará de tu sinceridad, no de alguien que pretendes ser.” Sin embargo, su cabeza seguía gritando que estaba muy equivocado.
—Esto es un completo desastre. - Murmuró para sí misma.
Su teléfono volvió a sonar pero esta vez el nombre “John” apareció en la pantalla. Sam bufó por lo bajo y lo contestó sin muchas ganas.
—¿Qué sucede John? - Preguntó haciendo burbujas con el sorbete de su frapuccino.
—Tenemos que hablar sobre nuestro plan. - Su voz dura la sorprendió. - ¿Estás en los Hamptons o en la ciudad?
—Estoy en Nueva York. - Contestó dejando una propina sobre la mesa y saliendo del local rápidamente, siendo perseguida por varios paparazzis. - —¿Estás en el hotel?
—Si. Te espero.
Y sin decir más, su padre cortó. Sam se apresuró a meterse en el carro sin antes lanzarle improperios a los fotógrafos y aceleró a fondo. Por suerte, el hotel principal de los Waldorf quedaba a unas pocas cuadras de donde se encontraba. Dobló la esquina y pudo ver el imponente edificio que se alzaba frente a ella. Aparcó en el estacionamiento subterráneo y tomó el ascensor para llegar al vigésimo piso donde se encontraba la oficina de su padre.
—Buenos días señorita Waldorf. - La saludó una de las secretarias.
Sam no la miró ni le devolvió el saludo. Se coló en la oficina donde encontró a su padre hablando con el Señor Baltimore, su mano derecha. Ese hombre le causaba repulsión porque parecía comerla con los ojos cada vez que ella entraba a la habitación.
—John, señor Baltimore. - Dijo asintiendo.
Pudo notar la mirada morbosa del señor Baltimore clavada en su cuerpo pero ella mantuvo la suya al frente. Ese hombre le daba escalofríos.
—Bueno, creo que sobro aquí. - Dijo él y se levantó de su asiento dándole un apretón de manos a John. - Nos vemos mañana y es un gusto verte Samantha.
Ella sólo sonrió fingidamente cuando el señor Baltimore pasó a su lado. Su padre la observaba con las manos entrelazadas encima del escritorio. Detrás de su espalda había una enorme ventana que mostraba Nueva York en toda su extensión. Se sentó en la silla frente a él y esperó a que hablara.
—Te llamé porque debemos arreglar algunas cosas si queremos seguir con lo que te propuse. - Comenzó John. - Recuerda que no sólo está en juego tu emancipación sino también la empresa entera. ¿Entiendes eso?
—Comprendido.
—¿Sabes que Iero estorba en nuestro plan?
—Lo sé. - Contestó. Por mucho que quisiera negarlo, sabía que jamás podría estar con Gerard si Frank estaba en el medio.
—Deberás terminar con Iero si quieres que prosigamos con esto. - Sentenció sin pelos en la lengua.
—No pensé que aceptar enamorar a Gerard debería interferir en mi vida romántica.
Por mucho que odiara decirlo, se esperaba algo así. Que haya aceptado la propuesta de John le daba todo el derecho de decidir si debía seguir o no con Frank. Y John tomaría cualquier oportunidad que tuviera para deshacerse de su yerno.
—Son las reglas Samantha. Además no podríamos proseguir con esto si tú aún sigues con el vago de tu novio.
—No hables así de él. - Espetó Samantha levantándose dispuesta a irse. - Que haya aceptado no te da ningún derecho a decidir sobre mi vida John. Si dejo o no a Frank será mi decisión. Eso no afectará mi relación con Gerard, te lo puedo asegurar.
Los demás empleados que se encontraban en el lugar no se sorprendieron cuando Sam salió hecha una furia de la oficina de John. Siempre que él la citaba para hablar, Sam salía echando humo por las orejas. No le prestó atención a las miradas de los empleados y tomó el ascensor para buscar su auto.
Respiró fuertemente cuando sintió el tapizado de su BMW. Odiaba con toda su alma que su padre intentara controlar su vida. Estaba harta de hacer lo que él quería y por mucho que odiara aceptar que John tenía razón, la rabia que sentía en esos momentos hizo que se quisiera aferrar aún más a Frank. Suspiró cuando tomó su celular y comenzó a leer los mensajes de su novio. Muchos de ellos le pedían perdón y que por favor le contestara pero hubo uno que le llamó la atención.
No sé que te sucede, en realidad creo que lo sé pero no quiero aceptarlo. Pero me gustaría que estuvieras conmigo en el último concierto del tour. Es en Vodoo el martes a las 9 de la noche. Espero que vengas
Ese mensaje le rompió el corazón y observó su reloj. Eran un poco menos las 9 de la noche del martes, así que agradeció leer el mensaje a tiempo. Encendió el motor de su auto y se dispuso a dirigirse al concierto.
***
El olor a sudor y a otras hierbas inundaba el ambiente. Estaba acostumbrada a ir a ese tipo de clubes pero el constante contacto con personas desconocidas que saltaban al ritmo de la música la ponían nerviosa. Encontró un pequeño rincón al costado del escenario en el que podía observar el concierto tranquilamente. Intuyó que Frank sabía que ella estaba allí, porque notaba que cuando cantaba a veces miraba en su dirección.
Se sentó encima de unos bancos que estaban en un nivel más elevado que la platea y se dedicó a observar el concierto. Ya cuando estaba llegando a su fin distinguió entre la multitud una figura que le pareció conocida. Tal vez estaba equivocada, pero se acercó para ver si se trataba de él. ¿Qué hacía en un concierto de Leathermout? El hombre le daba la espalda y estaba hablando con otros dos hombres.
—Gerard. - Lo llamó cuando llegó allí. - ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Me estás siguiendo?
Luego de que le preguntó lo último se sintió estúpida. Es obvio que no la estaba siguiendo ¡si ella apenas se había enterado del concierto media hora antes! Gerard creería que es una idiota. Las mejillas le comenzaron a arder y se sonrojó notablemente.
Gerard se dio mediavuelta sorprendido al escuchar la voz de Sam y agradeció a todos los santos por como le estaba saliendo todo. Su plan inicial era ir al concierto, pedirle perdón a Frank por intentar besar a su novia y jugar al chico bueno por unos minutos para enfurecerlo. Algo sencillo que no contaba con mucha planificación. Sin embargo, encontrar a Sam allí lo hacía todo más entretenido.
—Sam. - Contestó acercándose a su oído porque el fuerte sonido de la música no dejaba escuchar nada. - No te estoy siguiendo, pero lo puedo explicar. Unos amigos que no veía hacía mucho me invitaron a un concierto y como mañana tengo el día libre, acepté. Cuando llegué aquí me enteré que era de Leathermouth pero me quedé, porque pensé que sería bueno hablar con tu novio y aclarar las cosas. No te preocupes que no soy ningún stalker o pervertido.
Sam se enrojeció aún más pero las luces del lugar no dejaban que se mostrara. Gerard ahora le susurraba cosas sin sentido al oído para aminorar el ambiente pero esto sólo hacía que escalofríos recorrieran su columna vertebral por la proximidad de sus labios. La electricidad que recorría su piel la hizo sentir como una adolescente en plena pubertad cerca del chico que le gustaba.
—¿Cómo está tu relación con Frank? - Preguntó Gerard a su oído nuevamente.
Sam tuvo que aclarar sus pensamientos antes de contestar. A cualquiera le resultaría incómodo hablar de su actual pareja con su próxima conquista pero había algo en Gerard que hacía que ella hablara sin inhibiciones. Nuevamente se recordó que no debía dejarlo entrar tan fácilmente, pero era muy tarde.
—Mal. - Contestó suspirando. - Ese día en la fiesta del Country Club peleamos todo el tiempo. Después no volvimos a hablar.
Evitó el pequeño detalle de que ella fue en realidad la que evitó a Frank durante el resto del fin de semana.
—Lamento haberte metido en este lío Sammy.
Sonrió sin saber que contestar. Sentía como su brazo quemaba bajo el tacto de Gerard. ¿Por qué la hacía sentir de esa manera? Ese era otro asunto que debía discutir con la almohada esa noche.
—¡Samantha! ¿Qué rayos estás haciendo con este tipo?
Su atención ahora se dirigió a Frank quien lucía enfurecido detrás de ellos. Su cabello estaba sudado y aún tenía puesto el maquillaje que usó en el concierto. Tenía la misma mirada que aquella vez que los encontró a punto de besarse. Sin embargo, esta vez la ira fue mayor.
—No es lo que piensas Frank. - Se apresuró a contestar. - Gerard y yo...
—No necesito más de tus excusas Samantha. - Su tono fue duro y enfurecido. - ¿Qué rayos está haciendo él aquí?
—Frank... - Lo interrumpió Gerard con voz firme. - Vine a hablar contigo. Sam y yo sólo nos encontramos de casualidad aquí.
—Oh, de casualidad, ¿huh? - El sarcasmo reinaba en su voz mientras se iba acercando a ellos y su tono iba aumentando cada vez más mientras su ira se acrecentaba. - ¿No te cansas de humillarme Samantha? Ahora vienes con este tipo para engañarme en mis narices. Y yo que pensé que eras diferente. No sé porqué te quejas, eres igual a todos ellos; insensible, idiota, piensas que tienes todo el mundo a tus pies. Pero déjame decirte algo: tienes a todos a tus pies porque eres una puta, y no creo que él – señaló a Gerard con el dedo. - sea la excepción.
Sam sintió como algo se rompía en su pecho. Podía aceptar que su padre le dijera eso, que los tabloides dijeran eso... pero escucharlo salir de la boca de Frank la destruyó completamente. Varias lágrimas comenzaron a caer de sus ojos y sintió unos pulgares secando sus mejillas. Dirigió su vista a Gerard quien le sonreía aunque esa sonrisa no llegó a sus ojos. Acarició su mejilla derecha y comenzó a acercarse peligrosamente a Frank.
—Tú, maldito bastardo – Gerard enfurecido lo apuntó al pecho. - No vuelvas a llamarla así, ¿me escuchaste?
Y todo sucedió muy rápido. Gerard le lanzó un puñetazo que hizo que Frank girara la cara por la fuerza de su golpe. Él se recompuso rápidamente y se lanzó encima de Gerard golpeándolo salvajemente. Sam sólo atinó a gritar pero sabía que si se metía entre ellos terminaría lastimada. Los compañeros de banda de Frank y los amigos de Gerard se acercaron para separarlos pero no fue necesario porque Gerard se levantó antes y le pegó una patada en el estómago a Frank, quien aún yacía en el piso.
—Agradece que fueron sólo unos golpes. – Gritó Gerard cuando Frank se levantó despacio sosteniéndose la barriga.
Sam se paralizó unos momentos por todo lo que estaba sucediendo. Frank sólo tenía un cardenal rojo que empezaba a tornarse morado en la mejilla, mientras que Gerard tenía la nariz sangrando y un corte en la nariz. No quería acercarse a Frank, pues aún estaba molesta por lo que había dicho, así que se conformó con saber que no estaba herido gravemente. Gerard, por el otro lado, no podía parar la hemorragia de su nariz así que Sam lo tomó de la mano y lo sacó del club. No se atrevió a observar a Frank antes de salir.
—¿Viniste en tu auto? - Preguntó Sam buscando las llaves del suyo en su cartera.
—No. - Contestó simplemente Gerard tapándose la nariz con la manga de su camisa. - Me trajeron unos amigos.
Sam asintió y le abrió la puerta de pasajeros, aunque él insistiera repetidamente en que podía manejar. Ella se dirigió al baúl donde tenía un maletín de primeros auxilios que llevaba siempre por las dudas. Obligó a Gerard a mantenerse con la cabeza hacia atrás y con algodones en sus fosas nasales mientas conducía varios kilómetros hasta que salieron de la congestión de Manhattan y se detuvieron al costado de la ruta que los llevaba hasta los Hamptons.
—Qué lástima, era mi camisa favorita. - Bromeó Gerard para aminorar el ambiente al ver que su camisa estaba toda llena de sangre pero Sam no sonrió.
Grabadas en su cabeza estaban las palabras de Frank y el nudo en su garganta amenazaba con que las lágrimas estaban por salir. Respiró hondo y se giró frente a Gerard que la observaba preocupado. Rehusó su mirada y tomó el maletín para comenzar a curarle el golpe del labio. Tomó un pedazo de algodón y lo roció con agua oxigenada para desinfectar la herida. Quería esconder todos los pensamientos detrás de su mente.
—Probablemente esto arda. - Dijo con la voz entrecortada.
—Está bien. - Contestó Gerard.
Podía sentir la mirada de Gerard examinándola mientras pasaba lentamente el algodón por encima de su labio inferior. Las manos le temblaban ligeramente y trató de concentrar lo más que pudo su atención en la herida, ignorando lo cerca que él estaba. Podía sentir la respiración de Gerard chocar contra sus dedos y por mucho que lo ignoró, sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. Maldita sea, odiaba que le atrajera tanto.
—Ya está. - Contestó. La hemorragia de su nariz también había parado.
Ninguno de los dos dijo nada cuando Sam arrancó el auto. Tenía su atención concentrada en la carretera pero podía ver por el rabillo del ojo que Gerard a veces le lanzaba miradas preocupadas. No hablaba pero no quería decir que estuviera pensando en lo que Frank dijo anteriormente. Intentaba evitar pensar en eso, lo dejaría para más tarde cuando estuviera sola en su habitación y pudiera llorar tranquilamente.
—No tiene idea de lo que dijo. - Dijo Gerard luego de casi dos horas en silencio.
—¿Qué? - Preguntó distraída.
—Frank. - Contestó sacando su mirada de la ventanilla y dirigiéndola a Sam. - Si piensa eso de ti es porque verdaderamente no te conoce.
—En eso tienes razón, no me conoce. - Sam le dirigió una rápida mirada. - Pero me conoce lo suficiente para decir eso de mí.
—No. - Gerard negó con la cabeza. - Él conoce sólo a quien tu pretendes ser, no a la verdadera Sam.
Sam no dijo nada y sintió como ese nudo en la garganta que intentó de ignorar durante todo el viaje volvía a crecer. Por el rabillo del ojo notó que Gerard estaba examinando su reacción.
—¿Puedes dejar de mirarme como si fuera un hamster adentro de una rueda? No es divertido. - Dijo con un tono seco.
Gerard quiso decir algo pero se contuvo y dirigió su mirada a la carretera.
—Ese idiota se merecía que lo dejara en coma. - Dijo sin mirarla. - No deberías estar con alguien que te trate de esa manera.
—¿Y qué sabes tú como me trataba Frank antes de que aparecieras? Todo esto empezó porque intentaste besarme.
—Si, y deberías agradecerme. Tarde o temprano, ibas a conocer esa faceta de él.
Sam agradeció porque pasaron junto al cartel que daba la bienvenida a los Hamptons y luces comenzaban a alumbrarlos. No contestó a lo que había dicho antes, pero si a algo que había dicho anteriormente.
—Dices que Frank sólo conoce a quien aparento ser... - Comenzó sin quitar la mirada de la carretera. - ¿Y a quien conoces tú?
—A quien aparentas ser y una parte de tu verdadera yo.
—Oh. - Sam se quedó sin palabras, esta vez lo observó y sus miradas se encontraron por unos segundos. - Y según tú... ¿quién es mi verdadero yo?
Preguntó esto último con cautela, esperando la respuesta de Gerard. Tenía sentimientos encontrados. Quería escuchar lo que Gerard pensaba de ella, esperando haberle dado una buena impresión pero a la vez no. Tardó unos segundos para contestar y cuando por fin habló, ya estaban frente a la mansión de los Way.
—Una chica hermosa que está herida porque su vida no es lo que esperaba. Que por más de que intente hacer lo correcto siempre toma malas decisiones. Que hace todo lo que hace para vengarse de los que la lastimaron y que busca ser amada por quien verdaderamente es, y no por lo que demuestra. Que está harta de tener una sonrisa falsa en su rostro y que sólo quiere irse lo más lejos posible de aquí.
Sam se quedó sin palabras. Observó boquiabierta a Gerard, que tenía una mueca que no supo descifrar en su rostro. Se sintió desnuda bajo su mirada porque podía sentir como Gerard atravesaba sus ojos para llegar a su alma. Lo que más le aterraba era que la había descripto perfectamente y que le hizo darse cuenta de cosas que no había notado.
—¿Cómo sabes? - Preguntó con un hilo de voz. Esta vez fue Gerard el que quitó la mirada y la dirigió al frente.
—Porque nos parecemos en demasiadas cosas Sam. - Luego de un minuto, volvió a tomar la palabra conectando sus miradas. - Jamás dejes que nadie diga cosas malas sobre ti. Ni Frank, ni los tabloides, ni tu padre. Eres hermosa por dentro y por fuera y no dejes que las palabras de alguien te diga lo contrario.
Sam sonrió débilmente, aún sintiéndose desnuda y desprotegida frente a él. Gerard e acercó lentamente y besó su frente.
—Es tarde y deberías ir a casa. - Dijo Gerard bajándose del auto. - Nos vemos...
—Oye Gerard, - lo cortó. - estuve pensando sobre lo que me dijiste de la Dark Horse Cup y creo que me gustaría participar.
—Entonces creo que mañana llamaré a la oficina y dejaré todo a cargo de Harrison. Me tomaré unas pequeñas vacaciones.
—Gracias por defenderme hoy. - Dijo antes de que se alejara.
—No tienes porqué agradecerme.
Le guiñó un ojo antes de darse mediavuelta y entrar al portón que daba inicio a la residencia. Sam rió tímidamente y arrancó el automóvil, dejando la mansión Way a sus espaldas. Era impresionante como Gerard la puso de tan buen humor en tan sólo unos minutos.
Sin embargo, lo bueno no dura para siempre. Su teléfono sonó anunciando que había recibido un mensaje de Frank en una gramática espantosa así que supuso que estaba borracho.
Lo elegiste, verdad? Él es todo lo que quieres en un hombre?
Sam suspiró y lanzó su teléfono al asiento trasero. No quiso contestarle ya que la conversación con Gerard esa noche le había hecho ver las cosas de otra perspectiva. Sin embargo, se estiró lentamente para escribir la respuesta sin apretar el botón enviar.
Si, él es todo lo que quiero.

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