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IX. She belongs to fairy tales that i could never be.

Samantha Waldorf martes, 13 de diciembre de 2011
IX






Sam vio como Gerard se despedía de John en la puerta y entraba a la mansión. Sus ojos buscaban evitar a toda costa las orbes verdes de Frank que la miraban furiosamente y con tristeza. Detrás de él, pudo advertir que su padre observaba atentamente la escena.

—Subamos a mi habitación. - Le dijo ella esquivando su mirada.

Frank no dijo una palabra y siguió a Samantha que comenzaba a guiarlo por los pasillos de su casa. Su suegro le lanzaba una mirada tratando de humillarlo pero el sólo lo miró de soslayo, pasando a su lado. Con sólo verlo, John le inspiraba un temor singular que no sabía describir. No obstante, cualquier pensamiento quedaba opacado por la rabia y el coraje que sentía en ese momento. 

El beso que estuvo a punto de ocurrir ni siquiera se concretó, porque justo en ese momento él atinó a gritar su nombre. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si él no llegaba? De tan sólo pensar que ese desconocido podría haberla besado lo hacía sentir enfermo. 

Porque sí, lo aceptaba, la amaba con locura y no dudaría en crear un escándalo para saber que rayos había pasado minutos atrás. Él entró a su cuarto y se sentó en la cama poniendo las palmas de sus manos sobre sus muslos. No dijo nada, sólo observó cómo ella se apoyaba en la puerta cerrándola a sus espaldas. 

Frank intentó calmar su respiración. Las mejillas le ardían, y la sien le dolía de tanto apretar su mandíbula. Un cosquilleo le recorría el cuerpo y colocó sus puños cerrados sobre sus piernas. Observó a Sam que tenía una mirada extraña en el rostro y habló con la voz más calmada que pudo mantener. 

—¿Qué sucedió allá afuera Samantha?
—No es lo que piensas Frank. - Suspiró. 

Sam vio como la mirada de Frank sacaba chispas y su mirada cambiaba. Esa frase tan cliché en las discusiones jamás solucionaba nada. Su novio se levantó y comenzó a acercarse peligrosamente. Frank había tratado tanto de controlarse pero su temperamento ahora salía a flote. 

—¿Qué no es lo que pienso? Samantha, llego del tour porque tengo un descanso de dos días y estamos tocando en Jersey. Entonces, como buen novio que soy pienso “Oh, vamos a conducir tres horas así puedo estar con Sam” y llego a tu casa y te encuentro besándote con otro tipo. ¿¡Qué crees que puedo pensar Samantha!?
—¡No nos besamos Frank! - Gritó ella. 
—¿No? ¿Entonces que mierda hacían? ¿Le estabas por sacar una mancha del labio con la lengua? - Dijo elevando los brazos hacia el cielo, indignado. 
—No. - Contestó ella tomándolo de los hombros. - No lo iba a besar. 

Frank sólo la observó. Siempre supo que Samantha no era una mujer que podías mantener por mucho tiempo, menos si, por así decirlo, la dejas descuidada y no la ves por algunas semanas. Se sentó en la cama y colocó su cabeza entre sus manos. 

—¿Quién era él? – Preguntó alzando su mirada.
—Gerard Way, un amigo de mi padre. – Contestó sentándose a su lado.
—¿Con él fuiste a cenar el otro día?

Sam asintió. Frank sintió como el mundo se le venía abajo. ¿Cómo podía luchar contra él? Ese tal Gerard era exactamente del tipo de Samantha: polista, con clase, criado en las mansiones de los Hamptons. ¿Cómo podía un maleducado rockero de Texas luchar contra eso? No había comparación, ellos pertenecían a ese mundo que jamás lo iba a aceptar. Compartían cosas que él jamás entendería. 

—Entiendo que fui una idiota, pero no quiero perderte Frank.

Sus miradas se conectaron. Frank tampoco estaba dispuesto a perderla. Sam era esa mujer que siempre soñó tener de niño, esa chica inalcanzable y perfecta que todos deseaban pero que ninguno de ellos podía tener.

—Mañana hay una fiesta en el Country Club, ¿verdad? - Dijo luego de un prolongado silencio. 

Sam parpadeó aturdida, esa pregunta la tomó desprevenida. A Frank no le interesaban las fiestas de la alta sociedad de los Hamptons, ¿por qué ahora le preguntaba eso?

—Si. - Contestó dubitativa.
—Llévame contigo. 

Ella no mostró ninguna expresión en su rostro, sin embargo asintió. El silencio que le siguió fue incómodo. Ninguno de los dos se miraba pero Frank debía dejar algo en claro. 

—No quiero que lo veas más.
—¿Qué? - Exclamó, ahora sí observándolo. - No puedes prohibirme que vea a mis amigos. 
—¿Amigo? ¡Un amigo no intenta meterte la lengua en la garganta Samantha! No quiero que lo veas más, es él o yo. 

Ella lo observó por unos minutos teniendo un debate interno pero finalmente sonrió aún vacilante. Poco a poco la confianza volvió a Frank y aunque Sam no contestó, supo a cual de los dos había elegido. 

—La fiesta mañana tiene una temática especial. Es una “Pink Party” y debemos ir vestidos de rosa. Todo lo que se recolecte será donado a una fundación contra el cáncer de mama.
—¿Rosa? - Preguntó con asco. La conversación ahora era mucho menos tensa. Sam rió al ver su gesto.
—Si, Rosa. Así que ahora saldremos de compras. 

Ella aplaudió emocionada, pero había algo en sus ojos que no brillaba como usualmente lo hacía. 

Pasaron todo el día juntos. La búsqueda del conjunto perfecto para Frank fue ardua: se negaba a usar una camisa rosa, muchos menos un saco de ese color; así que optó por un trae de color negro, camisa blanca y corbata rosada. Sam se dirigió a Dolce & Gabanna y compró un vestido de terciopelo color rosa fuerte.

Los paparazzis los abordaron apenas salieron de la residencia Waldorf, pero decidieron ignorarlos y dejar que los vean como una pareja común y corriente. Al no ser vistos juntos hacía más de dos semanas, los rumores de separación habían comenzado a surgir. 

Frank y Sam eran una pareja que raramente tenían un momento como este: sentado en un restaurante, comiendo y poniéndose al día. En su relación las palabras faltaban y los actos sobraban. Ya hacía seis meses que estaban saliendo y sólo sabían lo indispensable de cada uno. Las palabras no eran su fuerte así que sólo dejaban que sus cuerpos hablasen, pensando que así podrían compensar lo demás. 

Pero ese día Frank habló hasta por los codos, intentando recobrar un poco ese aspecto de la relación que nunca había existido. Sam sólo acotaba y asentía, no queriendo demostrar que en esos instantes estaba ausente; sus pensamientos la habían llevado muy lejos. Frank notó esto y trató de ponerle más énfasis a la conversación. 

Todos sus intentos fueron en vano, porque su sonrisa se desvaneció al mismo tiempo que la de su novia crecía aún más al haber recibido un mensaje de texto. Frank le preguntó quien era y ella sólo contestó que su padre, guardando su teléfono nuevamente en su cartera. Esa sonrisa no se borró por unos minutos y Frank sintió como la desconfianza volvía a surgir. “No sabía que tú y tu padre estaban tan cercanos ahora” agregó tomando de su Coca Cola. Sam se encogió de hombros y comenzó a hablar de otra cosa, cambiando de tema.

Frank no tenía dudas de que le había mentido. 



***



Su novio se quedaría sólo por esa noche en lo de los Waldorf y la noche siguiente luego de la fiesta partiría a Nueva Jersey donde daría el penúltimo concierto del tour antes de volver a Nueva York. No habló con su padre, si no se enteraba que Frank se quedaba ahí esa noche sería mucho mejor aunque al día siguiente tendría que aguantar un sermón tremendo. Era increíble como su padre se alteraba cuando el nombre de su novio salía de sus labios. 

Podría lidiar con eso el día siguiente, en esos instantes lo único que pensaba era que el plan de conquistar a Gerard se estaba yendo por el excusado. Frank y Gerard eran dos mundos diferentes que no debían colisionar por ningún motivo, dos partes de ella que deseaba mantener. Con Frank podía ser la Samantha rebelde, que no soportaba los estándares de la sociedad y que nada podía destruir. Con Gerard todas esa barreras se bajaban y era la adolescente herida que buscaba una cura; con él podía ser ella misma sin fingir que todo estaba perfecto. Quería mantener junto a ella a Frank pero deseaba tener en su poder a Gerard.

He aquí el dilema, ¿cómo podría hacerlo? La fiesta en el Country Club el día siguiente iba a ser un desastre. 

Escuchó como el agua de la ducha comenzó a caer y como Frank lanzaba un “mierda”. Se dirigió a su cartera y tomó su celular, leyendo el mensaje que Gerard le envió horas antes. 

Perdón por casi haberte besado hoy, olvidé que tienes novio

Sam se apresuró a contestar. 

No hay problema Gerard, creo que los dos perdimos la cabeza un poco

Si, tienes razón. Además creo que vamos muy rápido. Lo mejor es que seamos amigos por ahora

Sam sonrió. Gerard era todo un caballero pero no dejaba de insinuar que quería algo más con ella. Leyó nuevamente el mensaje y no pudo evitar sonreír al notar el “por ahora”. 

Ok, ¿te veo mañana?

Si. No olvides pensar sobre lo de volver a equitación. Me encantaría ser tu entrenador

Sonrió ante el último mensaje, pero con rapidez los borró de su celular pues pudo escuchar como Frank cerraba la llave de la ducha. Lo apagó y lo guardó en su cartera. Frank salió del baño con gotas de agua aún sobre su cuerpo y se acercó a ella para besarle. Suspiró contra sus labios ya sabiendo cuales eran sus intenciones y le devolvió el beso. 



***



La mañana llegó rápido a los cielos de los Hamptons. Sam corría de un lado al otro de la habitación. Ya estaba cambiada con el vestido que había comprado el día anterior y en ese momento se estaba dando los últimos toques de maquillaje. Observó la hora: doce del mediodía en punto. Con prisa se dirigió a Frank, quien yacía desnudo en la cama respirando compasadamente. 

—Frank, corazón. - Dijo ella con dulzura moviéndolo lentamente. - Despierta que ya es hora de ir. 

Frank refunfuñó y a duras penas se dirigió al baño. Sam volvió a colocarse frente a su tocador para terminar con los últimos detalles de su maquillaje. Tenía unas ojeras prominentes que intentó tapar con maquillaje, pero fue algo imposible. 

La noche anterior, luego de haber recuperado el tiempo con Frank, no pudo dormir en absoluto. Cerró los ojos mientras recostaba su cabeza en el pecho desnudo de su novio pero lo único en lo que podía pensar era en como iba a hacer para hacer que Frank y Gerard no tengan ningún disturbio en la fiesta, porque conociéndolo a su novio, sabia que si Gerard se acercaba demasiado a ella eso terminaría en una pelea entre ambos. 

Entonces, debía permanecer junto a Frank pero darle a entender a Gerard que aún para él estaba disponible. Había algo con Gerard que no podía describir con palabras. Le atraía físicamente, ¿quién no cree que Gerard Way es atractivo? Pero había algo más detrás de él. Aunque su vida personal había sido muy seguida por los paparazzis hacia unos años, no sabía que John conocía a la familia Way.  Si eran tan cercanos... ¿Cómo jamás había escuchado salir el apellido Way de los labios de su padre? ¿Por qué jamás conoció al padre de Gerard? Él tenía una aura misteriosa alrededor de él, enigmática, seductora y perfecta que la atraía como si fueran imanes. Por lo que no quería dejar escapar a ese hombre y mucho menos dejar ir a Frank. 

Frank salió del baño con la ropa puesta y ella tomó la corbata rosa que reposaba a un costado del tocador. 

—¿Qué es lo que siempre digo cuando vamos a salir con mi padre? - Preguntó anudándole la corbata alrededor de su cuello. 
—Que no lo mire, que sólo hable lo justo y necesario frente a él, que sea cordial y que no maldiga. - Repitió Frank con cansancio. - Sé cómo comportarme frente a él Sam.  
—Está bien. Pero John no sabe que te quedaste a dormir aquí. Así que por favor, sé lo más...  - Sam intentó buscar las palabras correctas pero Frank la cortó. 
—¿Opuesto a mí? - Dijo rodando los ojos. 

Ella no contesto prestándole atención al casi terminado nudo de su corbata. Tomó su cartera y con una seña de manos le ordenó a Frank que la siguiera. Bufó por lo bajo y salieron de la habitación. En la base de las escaleras los esperaba John junto a uno de los chóferes. Su cara pasó de tener su sonrisa característica a formar una línea perfecta con sus labios y fruncir el ceño imperceptiblemente al ver bajar a Frank junto a su hija.

—Samantha – la llamó. - ¿Puedes explicarme que hace el señor Iero aquí?
—Se quedó a dormir anoche John. 

Sam tomó de la mano a Frank, cansada de que siempre fuera la misma historia. Su padre quería que saliera con alguien de su misma clase social y que siguiera los mismos parámetros de las demás herederas de la costa este de Estados Unidos. Frank tenía el dinero, pero no la sofisticación. Podía hacer que decenas de miles de personas en un concierto estén a sus pies, pero el fantasma mundano de los Hamptons jamás caería bajo sus encantos. Mucho menos lo haría John Waldorf. La verdad estaba cansada del constante desprecio del que era víctima Frank, ¿pero qué podía hacer? Él no dijo nada, sólo mantuvo su mirada altiva, demostrando que Waldorf no lo asustaba para nada. Pero sí, había algo en su suegro que lo hacía inquietarse. 

John no dijo nada más y encaró su camino hacia la limusina dejando atrás a la pareja. 

—Bueno, no estuvo tan mal, ¿verdad? 

Frank intentó aliviar el ambiente lanzando una broma pero Sam no mostró ningún signo de que le hubiera hecho gracia. Su boca formaba una línea y no lo miraba. Él estudió cada uno de sus gestos: estaba jodidamente enfurecida. 

—Sólo porque no quiso armar una escena, pero cuando tú te vayas tendré que soportarlo sola.

Y sin decir más, se metió a la limusina dejando a Frank escéptico. Esa no era la reacción que esperaba de ella luego de un chiste. Semanas atrás, Sam reiría y largaría un comentario sobre la actitud amargada y disciplinada de su padre, le pegaría en el hombro diciendo que hablara más bajo, que John lo iba a escuchar y que sería más difícil meterlo en la casa la próxima vez. 

Pero estaba ahí, parado sin decir una palabra luego de que su novia se metiera en la limusina de su padre sin chistar para no enojarlo más. Lentamente, la realidad comenzó a golpearlo. Sam no era así hasta hacía unas semanas, algo la había cambiado sin que ella lo notara. 

Alguien” Susurró su mente y la imagen de Gerard Way a punto de besarla pasó por su cabeza como en diapositivas. 



***



Miles de flashes los abordaron cuando comenzaron a caminar por la modesta alfombra rosada que habían colocado a la entrada. Frank tenía una de sus manos en el bolsillo de su pantalón y la otra alrededor de la cintura de Sam. Ella reía plasmando una sonrisa ficticia en sus labios y que haría caer derretido a sus pies a cualquier hombre. Pero Frank no podía hacerlo, no podía ni siquiera estirar sus labios en un mediocre intento. Su razón y mente lo habían hundido en un pozo de desaliento. 

—Sonríe Frank. - Susurró ella a su oído. - Fue tu decisión venir.
—Sí, fue mi error. - Contestó intentando colocar una sonrisa pero su tentativa fue en vano porque la frase siguiente derrumbó todo. 
—Nadie te obligó.

El tono de Sam fue frío, y se alejó de su novio para sacarse unas fotos sola, luciendo su hermoso vestido Dolce&Gabana rosa hasta la rodilla. Ella no dejaba de sonreír. Frank la observó de lejos y notó como su mirada tomaba otra dirección. Siguió el punto hacia donde estaba mirando para encontrarse con el bastardo de Gerard Way. Sintió su traje negro muy desubicado por la forma en la que él estaba vestido: una camisa polo de color rosa y unos simples pantalones negros. Gerard se dio media vuelta y le dedicó a Sam una sonrisa ganadora a la que respondió disimuladamente. Frank sintió como la rabia comenzaba a cruzar su cuerpo y las palmas de las manos comenzaron a picarle. Se acercó nuevamente a su novia para tomarla de la cintura y sonreír como si nada hubiera pasado. Por el rabillo del ojo pudo ver la mirada de Way posada en ambos.  

Entraron al complejo y se dirigieron hacia una especie de palcos que había alrededor de una cancha. A medida que caminaba no dejaba de sentirse observado por los arrogantes socios del Club. Sus tatuajes que cubrían su cuello, los piercings de su nariz y boca, la forma de su corte de pelo y toda su presencia en general inquietaba y llamaba la atención. Todos eran tan iguales, tan parecidos. John caminaba frente a ellos, parando ocasionalmente a saludar a cualquier persona que conociera. Jamás lo presentó como su yerno. 

Las miradas hacia Samantha tampoco eran gratas y vio como las ignoraba con el mentón levemente inclinado hacia el cielo. Estaba tan acostumbrada a la desaprobación de la sociedad que no le importaba que susurraran y juzgaran mientras avanzaba petulantemente por el salón. 

Se sentaron en los palcos que quedaban justo a la mitad de la cancha. Allí ya se encontraba una mujer rubia y un adolescente de alrededor de diecisiete años. 

—¡Mikey! - Gritó Sam abrazándolo.
—No puedo parecer más gay con este traje. -Dijo separándose de ella. 

Mikey portaba unos pantalones blancos con un saco rosa claro y su mueca de asco era graciosa. 

—Estás bien, pareces James Bond. - Dijo Sam riendo. 
—Claro, ¡James Bond luego de una maratón de Gossip Girl, 90210, One Three Hills y The O.C!. Estoy muy gay, ¡no lo niegues!

Sam rió y tomó el brazo de Frank para presentarlos; Mikey apenas había notado su presencia.

—Mikey, él es Frank, mi novio. Frank el es Mikey W... Mikey. - Sam carcajeo nerviosamente y Mikey notó que no dijo su apellido.
—Un gusto Frank. Parece que no tienes muchas ganas de estar aquí, sé como te sientes. 

Frank hizo una mueca que Mikey no pudo interpretar y Sam observó hacia otro lado. Mikey rió nerviosamente. 

—Metí la pata, ¿verdad? - Preguntó Mikey – Lo siento, siempre me sucede lo mismo. ¿Por qué mejor no nos sentamos y disfrutamos del partido?

Ambos rieron ante el intento de Mikey de aliviar la tensión del momento pero en sus caras aún ella persistía. Poco a poco los palcos paralelos comenzaron a llenarse de gente de los Hamptons y las tribunas se pintaron de rosa. Mikey no volvió a hablar con ellos, lo único que compartían era silencio. Luego de varios minutos la voz de Sam lo tomó desprevenido. 

—Lo siento. - Susurró Sam a su oído.
—Está bien nena. 

Sam recostó su cabeza en el pecho de él y Frank besó su frente. Comenzaron a entrar los jugadores en el campo de juego y pudo sentir como Sam se tensó. Disimuladamente intentó salir de la prisión que los brazos de su novio habían hecho alrededor de ella pero él no la dejó. Frank vio como Gerard, montado a uno de los caballos, dirigía su mirada en su dirección. Frank hundió su cara entre los cabellos de su novia y largó una sonrisa de satisfacción. Debía dejar en claro que Sam era sólo de él. 

Aunque tal vez no tendría que estar tan seguro de eso. Aún seguía molesta por la forma que tenía Frank de tomarse todo a la ligera. John lo odiaba y más aún ahora que él ponía en peligro el plan de que su hija enamore a Gerard. Podía sentir su mirada de odio sobre ellos. También sintió la mirada que Gerard le enviaba desde el campo de juego. Sólo deseaba que si ella de verdad le gustaba, que Gerard no se de por vencido sólo porque estaba en una relación. 

Cuando menos se dio cuenta, el juego llegó a su fin. Gerard abrazaba a los demás con una enorme sonrisa en su cara, obviamente feliz porque había ganado. ¿Qué acaso había algo en lo que fallara? La tranquilidad que había sentido al estar en el pecho de Frank se vino abajo con tan sólo un comentario. 

—Gracias a Dios que terminó porque ya me estaba durmiendo. ¡Que deporte aburrido! - Dijo parándose y estirando los brazos.

Sam sólo se le quedó mirando. Ese día no podía evitar que todo en él le molestara, cada palabra y cada gesto la irritaban. 

—Es un juego difícil, ¿sabes? - Comenzó ella. - Tienes que mantener el equilibrio, tienes que tener coordinación para manejar el taco y al caballo, debes concentrarte demasiado. No cualquiera lo puede hacer.
—No comencemos a pelear Samantha. Hemos peleado en estos dos días más veces que en todo lo que llevamos saliendo. 
—No estoy peleando, es que a veces no tienes la menor idea de las cosas. 
—Perdón por no saber nada, ¡pero yo no nací en una cuna de oro como tú! 

Sam sólo lo miró y no dijo nada. Por suerte, nadie se había percatado de su discusión, solamente una persona. Nuevamente, ambos pudieron sentir un par de ojos verdes observándolos a su costado. Donna se levantó a abrazar a su hijo que había bajado del caballo y fue directo al palco donde se encontraba su familia. Mikey también abrazó a su hermano y John lo felicitó con un apretón de manos. Sam no dejaba de observar los ojos de Frank quienes refulgían con furia.

—Vamos, ve a saludarlo. - Dijo Frank retándola entredientes, haciendo una seña con su cabeza a Gerard, quien miraba expectante la discusión.

Sam esbozó una pequeña sonrisa sarcástica y recuperando la compostura le habló. 

—Felicidades Gerard, fue un gran partido.

Gerard sonrió, más por la discusión que había tenido la pareja anteriormente que por el saludo de ella. 

—Gracias Samantha. - Contestó y disimuladamente le envió una mirada a Frank.

Se dirigieron al salón principal, donde había unas cuantas mesas para cenar. La mesa la compartieron los Waldorf y los Way, así que las miradas furtivas no faltaron. La incomodidad era palpable en el ambiente por mucho que los intentos de Mikey de hacerla más amena fueron demasiados. Por suerte, Gerard se dirigió a hablar con sus demás compañeros de polo a mitad de la cena pero los comentarios mordaces de parte de Frank no faltaron. Estaba enfurecido por la forma en que ella se estaba comportando, pero no podía evitarlo o controlarlo. 

Malditos celos”. 

Sam se excusó para ir al baño o en cualquier momento estampaba la cabeza de Frank en el plato. Estaba cansada de su actitud, pero ¿qué esperaba? Casi la encuentra besándose con alguien más y ese “alguien más” no es nada menos que Gerard Way. Estaba tan absorta en sus pensamientos que  chocó accidentalmente con alguien.

—¿Escapando de tu novio? - Preguntó una voz a su lado con sorna. Levantó su mirada y encontró a Gerard obstruyendole el paso al lavabo. 
—¿Qué haces aquí? - Preguntó ella con cansancio. No quería ser grosera con él, pero Frank la había puesto de malhumor. 
—Escapo de la señora Thompson. - Contestó encogiéndose de hombros. - Me acosa desde que se dio cuenta que el pequeño Gerard se convirtió en un hombre.
—¿La señora Thompson? 
—Si. Ella.

Con la barbilla indicó a una mujer rubia y con los pechos operados que se encontraba sentada en una de las mesas con su esposo. Hablaba alegremente con otro hombre que se había acercado a la mesa mientras su esposo hablaba enojado por celular. 

—Su esposo la engaña con su mejor amiga y ella lo descubrió la primavera pasada. Pero no le importa, mientras pueda disfrutar de su dinero no le molesta. Además tiene algún fetiche extraño por los veinteañeros, así que aquí me ves, escapando de sus garras.
—Wow. 
No tienes ni idea de los secretos que esconden los Hamptons pequeña Sam.

El tono en que lo dijo la hizo estremecer y se quedó prendida en esos orbes verdes que la observaban atentamente. Algo en su voz siniestra le hizo creer que detrás de esas facciones perfectas se encontraban algunos secretos que jamás serán descubiertos. Una vibración en su cartera la hizo salir del trance en el que se encontraba. Era un mensaje de Frank. 

¿Dónde estás?

Sam suspiró fuertemente. 

—¿Qué sucedió? - Preguntó Gerard consternado.
—El deber me llama. - Dijo ella sonriendo sutilmente y se dio media vuelta para irse pero Gerard la tomó del brazo.
—¿Lo pensaste? - Sam frunció el ceño. 
—¿Pensar qué?
—Sobre lo que te propuse, de volver a hacer equitación.
—No lo he considerado, lo siento. - Gerard hizo una mueca de decepción. 
—No hay problema, cuando lo hagas dime. 

Sam le dedicó una última sonrisa y volvió a la mesa donde estaban los demás. Frank estaba hastiado, lo podía notar en su cara y en la forma en la que estaba sentado con los brazos cruzados sobre su pecho y reclinado levemente en su silla. John y Donna lo ignoraban hablando entre ellos y a Mikey no se lo veía por ningún lado. 

—Tu cara de diversión es contagiosa Frank. - Dijo ella intentando sentarse a su lado pero él rápidamente se paró.
—Salgamos de aquí por favor. 

Ambos marcharon hacia el patio delantero, donde casi ya no había nadie. El cielo ya comenzaba a tornarse de un anaranjado claro. Sam y Frank se sentaron en una banca que se encontraba en la entrada. El silencio comenzaba a hacer presencia permanente entre ellos, pero ni siquiera el sexo podía llenar ese vacío. 

—Quiero volver a hacer equitación. - Dijo Sam mirando al cielo para romper el silencio. Frank largó una carcajada. 
—Por favor Samantha, eso es ridículo. ¿Qué es lo divertido de subirte a un caballo y llevarlo de un lado al otro? Es absurdo. 

Sam abrió los ojos desmesuradamente. ¿Había escuchado bien? 

—Realmente no tienes idea de nada, ¿no? - Río amargamente y se levantó del banco en el que estaban sentados. Comenzó a alejarse de él pero sus gritos la detuvieron. 
—¿Sabes algo? La verdad que no, no entiendo nada porque no pertenezco aquí. Somos de dos mundos diferentes Samantha. Por mucho que combatas, tu encajas perfectamente en este lugar. Yo no, y nunca lo haré. Tú perteneces a un cuento de hadas al que yo nunca perteneceré.

Sam bajó la cabeza y dirigió su vista al suelo. Frank estaba demasiado equivocado, su vida estaba lejos de ser un cuento de hadas. Lo único que ella compartía con una princesa era el dinero y el poder; no era pura, no tenía una vida próspera y al parecer su cuento de hadas no tenía un final feliz. 

Frank se levantó de su asiento y observó a Sam que no se movía ni un centímetro. En esos momentos no podía pensar bien y tenía muchísima rabia. Rabia contra ella, contra Gerard Way, contra John, contra la sociedad y contra él mismo. Lo mejor sería que las cosas se enfriaran. 

—Llamé a un taxi antes de que volvieras del baño y ahora mismo iré a tu casa a recoger mis pertenencias. Vuelvo ahora mismo a Nueva Jersey. Supongo que te veo en unos días.

Sam se dio media vuelta y lo observó con una sonrisa rota. Sabía que sus palabras las habían afectado. 

—Espero que te vaya bien y llámame cuando llegues.

Frank asintió y se quedó allí, esperando que Sam le diera aunque sea un beso de despedida pero ella se quedó allí parada sin hacer un sólo movimiento. Sabiendo que ese beso jamás llegaría, él se dio mediavuelta y comenzó a alejarse hasta salir finalmente de la propiedad.  

Sam se quedó allí y sintió una lágrima que caía por su mejilla. Tenía tantas razones por las que llorar que ni siquiera sabía cual era la que la había causado. Tal vez porque se dio cuenta que Frank sólo conocía una faceta de ella, la rebelde y fuerte, y no se daba cuenta de que estaba tan lastimada por dentro. También porque una parte de ella deseaba que Frank la entendiera como Gerard. Y otra porque sabía que nunca lo haría y el único que comprendería sería Gerard. 

Abatida, se dio mediavuelta y volvió al salón con dos ojos verdes siguiendo todos sus movimientos sin que ella lo supiera. 




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