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X. Segunda Parte: 'Cause I know that you're living a lie. That's okay baby 'cause in time you will find.

Samantha Waldorf miércoles, 18 de enero de 2012

X
Segunda Parte


—Recta Samantha. Controla la postura.
—Es muy fácil para ti pedirlo. - Murmuró de mal humor. 

El calor de la primavera comenzaba a sentirse mientras la última quincena de Mayo hacía su aparición. Algunas gotas de sudor cubrían su nuca que al contacto del viento se enfriaba dándole un poco de alivio por el sofoco que sentía. Estaba transpirada, con las mejillas sonrosadas, el delineador un poco corrido y el pelo hecho un asco, pero ya se había acostumbrado a que la viera de esa manera. Era algo necesario, trascendental en su llamada “relación” que estuvieran juntos cuando ella estuviera hecha un desastre, física y mentalmente hablando.

Sam sólo le lanzó una mirada y se enderezó en su asiento, mientras Penny saltaba una de las vallas de la pista improvisada que había mandado a construir su padre unos días antes. Sintió como poco a poco su trasero comenzaba a perder sensibilidad. 

—Gerard, no siento el trasero, ¿podemos terminar por hoy?
—Sólo hemos practicado siete horas Samantha. - Ella rodó los ojos y se detuvo enfrente de él. - Además yo también estuve abajo del sol la misma cantidad de horas que tú, así que también estoy cansado. 
—¿Perdón? Pero estás recostado en una reposera, tomando un martini y con un ventilador de pie frente a ti así que no puedes reclamarme que estamos en igualdad de condiciones. 
Touché. - Contestó con un refinado acento francés. - Está bien, terminamos por hoy. 

Se levantó, tomó su camisa que colgaba del respaldar y comenzó a abotonarsela. Sam sólo quitó la mirada de su torso desnudo y se concentró en acariciar el pelaje chocolate de su yegua. Todo comenzó en su primer entrenamiento, al día siguiente de la pelea que tuvo con Frank. Gerard se recostó en la reposera, que adoptó como su lugar habitual y comenzó a desabrochar los botones de su camisa. Jamás se había sentido tan avergonzada e incómoda, y casi con un grito le inquirió porqué se la estaba quitando. Él sólo contestó con una sonrisa que Mikey se había burlado de él por estar tan pálido y que le vendría bien si tomaba un poco de sol. Sam sólo asintió, tragando saliva. 

Entonces, cuando estaba cerca de él, trataba en lo posible de no observar su torso. No es que le horrorizara la vista que le ofrecía todos los días desde hacía casi una semana y media, pero era demasiado incómodo tener a un hombre casi desnudo frente a ella. En realidad, a ese hombre; los otros no le causaban nada más que una común y ordinaria fogosidad. Gerard era diferente, estaba más allá de cualquier sensación que había conocido a sus cortos diecisiete años. Era atractivo, casi adictivo; juvenil pero al mismo tiempo sabio; la hacía reír con sus ocurrencias y definitivamente, jamás se había divertido tanto en mucho tiempo. 

Pero dentro de la pequeña burbuja que había creado Way, aún había cosas que seguían rondando su mente. 

La primera: Frank. No podía evitar sentirse culpable porque por mucho que Gerard le gustaba en ese momento, aún no había terminado definitivamente con Frank. Por ende, una parte de ella sentía que lo estaba engañando, por más que no hubiera habido contacto físico alguno entre ella y Gerard y aún estuviera enojada con Frank. 

Eso nos lleva a la segunda cosa que aún rondaba su mente: las palabras de Frank. Porque jamás las palabras le habían dolido como lo hicieron aquella noche. Fueron poderosas, crueles y la lastimaron mucho más que cualquier acto de su padre, Frank o de cualquiera. Por mucho que se mintiera a sí misma en esos momentos, repitiendo que “todo lo que dijo no es verdad” como un discurso capaz de convencerla a sí misma; muy adentro suyo sabía que todo era verdad. Era igual a ellos, era igual a su padre.

Sorprendida de como su mente trabajaba en un círculo vicioso, siempre rondando en los mismos tópicos llegó a la tercer cosa que rondaba en su mente: el mismísimo John Waldorf que no dejaba de repetirle que dejar a Iero había sido lo mejor que pudo hacer y que la apuraba con el “asunto” - como a él le gustaba llamar al acuerdo sobre enamorar a Way -. Jamás entenderá perfectamente el fin que tenía enamorar a Gerard, pero su padre la tenía podrida y si le ofrecían una oportunidad para alejarse de él, la tomaría sin dudarlo. Así que con sus básicos dotes de seducción que apenas podían salir a flote con Gerard - ¿era necesario repetir que cuando estaba cerca de él se sentía como una niña de 5 años? - todo iba avanzando muy lento, y en las palabras de John Waldorf, “no lo suficientemente rápido Samantha, a esta altura lo deberías tener a tus pies”. 

—Oye, te quedaste como... tildada. - Rió Gerard, ya vestido, pasando su mano derecha frente a sus ojos.
—Lo siento, me pasa muy a menudo. 
—Lo noté. - Sam sólo le sacó la lengua juguetonamente. - Creo que será mejor que me vaya, ya es tarde y mañana debo organizar algunas cosas en la oficina. 
—¿Entonces mañana no te veré? - Preguntó un poco desilusionada, ya se había acostumbrado a verlo todos los días.
—Me verás, pero a la tarde. Tengo la mañana ocupada. ¿Y qué te parece si recuperamos el tiempo perdido de la mañana y vamos a cenar a un nuevo restaurante italiano en Manhattan? - Un guiño de complicidad alejó todas sus dudas. 
—¿Te refieres a Gloria's? 
—Si, a tu paraíso terrenal. 

Luego se produjo un silencio. Gerard metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones y se acercó lentamente para colocarle un beso en la mejilla que la hizo sonrojar furiosamente. “Te veo mañana” susurró en su oído y la dejó allí, con una sonrisa plasmada en su rostro y el corazón latiendo a mil por hora.



***



Se sentía nervioso, principalmente porque no había dado la cara luego del incidente en el concierto. No le había pedido perdón por las venenosas palabras que salieron de su boca, pero luego de meditarlo – y tranquilizarse – por casi una semana y media, por fin se había armado de valor para llegar hasta la residencia de los Waldorf. 

Aparcó su auto en el portón de entrada y caminó el sendero que separaba la mansión de la entrada. Aún necesitaba tiempo para acomodar las palabras exactas que le diría. A unos metros de llegar a la mansión, vio como la puerta se abría y rápidamente se escondió detrás de unos arbustos que bordeaban el camino. Lo que menos quería era que John lo interceptara.

Pero no era John el que salió por la puerta principal, sino nada más ni nada menos que Gerard Way. La furia que sintió lo tomó desprevenido, ¿pero qué era lo que esperaba? No habló con Sam durante casi una semana y media, era obvio que Gerard haría cualquier cosa para acercarse lo más posible a ella. Había algo de Way que no le cerraba, y no era el hecho de que lo odiaba por quitarle a su novia, sino que algo en su aura tan perfecta parecía no encajar. 

Y todas sus sospechas fueron confirmadas segundos después. 

Su celular comenzó a sonar y él lo sacó de su bolsillo observando en la pantalla el ID de la llamada. Una mueca se esparció por su rostro y se alejó lo más posible de la puerta. Benditos sean lo milagros de la vida por hacer que se acerque al arbusto en el que estaba escondido Frank. 

—Harrison, ¿qué sucede? - Preguntó Gerard y Frank pudo escuchar la voz distorsionara de un hombre que salía del otro lado del parlante. Su boca se convirtió en una línea plana mientras escuchaba lo que “Harrison” tenía para decirle. - Está bien, mañana mismo estaré en la oficina. Siento dejar todo esto en tus manos, pero debo seguir con mi plan... Si, estoy jugando a ser su príncipe azul, está muerta por mí... Mañana te doy los últimos detalles, aún estoy en la mansión de los Waldorf. Asegúrate de mandar lo que preparé.

Y sin decir nada más, cortó. Se alejó hasta llegar a su auto, que estaba aparcado unos metros más adelante. Frank vio como Gerard encendía el motor y se perdía de vista mientras intentaba procesar lo que había dicho. 

¿Seguir con el plan? ¿Jugar al príncipe azul? ¿Muerta por él? Definitivamente hablaba de Sam. Largó una risa amarga, ¡sabía que era una farsa! Aparentaba ser alguien demasiado bueno, y no podía existir nadie así. No en los Hamptons. Sin embargo, no tenía ni idea de que era lo que estaba tramando, pero no podía ser nada bueno. Tal vez si le decía lo que había escuchado, Sam se alejaría de Way y volverían a ser como antes. 

Casi se olvidó de la disculpa que había armado cuidadosamente en su mente cuando tocó desesperadamente la puerta, pero Sam abrió la puerta mucho más rápido que lo que esperaba. 

—¿Olvidaste algo Ger...? - Preguntó emocionada pero su sonrisa se fue borrando gradualmente mientras iba reconociendo a la figura parada en su porche. - Frank.
—Sam. - La saludó con un asentimiento de cabeza. - ¿Puedo pasar? 

Ella se hizo a un lado permitiendole la entrada con la misma mueca dura y cerró la puerta a sus espaldas. Ninguno de los dos dijo una palabra y la observó con arrepentimiento. Sabía que en esos momentos, las palabras que dijo aquella noche, aún remolineaban en su mente. 

El corazón le dolió un poco al notar algo. Jamás vio brillo en sus ojos, sólo una mirada vacía y distante; mostrando que sólo estaba con él su cuerpo, su alma estaba demasiado ocupada mortificándose en algún rincón. Sus sonrisas carecían de sentimientos, igual que sus risas y besos. Él sólo poseía el cuerpo de Samantha Waldorf. 

Pero cuando la encontró en los brazos de Way una sonrisa que jamás había visto se extendió en sus labios. Estaba tan llena, tan feliz. Esa misma sonrisa estaba plasmada en su rostro cuando Sam abrió la puerta esperando ver a su “príncipe azul”. Sus ojos ya no parecían vacíos, sus mejillas tenían un bonito color rosado. Pero toda esa alegría decayó cuando vio de que se trataba de él. Los celos lo comenzaron a carcomer nuevamente. ¿Cómo le podía gustar la farsa de Gerard Way y no él, que realmente la amaba? Nuevamente la furia lo llenó, pero esta vez hacia ella. ¿Por qué no podía ver que era él quien le convenía? 

—Vamos a mi habitación. - Dijo ella rompiendo el silencio y ambos subieron por las escaleras.

Entraron al cuarto de Sam y ella se sentó en la cama. Frank metió sus manos en sus bolsillos y se meció nerviosamente de un lado para el otro tratando de quitar todos esos pensamientos de su cabeza mientras que ella lo escrutaba cuidadosamente esperando a que hablara. 

—Lo siento. - Sentenció Frank. - Siento haber dicho todas esas horribles cosas. Soy un idiota y cuando estoy enojado actúo fuera de mí. Estaba celoso y tenía miedo de perderte.

Sam no quitó su mirada de su rostro mientras él hablaba. Con cada palabra que salía de su boca, sus facciones se suavizaban poco a poco. Podía entenderlo, ella hubiera actuado de la misma manera – o incluso peor - que él si flirteaba con alguien más. Pero sus palabras habían dejado heridas abiertas que aún sangraban y no podría estar con él si había alguien más rondando en su mente todo el tiempo. 

—Está bien Frank. Te perdono. - Frank suspiró del alivio. - Pero no sé si podremos seguir juntos.

Y toda esa calma que sintió momentos antes lo abandonó rápidamente. Se esperaba algo como esto ¿pero por qué dolía tanto? ¿Por qué su garganta se cerró de repente? ¿Por qué las palmas le picaban? ¿Por qué apretó demasiado fuerte su mandíbula? ¿Por qué la ira iba recorriendo cada nervio de su cuerpo? Sam escrutó su rostro nuevamente antes de volver a hablar. 

—Me gusta alguien más. - Sentenció con calma. 
—¿Gerard Way, verdad?

Sam asintió y su frustración creció. No, de ninguna manera podía enamorarse de Gerard Way. Ella sonreía, con ese extraño brillo en sus ojos cuando el nombre de Gerard escapó de sus labios pero se borró en el instante que percibió la reacción de Frank. Los celos, ese maldito veneno que mata toda relación comenzaban a llenarlo. 

—No. - Murmuró enfurecido. - ¡No puedes enamorarte de Gerard Way! 
—¿Qué? En ningún momento dije eso Frank, ¡no exageres las cosas!
—¿Exagerar? ¿Yo? Me estás dejando por otro, ¿cómo crees que me siento? ¡Estoy en todo mi derecho de exagerar!
—¡Pero en ningún momento dije que estoy enamorada de Gerard Way! Me gusta ¿ok? Me hace sentir bien, como si no necesitara fingir todo el tiempo junto a él. – Sam suspiró. - Creo que no sería correcto estar contigo si estoy pensando en alguien más.

Frank la observó. ¿Realmente le estaba tomando el pelo? En ese momento, toda la ira que sentía contra Gerard se dirigió a la diminuta figura de su novia. Siempre había sido impulsivo, sin pelos en la lengua y esto había traído muchos problemas en su vida pero ya estaba cansando, hablaría ahora o callaría para siempre. Estaba hastiado de toda esta situación, incluso de Sam. 

—Oh, ¿así que ahora te preocupa lo que es correcto? - Las palabras comenzaron a salir como escupitajos de su boca. - Samantha, tengo 22 años… ¿crees que es correcto estar con un tipo 5 años mayor que ti? ¿Crees que es correcto emborracharte hasta perder la conciencia? ¿Crees que es correcto drogarte todas las noches? ¿Crees que es correcto mentir, engañar y ser la gran perra que eres con todos a tu alrededor? Ahora entiendo porqué tu madre te dejó, sabía en lo que te ibas a convertir. Si sigues así terminarás sola.

No la observó cuando dejó la habitación, tampoco vio como ella rompió en llanto por la dureza de sus palabras ni lo mucho que la habían afectado. Si, era un patán que había amado mucho a alguien... pero ¿qué más daba? Podía tener a quien quisiera. Además, estaba bien... porque ella estaba viviendo una mentira.

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